Moda cómoda: “Nunca respondí a los cánones de belleza, pero como era buena en lo que hacía hice de eso mi lucha”




“Estudié teatro e hice un Master en Performance en Londres, interesada en aprender artes vivas. Fue ahí cuando hubo un quiebre en mi carrera artística. Más que a interpretar personajes, me dediqué a hacer autobiografía. A contar cosas que me pasaban. Estoy constantemente reflexionando acerca del mundo que me crió. Un mundo con el que me relaciono muy bien y al que amo, pero que me ha provocado ciertos conflictos internos. Son temas que he ido sanando con ironía y con mucho humor. Y aprendido que para tratarlos debo guardar un tiempo de distancia.

El arte ha sido la manera en la que he hecho mi vida. Y por eso en mis trabajos es difícil detectar qué es verdad y qué es ficción. Me gusta ese límite. A veces pienso que más que actriz, quizá debí ser periodista o detective. Y es que cuando hago algo, sin quererlo, me veo inmersa por completo. Cuando hice la obra autobiográfica Helen Brown, en la que contaba cuando me estafaron en Alemania y quise encontrar a la estafadora que tenía ese nombre, fue una época divertida, pero envejecí interpretándola. Si bien era cómico, cada vez tenía que recordar e interpretar a una Trini que estaba hecha bolsa, confundida, sola. Ahora estoy más alejada del teatro y junto a María Court y un equipo de siete personas estamos haciendo relatos sonoros en nuestra podcastera Border Podcast. Es un formato más conciliador, en el que no tengo que pasar por esas sensaciones fuertes por las que atravesaba cada vez que me subía a un escenario. No tengo que poner el cuerpo todas las noches para contar una historia.

Desde chica me sentí la freak. No me lo decían y a veces pienso que quizás era yo la que me lo auto imponía, pero siempre fui distinta. Y al llegar a estudiar teatro me pasó lo mismo, pero al revés. Ahí era la cuica. Las personas tienden a encasillarnos. Me imagino que a muchos nos pasa lo mismo; eso de sentir que estamos en tierra de nadie. Por eso he tenido que construir mi propia tierra. A mis 37 años me he dado cuenta de que eso es solamente prejuicio y es muy superficial. Y por lo mismo ya no entro en la conversación de tener que explicarme. Antes me sentía culpable, sentía que debía tener un bando. Ahora me da lo mismo.

Este mismo proceso lo he vivido con la aceptación física. Siempre busco que el contenido vaya antes que la imagen, siempre, pero como la mayoría también me entrampo porque quiero ser linda e inteligente. Nunca respondí a los cánones tradicionales de belleza y de hecho tendí durante mucho tiempo a encontrarme horrible, pero como era buena en lo que hacía hice de eso mi lucha. Y trabajé en destacar por algo más allá. Así me fui sintiendo cada vez más segura, ya que sabía que mina no era y que estrellita de tele no iba a ser nunca. Mi pelea fue por tratar de ser una excelente actriz. Así me fui empoderando. Y por lo mismo, también durante un tiempo no me permití sentirme guapa. Era como que había que elegir.

Ahora que estoy más grande sé que puedo ser ambas. Y me lo permito. Eso para mí ha sido uno de los miles de aprendizajes del feminismo; entender que no tengo por qué hacer pelear estas dos realidades que habitan en nosotras. Puedo querer sentirme espléndida y además estar en contacto conmigo misma, ser profunda, ser sensible. A veces me molestan con que a mi hija, que tiene cuatro años, le guste el rosado y quiera andar en tacos. A mí eso me encanta, ojalá todas las mujeres podamos tener la libertad de elegir lo que queramos sin que eso signifique que somos de una determinada manera. A mí me gusta vestirme cómoda y verme guapa.

Encuentro complejo ser mujer porque tenemos muchas capas, cargamos con demasiada historia. Es caótico, es difícil. Es luchado. Y de cierta manera es algo de lo que nunca vamos a poder descansar. No me lo cuestiono mucho y no hubiese preferido ser hombre, pero mientras más crezco, más abrumante lo siento. Con el enclaustramiento creo que todas hemos sentido este peso. Me veo en mi casa preparando comida, limpiando y criando y me doy cuenta de que esto es lo mismo que vivían las mujeres desde hace miles de años atrás. Hemos generado muchos cambios racionalmente, y eso es sin duda es un gran avance, pero en el ejercicio práctico, a lo que la sociedad finalmente nos convoca, estamos haciendo siempre lo mismo. Es como si la pandemia nos hubiese llamado a entrarnos de nuevo. Trato de no pelearme con esto. Voy a dar todo de mí para ser la mejor mamá posible, ver crecer a mi hija, cocinar rico, cuidarme y trabajar en lo que tenga que trabajar, pero estoy en conflicto constante. Tengo que hacer el ejercicio de estar en paz con lo que me toca.

Descubrir mi voz ha sido un trabajo humano y artístico. Y no ha sido uno fácil. Pero la voz que he encontrado hasta ahora me cae bien. Siento que cuando narro o cuento historias hay algo en mí que se calma, y eso me gusta. Hay algo más pausado. Es como si mi voz le hiciera cariño a las personas, además de guiarlas. Me gusta pensar que ese puede ser mi aporte, uno que además no tenga necesariamente mi imagen. Mi ego. En este camino no solo me he ido acercando a mi voz actoral, he encontrado también respuestas sobre la maternidad, sobre el feminismo. He aprendido a relacionarme conmigo misma, con mi cuerpo, con los hombres. Me he ido convirtiendo en una persona capaz de decidir cómo quiere vivir su vida. He despertado”.

Trinidad Piriz tiene 37 años y es artista escénica.

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