El escritor israelí Amos Oz cree que el Estado de Israel se ha convertido en la actualidad en "una desilusión" porque es un "sueño realizado", y el único modo de mantener un sueño "perfecto y bello" es "no realizarlo jamás".

Así se expresa Oz en una entrevista publicada hoy por el diario italiano La Stampa, y en la que afirma que "Israel nació de los sueños, no de la geografía o de la demografía".

"Unos soñaban con reconstruir los días de la Biblia, otros soñaban con crear una réplica de las ciudades hebreas de Europa del Este, algunos soñaban con crear una copia de Austria-Hungría en Oriente Medio, ciertos otros querían una Escandinavia socialdemócrata y otros más aspiraban a un país marxista", explica el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007.

En su opinión, estos sueños "se han ido borrando uno al otro" y, 60 años más tarde, "Israel tiene una sensación como de desilusión, precisamente porque nació de un sueño".

"El único modo de mantener un sueño perfecto y bello es no realizarlo jamás, porque en el momento en que lo realizas, empieza la desilusión", indica el literato que, sin embargo precisa que eso no quiere decir que sea un fracaso.

Más allá del sueño, Oz considera que Israel es un país "muy mediterráneo, muy parecido a Grecia, a Italia y a España" o, en otras palabras, un lugar que "pertenece más a una película de (Federico) Fellini que a una de (Ingmar) Bergman".

Respecto al conflicto palestino-israelí, el autor de Una historia de amor y oscuridad se muestra confiado en que "un día habrá una embajada palestina en Israel y una embajada israelí en Palestina", que se encontrarán muy próximas porque "Jerusalén Oeste será la capital de Israel y Jerusalén Este la capital del Estado Palestino".

En cuanto a la Explanada de las Mezquitas, el escritor piensa que "debería tener extraterritorialidad y estar abierta a todos los creyentes".

Sobre su padre, contra el que se rebeló en su juventud porque quería que fuera un intelectual, mientras que él quería ser campesino, Oz asegura que, aunque murió hace 40 años, ambos aún mantienen discusiones políticas.

"Tengo la costumbre de invitar a los muertos a casa de tanto en tanto, les pido que se sienten y se tomen un café y hablamos de cosas de las que no habíamos hablado nunca cuando estaban vivos. Después del café les hago irse, porque no quiero que los muertos vivan en mi casa, pero cada cierto tiempo les invito a un café o a una conversación", manifiesta.