La mecha la encendió Mario Vargas Llosa y el estallido lo desató García Márquez. En los 60 la literatura latinoamericana armó una fiesta: ganó protagonismo, premios, críticas a favor y millones de lectores. Fue un boom.

No hubo lanzamiento oficial ni manifiesto. Tampoco una lista de socios. Pero entonces un puñado de nuevos escritores latinoamericanos le cambió el rostro a la literatura de la región. Tenían distintos orígenes, estilos y personalidades, pero compartían lecturas, ambiciones y el deseo de renovar la narrativa de sus países. Lograron más: revolucionaron la literatura en español.

La chispa inicial la puso en 1962 un joven peruano peinado a la gomina, con una novela ruda, violenta y de enorme destreza técnica. La ciudad y los perros ganó el Premio Biblioteca Breve Seix Barral, se publicó al año siguiente y catapultó la carrera de Vargas Llosa. Más aún: atrajo el interés por lo que se estaba escribiendo a este lado del mundo.

Desde París, Julio Cortázar escribía Rayuela: una novela afrancesada de aire juvenil y rupturista. Cortázar tenía más de 50 años, pero rápidamente fue asociado al grupo: operó como el hermano mayor.

El mexicano Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz) fue el gran promotor del boom, al que se asociaban también el cubano Guillermo Cabrera Infante (Tres tristes tigres) y los chilenos José Donoso (Coronación) y Jorge Edwards (El peso de la noche). Pero la gran estrella sería García Márquez.

Cien años de soledad apareció en 1967 y arrasó con todo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", comenzaba la novela que se ganó la admiración de todos: Carlos Fuentes leyó las primeras páginas y las encontró "magistrales". Se las mandó a Cortázar y, así, se corrió la voz. García Márquez había escrito "el gran libro de América Latina", diría Alvaro Mutis. La novela salió a la calle en Buenos Aires el 5 de junio y fue un éxito sin precedentes.

Cien años de soledad atrajo fama y fortuna para García Márquez (y los problemas y las ventajas derivadas de la celebridad) y llevó al boom a su momento de mayor esplendor, gracias también al instinto comercial de su madrina: la agente Carmen Balcells.

Un año después, el diario británico de The Times anotaba: "No cabe duda: la contribución más significativa a la literatura mundial de hoy viene de América Latina".

El éxito del boom despertó interés por los mayores: Borges, Rulfo, Carpentier, Onetti. Mientras las nuevas estrellas, que se declaraban admiradores de la Revolución cubana, se instalaban en Barcelona y vivían como vecinos. La fractura ocurre en 1971, con el caso Padilla (ver nota pág. 45). Para entonces, el boom había entregado un par de obras maestras y en 1982 el Nobel coronaría la carrera de García Márquez y el momento más brillante de la literatura del continente.