Torben Ulrich fue el mejor tenista danés de los 60. Cuando competía en el circuito, acostumbraba a estar acompañado de su familia. Eso sucedía durante dos a tres meses al año. En julio de 1969 y mientras estaban en Londres, su pequeño hijo Lars hojeó el diario y se sorprendió al ver una foto de un grupo de jóvenes de pelo largo y aspecto pendenciero. Le preguntó a su madre quiénes eran y ella contestó: Los Rolling Stones. La mujer le dijo que eran músicos y que tocarían gratis en Hyde Park. Lars le pidió a su padre asistir y ese show, a sus tempranos cinco años, fue imborrable: desde ese día quiso ser músico.

En Nacer, Crecer, Metallica, Morir. Volumen I (Malpaso), los periodistas musicales Ian Winwood y Paul Brannigan -con pasado laboral en medios como The Guardian y Rolling Stone- detallan desde el origen de la banda de San Francisco hasta el lanzamiento del "álbum negro" (1991) y profundizan en las características opuestas de los dos líderes. Por un lado, Ulrich, el danés extrovertido, cuyo destino era el tenis como su padre, pero que se desencanta de ese deporte tras estar unos meses entrenando en el rancho de Nick Bollettieri -"me sentía en una cárcel", afirma- y decide dedicarse a la música tras escuchar el disco debut de Iron Maiden. Por otro, James Hetfield, el cantante de Metallica, un hombre introspectivo, que debió enfrentar la muerte temprana de su madre y el alejamiento de su padre y que se refugia en los discos de Aerosmith, Motörhead y Black Sabbath para comunicarse con el mundo.

Sin una gran pericia en la batería, Ulrich es el diplomático nato. El tipo capaz de seguir de ciudad en ciudad a ídolos como Lemmy de Motörhead, para comprender su manera de trabajar y desarrollar su música y negociar conciertos en diferentes lugares. Junto a Hetfield van probando artistas hasta que dan con los indicados. En sus comienzos, suman al guitarrista Dave Mustaine, posterior líder de Megadeth, quien es despedido por sus continuos exabruptos: genera problemas con otras bandas de metal en shows conjuntos, está permanentemente borracho y no me muestra profesionalismo. Cuando lo despiden es humillante: le dan un pasaje en bus para un viaje de 40 horas desde Nueva York a San Francisco y sin ningún peso en sus bolsillos. Lo reemplaza el ex Exodus, Kirk Hammett.

Según los autores, Cliff Burton es el mejor músico. Apoyado por su familia desde su adolescencia con su idea de ser bajista, Burton manejaba más géneros que sus compañeros. Sus bandas favoritas eran Pink Floyd, Velvet Underground, Rush y Black Sabbath. Esa amplitud musical lo enriqueció y provocó el respeto de sus pares. Cada arreglo introducido por Burton -que estudió en el mismo colegio del actor Tom Hanks- en Metallica aportaba un sonido enigmático, capaz de darle un aire más vivaz a una música acelerada y rabiosa.

Como todas las bandas emergentes, los comienzos de Metallica fueron a puro entusiasmo. Ellos mismos promocionaban en fotocopias en blanco y negro sus conciertos, llegaron a tocar frente a cuatro personas y jamás sonaban en radios. Por años, sus canciones fueron subvaloradas por revistas como Rolling Stone. Aunque ellos tampoco hacían mucho por llegar a las masas: cuando fueron invitados al famoso programa Saturday night live desistieron de participar y hasta la aparición del clásico One de ...And justice for all (1988) no quisieron editar singles porque "así lo hacía Led Zeppelin", según Hetfield.

Mientras los fans del grupo crecían y la banda adquiría mayor autonomía artística, vino la tragedia. El 26 de septiembre de 1986, Burton dio una entrevista a una revista sueca diciendo que el grupo "debía tocar lo más posible para darse a conocer porque ese había sido el éxito de Judas Priest y Iron Maiden". Al día siguiente, el bus que los llevaba desde Estocolmo a Copenhague volcó tras dormirse el conductor y el bajista murió aplastado por una rueda del vehículo. La banda se tomó pocos meses de duelo y reemplazó a Burton con Jason Newsted, quien recibió un trato cruel de Ulrich-Hetfield y prácticamente no se escucha en ...And justice.

Venerados como estrellas del metal, fueron vilipendiados por sus fanáticos en su siguiente y más popular disco por trabajar junto al productor Bob Rock, quien participó en álbumes de Bon Jovi y Mötley Crüe. Fue su obra más pop, pero a su vez la más angustiante: sin su presencia física, lanzaron sus nuevas canciones en un lleno total en el Madison Square Garden en 1991 -incluidos los integrantes de Nirvana-. Cuando vio las filas de personas, Hetfield sintió que había cumplido su autopromesa: ser tan grandes como Led Zeppelin.