Tenía 17 años y quería ser escritor. Durante el verano del 75, Alan Pauls leyó por primera vez a Ricardo Piglia, y fue una revelación para él. “Fue lo que se llama un encuentro”, recuerda hoy. “Yo era el típico aprendiz voraz de 17 años y él un escritor relativamente joven, con sólo dos libros de cuentos publicados, pero que ya empezaba a imponer la potencia de una máquina literaria formidable. Nombre falso fue el libro de Piglia que me hizo ser escritor. Lo leí cuatro veces seguidas, lo sepulté con anotaciones, lo cité, lo copié”, cuenta. “Lo genial fue el modo en que Piglia fue licuando mi fanatismo en una conversación ‘entre pares’ que terminó durando 40 años”.

Novelista, ensayista, crítico de cine, traductor, Alan Pauls (1958) se convirtió en una suerte de discípulo aventajado de Piglia (1941-2017); desarrolló su propia voz y diseñó su camino personal. Autor de una obra elegante que explora en la intimidad y en las cicatrices colectivas, debutó en 1984 con El pudor del pornógrafo y alcanzó reconocimiento internacional en 2003 con El pasado, Premio Herralde de Novela.

“El surgimiento de Alan Pauls es lo mejor que podía haberle pasado a la literatura argentina desde la estrella de Manuel Puig”, diría Piglia. Su entusiasmo lo compartió también el chileno Roberto Bolaño, quien lo describió como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”.

Desde Berlín, a donde llegó en 2019 con una beca de escritor, Pauls ofrecerá una conferencia en torno a “La ciudad de Piglia” en el seminario La Ciudad y las Palabras de la UC, que comenzó en 2007 precisamente con una conferencia del fallecido narrador de Plata quemada. El autor de Wasabi hablará sobre la visión de Piglia sobre las ciudades como escenario de historias, el próximo jueves 15, a las 17.00, por el canal de YouTube del Doctorado en Arquitectura UC (www.doctoradofadeu.uc.cl).

“Me gustaría hablar de cómo en Piglia la ciudad es prácticamente sinónimo de literatura”, dice. “No sólo porque la ciudad es el espacio por excelencia de producción y circulación de historias, sino también porque una ciudad es en sí misma una escritura o un complejo de escrituras múltiples, ofrecidas a la lectura y la interpretación, en el que nos movemos como un lector por un texto”.

¿Cómo discurrían aquellos primeros encuentros con Piglia?

Nos encontrábamos siempre en el centro de Buenos Aires, en bares. (Las casas eran tabú, espacios demasiado íntimos, demasiado burgueses para la conversación literaria de esos años politizados.) Él me devolvía mis manuscritos con algún que otro subrayado muy tenue. Leía así, subrayando, un poco como un psicoanalista que repite una palabra dicha por su paciente y el paciente entiende por primera vez lo que ha dicho, cómo lo ha dicho y por qué. No me decía cómo tenía que escribir; leía en lo que yo escribía mi deseo (precoz, torpe, contrahecho) de escribir, y rastreaba los lugares donde ese deseo era intenso y revelador y me los mostraba. Era un lector a la vez marxista y zen: le interesaba cómo hacía para ganarme la vida, cómo financiaba mi tiempo para escribir, pero jamás bajaba línea ni “corregía” nada. Simplemente señalaba en mis textos las pistas que le parecían llevar a algún lugar interesante, o desconocido, o nuevo. Y al final de cada encuentro me daba una lista de lecturas: ensayos sobre literatura, novelas norteamericanas, teoría literaria.

Piglia es acaso el modelo del escritor/lector. ¿Qué lecciones recibió de él?

Con Piglia aprendí a pensar y a vivir (que es lo que uno aprende con todos los maestros). Aprendí la solidaridad íntima, secreta, que hay entre pensar, escribir y vivir, eso que aparece tan nítido y estratégico, muchas veces como una especie de plan de operaciones, en los Diarios de Emilio Renzi.

Una novela cómica

Alan Pauls llegó a Berlín en 2019 con su familia, la dramaturga Lola Arias y el hijo de ambos. Viajó con una beca otorgada por la ciudad, y durante su estadía culminó una nueva novela, La mitad fantasma.

Protagonizada por un hombre mayor y una mujer joven, quienes desarrollan una relación a distancia vía Skype, el libro supone el regreso del autor a la ficción luego de su trilogía dedicada a los años 70: Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero.

Alan Pauls llegó en 2019 a Berlín con una beca y durante la pandemia terminó su nueva novela.

¿Cómo describiría la residencia en Berlín, con pandemia de por medio?

Hubo un año idílico, casi irreal, que fue 2019, amparado por la beca y las dobles ventanas del departamento donde trabajé, abstraído de todo y hasta de Berlín misma. Luego vino 2020 y todo se enrareció, aunque la gestión alemana de la pandemia parecía entonces bastante sensata, sobre todo comparada con los delirios autoritarios o negacionistas que proliferaban en otras partes. La sensatez se hizo polvo este año, tal vez porque se avecinan elecciones (terminan los 16 años de la era Merkel) y ni siquiera un país como Alemania es inmune al clima entrópico de las fases preeleccionarias. Dicho esto, me gusta Berlín; me gustan el modo en que la historia está presente en la ciudad, el estilo entre trash, hippie y contracultural que tienen los berlineses de ser alemanes, los parques y los lagos, los cines que funcionan en pisos altos de edificios de departamentos (aunque estén cerrados desde hace cinco meses), la mala iluminación de las calles, el pan. Hay veces en que miro a mi alrededor y es como si me despertara en un mundo marciano, que no entiendo en absoluto. Pero hasta eso es estimulante. Por ahora.

Pronto llega a librerías La mitad fantasma, donde narra la relación a distancia entre un hombre y una mujer más joven. ¿De dónde nace esta historia?

De las ganas de plantear y explorar problemas, que es lo único que me estimula para escribir. Entre los amantes de la novela hay toda clase de distancias, no sólo la física. Él es un sedentario empedernido, ella viaja por el mundo cuidando casas; él es un artista de la sospecha, ella cree en las superficies; él no sabe qué es el Skype hasta que la conoce a ella; el único equipaje de ella es un celular y una computadora. Todo está dado para que la relación no sea o sea una catástrofe. Pero es una relación, y es precisamente el tipo de catástrofe que es, sutil, desesperada, llena de idas y vueltas, malentendidos, trampas, espejismos, lo que me interesa contar. Como dijo una amiga y gran traductora italiana, Maria Nicola, La mitad fantasma es una novela cómica sobre el pasaje hacia el siglo XXI.

Dos personajes en principio tan distintos y distantes, ¿cómo logran relacionarse?

La novela no dice mucho al respecto. Todo indica que es un flechazo, sólo que con efectos dispares para los flechados. Parece ser trascendental para Savoy (lo suficiente para volverlo loco) y más bien enigmático para Carla (cuya versión del asunto recién se intuye al final de la novela). Pero hay en la relación una especie de lógica orbitacional invertida: el sedentario, que debería ser el eje alrededor del cual se mueve el satélite, es el que se agita espasmódicamente alrededor de la viajera.

En El pasado narró una larga historia de amor, ¿qué lo llevó a volver a explorar este terreno?

El pasado era más bien una investigación sobre la posteridad, lo que viene después, sobre las ruinas humeantes del amor. Acá se trata del amor como delirio unipersonal: de la pequeña obra maestra de imaginación, cálculo y sospecha que se enciende en un varón que se cree de vuelta de todo sobresalto amoroso cuando una desconocida se le cruza por el camino y, por una vez, repara en él.

La tecnología ocupa un lugar central en la historia. ¿Cómo es su relación con la tecnología? ¿Usas redes? ¿Se acostumbra al Zoom?

Una relación de beligerancia civilizada. Uso sólo lo que necesito. Desoigo todo lo demás, no importa lo tentador que suene. Sólo tengo Instagram, que es mi dacha de fin de semana. La cuarentena berlinesa me obligó este año a pasar mis grupos de escritura a la modalidad virtual. Pensé que colapsaría, pero me adapté sorprendentemente bien. De hecho, los primeros minutos de cada sesión solemos dedicarlo a una nueva práctica crítica: comentar el modo en que cada participante elige encuadrarse e iluminarse y revelar cierta parte de su intimidad en el pequeño recuadro de su cámara, algo que puede ser tan revelador como un buen texto. No tengo problemas con el Zoom, pero me gusta más el estilo de jitsi, precario, como de casa sin revocar con muebles de caña.

Ensayista, autor de las colecciones Temas lentos y Trance, Pauls cultiva también la traducción literaria: es traductor de Roland Barthes y del último libro de relatos inéditos de Marcel Proust.

¿Qué piensa de la controversia en torno a la traducción de la poeta afroamericana Amanda Gorman? A través de su agente, ella puso como condición para las distintas lenguas ser traducida por una mujer, en lo posible de raíces negras y activista. Nuria Barrios, quien hizo la traducción al español, ve en esas condiciones otra forma de censura.

Censura, estupidez y yo diría casi fascismo, porque ese tipo de exigencias no hace otra cosa que recuperar y fetichizar -en nombre de una minoría- el mismo ideal de identidad esencial, el mismo mito de “pureza de pares” que siempre terminó borrando a las minorías de la faz de la tierra. Que la exigencia de Gorman tenga por objeto una traducción me parece particularmente triste, por no decir grotesco. Por su naturaleza misma, la traducción es una práctica radicalmente antiidentitaria. Traducir es mezclar, contaminar, reapropiar; es conectar lenguas, orígenes, experiencias y culturas que no estaban “naturalmente” llamadas a entrar en relación. Traducir es el antídoto por excelencia contra todo ghetto, incluso, o sobre todo, el que reivindica una minoría empoderada por una lucha política absolutamente justa.