Ni marciano ni divino. Tampoco fueron los fenicios que mil años antes de Cristo atravesaron mar y tierra para comunicarse con las culturas precolombinas. El principal origen de las figuras que se aprecian en las laderas de los cerros del norte del país es humano, ya sea geoglifos realizados por indígenas durante sus rutas en caravana o bien, hombres de comienzo y mediados del siglo XX que extraían minerales.

Así de categórico es Gonzalo Pimentel, director de la Fundación Desierto de Atacama, arqueólogo y doctor en antropología, quien despeja algunas dudas surgidas a partir del descubrimiento de "nuevos" geoglifos gigantes en el sector de Lasana, en Alto Loa, a unos 40 km al noreste de la ciudad de Calama.

A su juicio, por desinformación e ignorancia, es más fácil recurrir a intervenciones marcianas o fenicias para explicar estas formaciones. "La mayoría de estos casos son extracciones de ripio, que se hacían a principios del siglo XX y hasta mediados de ese siglo. Son caminos mineros, por donde pasaban líneas de tren o de tuberías. Parecen geoglifos, pero no lo son", aclara Pimentel.

Un geoglifo es una forma de arte rupestre que consiste en hacer grandes figuras sobre el suelo. Para eso se sacaban las piedras superficiales más oscuras para que contrasten con la arena, o bien, se amontonaban las piedras para que se distingan diferentes niveles de superficie. Según explica Pimentel, estas figuras se hacían con la intención de comunicar algo, dejar huella, de representar la visión de mundo que tenían.

Los que existen entre Arica y Antofagasta tienen más de 3.000 años de antigüedad y unos 1.100 años desde que se hizo una manifestación común en el desierto andino.

El director de la fundación señala que este tipo de construcciones no se realizaban de una sola vez: "Pasaba un grupo y construía algo, luego pasaba otro grupo y construía otra. Era un arte de viajeros, para ser vistos por los grupos, mientras viajaban por rutas desérticas, no funcionaban como una señalética como los actuales semáforos. Son representaciones de grupos sociales, efecto de humanización por el desierto", dice el arqueólogo.

En 2008, Pimentel y su equipo realizaron una investigación para National Geographic que analizó estas formaciones. En su trabajo, descubrió una figura de grandes dimensiones, que incluso, mantenía restos de objetos de culturas prehispánicas. Está ubicada en Lasana, y es una figura de trazado octogonal, de 300 m de largo por 80 m de ancho y solo se puede ver completa desde el aire. Se estima que su construcción fue entre el 900 y 1.550 d.C.

Fragilidad

Pese a la abundancia de geoglifos del norte del país, muy pocos cuentan con protección y están debidamente señalizados para que las personas los conozcan y los cuiden.

"Por las condiciones climáticas, baja erosión, poca lluvia, los geoglifos se mantienen por miles de años. Pero si te paras sobre ellos o pasan motos, se destruye todo. Si estás muy encima de las figuras no te das cuentas, se ven mejor desde lejos. Las actividades mineras también las dañan. En el norte hay tantas de estas representaciones que no todas están señaladas", se lamenta el experto.