De pronto, siento, hay una leve obsesión con la plataforma de streaming Disney Plus que se escribe con un signo +. Suma este universo al tuyo. Si no te gusta este lugar, si andas tenso y alterado, ingresa a este otro mundo y te prometemos que te vas a encontrar con tu pasado, tus íconos.

Intuyo que ha llegado a lugares altos del trending topic cultural. Desde todas partes me llega ruido acerca de sus maravillas. Lo comentan, recomiendan, comparten. “Es como entrar a una juguetería”, dicen. “No sabés lo que es, sobre todo ahora con esta pandemia, con los malls abiertos y los cines cerrados, es una experiencia relinda”, insisten de otros lados. Como si estuvieran contratados por una empresa de lobby. Está todo tu pasado, me afirman. No sé todo el mío, aunque seguro que algún rastro, pero lo que no me cabe duda es que está el pasado colectivo de muchos, de gente de todas partes del mundo. Quizás sea eso lo que vende: una llave a una caja de Pandora, un ticket a un tiempo mejor. Leo notas, comentarios, recuerdos de “mis recuerdos”, rankings de cintas favoritas, discusiones entre las cintas animadas clásicas y los filmes juveniles de los 60 y 70. Al parecer, el inicio de la temporada navideña sólo aumenta la propaganda Disney. ¿Es Santa Claus una franquicia del imperio?

No estoy suscrito (aún) y creo que lo decidiré después de que aparezca esta columna publicada. Pero he quedado atento e intrigado con tanto ruido. No tienes edad, me dicen. Otros argumentan con insistencia: la infantilización de Occidente. Quizás me estoy poniendo más grave de lo necesario. ¿Acaso ese mundo no es una parte clave del universo pop? Cercenar el universo Disney del inconsciente colectivo es hacer trampa.

Es cierto, no tengo edad, pero de pronto entiendo que el verdadero éxito está en un segmento que no sería el objetivo. Son los mayores los que están, al parecer, accediendo al catálogo de Disney, creo que tiene que ver más con reconectarte con tu pasado, o momentos confortables, que con la supuesta necesidad de “entretenerse”. De seguro que no se necesita material infantil para calmar mentes inquietas aún confinadas, pero ya hace rato que sé que Disney no es sinónimo de dibujos animados o una mirada infantil de las cosas. Acaso ese es su secreto. Dudo incluso de probar la plataforma de manera gratuita (siete días), porque a veces siento que estoy suscrito a más sitios de los necesarios y que ninguno, la verdad de las cosas, me seduce suficiente. Aún no encuentro “mi plataforma”, consistiría en acceder a una inmensa biblioteca con todo lo del siglo XX; incluyendo todo lo malo, lo curioso, lo cutre. Y, ahí, Disney entiende algo mío que las otras plataformas evaden. No siempre uno desea ver un estreno. El pasado no ha pasado del todo. Parte de la gracia que tenía surfear por el cable o cambiar los canales de televisión abierta era toparse con algo que conocías o, mejor aún, encontrar sin previo aviso algo que te remece y te transporta a otro momento; ya sea duro, bueno o desconocido, donde esa película te entendió como pocas. Deseo acceder a The Criterion Channel, pero más allá de que no pueda (o sí, me dicen, cambiando el VPN), se me hace dudoso que el pasado de alguien consista solamente en obras de autores premiados. Lo que yo busco es algo parecido a una bodega en que tengas todo aquello que no pensabas ver y que ahora puedes verlo o repetírtelo.

El universo Disney, por cierto, no solo consiste en solamente cintas producidas por ellos, sino en todo aquello que ha brotado de su útero incesante y ha germinado en otros. Por eso no es raro que Marvel sea parte del universo (la triangulación de la historieta) ni Star Wars ni la moral Pixar (¿es para grandes, es para padres separados?) ni, lo que me ha dejado más perplejo, Nat Geo, algo que parece del todo natural, pues hace rato que los animales han sido cooptados por el Imperio Disney. Y si agregamos los brazos armados de los sellos de Touchstone (¿por qué todos vimos Tres hombres y un bebé?) y Hollywood, además de la distribuidora indócil Buena Vista. Lo cierto es que esta plataforma tiene “todo en un solo lugar”, deja a China y su silente obsesión con la luz eléctrica nacional (sin energía no hay streaming) como Rick Moranis frente a su prole en Querida, encogí a los niños. Disney está dispuesto a luchar como lo ha hecho desde el día cero. Ahora, incluso, las princesas no necesitan príncipes y puede ser que todo el mundo en su mundo es empoderado, diverso e inspirado.

Hace 50 años, Salvador Allende entraba en el primer mes de lo que ya entonces se llamaba “el primer año”. Todo estaba en pleno proceso y euforia. Incluso los más acérrimos opositores confiesan que nunca el tiempo, las cosas y la calle se han movido tanto. Veo, no en Disney + sino en Ondamedia, el documental/ensayo Santiago, Italia, de Nanni Moretti. Me conmuevo y fascino. Es la mirada del otro, de alguien que no es parte, que, en rigor, puede cumplir todo lo que supuestamente no se debe hacer: no sabe exactamente qué pasó a partir de 1970 (en rigor, 1967), no tiene distancia y por ser italiano le sobra, no intenta ser parcial. Ve lo que otros no ven y les permite a sus entrevistados hacer algo fascinante: no hablar como perdedores o víctimas o gente arrasada, sino conectarse con ese primer año de Allende como si el golpe nunca hubiera ocurrido. El resultado de volver al presente hace que aquellos sospechosos-de-siempre cambien la voz, el tono, el habla.

Santiago, Italia, de Nanni Moretti, se puede ver gratis en la plataforma nacional Ondamedia.

Uno a veces necesita conectarse con su pasado.

No todo es novedad, muchas veces es una bodega con tus recuerdos.

Uno ve Santiago, Italia y es transportado a la Unidad (Pop)ular y se siente el erotismo, el fervor, la fascinación. El mensaje se repite y se alza como un mantra: los mejores años de mi vida, un gran momento irrepetible, el remezón de sentirse parte de algo mayor.

Colectivo.

Nosotros los chilenos.

¿Comunicación de masas? Sin duda. ¿Colonialismo? Por cierto. ¿Y?

Hoy las divisiones culturales poseen brechas menos insalvables que otras que se han ido abriendo en una confrontación histórica luego de una larga y silente agonía. El alcalde/presidencial Daniel Jadue confiesa que le gusta Coco y El libro de la selva y suena creíble. Se entiende. Izkia Siches cree en Pocahontas. El rey león, Cruella, Mickey en Fantasía y Frozen son parte del inconsciente colectivo. Es más: los más liberales ahora están por el frente amplio de Disney. Sus producciones son vistas como más revolucionarias de lo que quizás son. Pero sin duda que intentan pasar por modernos o más-que-al-día. Son parte del poder pop que –como se sabe– es popular e inclusivo y capaz que llegue a más de los que creemos.

Disney + posee una buena frase que adorna la entrada: todo en un mismo lugar. No hace falta seguir. La idea de una casa dentro de una casa, o lo que a estas alturas es como lo mismo, en tu celular. A falta de cines, hasta los más dubitativos, han tenido que asumir que, quizás, el cine está donde quieres que esté. Si un sitio de streaming es como una casa, entonces las historias son el agua potable. No pueden tener horario, no puede estar acotado. El mundo cultural insiste en fascinarse más con los que crearon las historias que en aquellos que las necesitan. Larroulet aún no presenta la renuncia a pesar de que lo único que no ha cambiado durante su mandato es su sangre fría y el vocero rapado Chico Bellolio no solo no es un chico Pixar (o lo que la gente quiere creer que es), sino que ha entrado derechamente al lado oscuro de la galaxia Star Wars. ¿Por qué entonces miente? No miente, me dice un alumno. Es peor: no procesa, olvida de lo que aprendió.

Nada de plus, épica, empatía, capacidad para leer.

¿Cómo se lee todo esto?

¿Sirve Disney o lo distorsiona?

Quizás Bellolio vio Toy Story e Intensamente, pero no debió entender nada. Marvel puede ser primera línea, Star Wars es el oráculo, quizás todo se ha venido abajo menos National Geographic. Pixar entiende el mundo, otras a lo menos intentan gobernarlo. Hubo un momento en que dudar del Pato Donald era considerado subversivo y fue considerado una provocación mayor.

¿Cómo se lee entonces a Disney +?

“Mientras la cara risueña deambule inconscientemente por las calles de nuestro país”, sostuvieron Matterlart + Dorfman, hace casi 50 años en Cómo leer al Pato Donald, “mientras Donald sea poder y representación colectiva, el imperialismo y la burguesía podrán dormir tranquilos”.

Ahora, ¿quién duerme intranquilo?, y ¿de cuál o cuáles imperios? ¿O hablan de modelo? ¿Es Disney + opio o es la hoz y el martillo y una cuenta de Instagram y Twitter y, por qué no, SnapChat?

¿Sabemos leer la calle, el cable, las plataformas?

Lo conversamos con mis alumnos por Zoom mientras analizamos el componente pop de la Unidad Popular. Hay que estar atento. Hay muchos mensajes en Disney, en todo ese universo. Hay mucho código cifrado. Antes quizás te querían colonizar. Ahora igual como que te adoctrinan, pero en buena, ¿me explico? Hay un estreno nuevo llamado La dama y el vagabundo, acerca de perros sin techo y posible unión de las clases y “es acerca de una mina privilegiada y un anarco callejero que tampoco lo es tanto”. Hay que deconstruir los textos, me insisten. Y agregan; leer bien la calle ya no implica tener tanta calle. Hay que estar conectado, que no es lo mismo.