La historia del primer acoso sexual sancionado en Chile

Foto: Esteban Paredes

Patricia Cabello tiene 31 años. A los 17 fue acosada sexual y laboralmente por su jefe de un local de comida rápida de Concepción. Denunció diez días después de que se publicó la norma que sanciona el acoso sexual, en marzo de 2005. Su caso fue la primera sentencia de esa modificación en el Código del Trabajo. “Debí haberle puesto de inmediato la pata encima: ‘Conmigo no’”, dice hoy.


Es 28 de marzo de 2005. Patricia Cabello está decidida. Entra a la oficina de la Dirección del Trabajo de calle Castellón, en el centro de Concepción, y se sienta al frente de una mujer en un box de atención. “Vengo a denunciar a mi jefe”, dice Patricia, que en ese entonces tenía 18 años.

En una primera impresión, su jefe le parecía un hombre de trato paternal. Él, de iniciales V.Q., era gerente de una empresa que administraba restaurantes y locales de comida rápida. “‘Esta es como una familia. Te vas a sentir muy acogida acá’. Eso me dijo don Víctor en la entrevista de trabajo”, recuerda ella.

Patricia le creyó. Por qué no, si él tenía una hija apenas dos años menor que ella, que a veces iba a los locales y con quien conversaba amistosamente. “Él me decía ‘hola, ¿cómo estai?’ y me hacía cariño en el brazo; ‘¿quieres un café?’ y me daba un abrazo. Yo pensaba ‘pucha el jefe paleteado, me debe ver como a su hija’. Pero después me di cuenta de que el trasfondo era otro”.

Patricia tenía 17 años cuando empezó ese trabajo, en un local de la cadena Doggis ubicado entre las calles Aníbal Pinto y Colo-Colo de Concepción, en mayo de 2004. Recién había egresado de cuarto medio. “Yo quería hacer cosas de grande. Quería trabajar para pagarme mis estudios”, dice y agrega que paralelamente a su trabajo empezó a estudiar la carrera de técnico jurídico.

Al poco tiempo su jefe se puso cargante. Le ofrecía llevarla a la micro o a la casa, coincidían en demasiados turnos y escuchaba a sus compañeras de trabajo decirle “ya, pues, don Víctor, córtela” cuando las abrazaba. Luego sus frases cariñosas hacia ella cambiaron de tono: “Oye, estás tan linda hoy día”, “qué bien te queda ese pantalón”, “oye, ese trasero…”. “Oiga, don Víctor, no diga esas cosas”, respondía ella, nerviosa y desencajada.

Patricia conoció en ese trabajo a Cristián, un compañero de local con el que empezó a pololear sin hacerlo público en un principio. Un día, él la fue a buscar y caminaron juntos al paradero. Su jefe pasó por ahí y los vio. Al día siguiente los encaró, le dijo a ella que no tenía nada que estar haciendo con él. La discusión subió de tono y terminó a los golpes. Cristian fue despedido y Patricia destinada a labores como limpiar el piso o sacar los chicles de debajo de las mesas.

“Fue una manera de desquitarse conmigo. Lo sentí como un castigo por no darle lo que él quería”, dice ella.

***
Patricia, ese marzo de 2005, está sentada frente a una mujer de la Dirección del Trabajo. Le dice que su jefe la trata mal, que le toca el brazo, el pelo, la cara.

-¿Qué le dice su jefe exactamente? -recuerda que le preguntó la mujer.
-No le voy a decir eso -le respondió con vergüenza.

-Me tiene que contar para ponerlo en el acta.
-Me trata de puta porque salgo con un compañero -dijo, y se largó a contar todo, con llanto incluido.

Días después de haber descubierto su relación con Cristian, su jefe se había paseado por el local con el gerente de otro restaurante. “Mira, ahí está la puta que andaba con el Cristian”, le dijo en voz alta. Ella se hizo la desentendida esa vez y otras más. “Eran palabras que yo no había escuchado para referirse a mí o a otra mujer. Yo lo trataba de don… él era mi jefe”.

Patricia denunció a su jefe por acoso sexual y laboral. Recuerda que se desahogó en la Dirección del Trabajo como no lo había hecho con alguna amiga ni en su propia casa. “Yo tenía miedo”, dice. “Para mí era delicado contarle a mi mamá que este viejo me molestaba y me decía esas cosas. Me daba vergüenza. Me sentía mal de que alguien me humillara. No es fácil explicarle eso a tu mamá”.

Recuerda que en la Dirección del Trabajo le insistieron en que no dejara el trabajo, que presentara una licencia y que confiara en que iban a llegar hasta el final con su denuncia.

Sin saberlo, Patricia se convirtió en la protagonista del primer caso sancionado en Chile por la Ley de Acoso Sexual, que había sido promulgada el 8 de marzo por el Presidente Ricardo Lagos durante la celebración del Día Internacional de la Mujer y publicada el 18 de ese mes, después de 11 años de tramitación en el Congreso.

La norma sólo incluye acoso sexual dentro del ámbito laboral -es una modificación al Código del Trabajo- y así se ha mantenido hasta hoy. Cuando se promulgó, las cifras del Sernam indicaban que el 20% de las mujeres que trabajaban en Chile habían sufrido acoso sexual y ese primer año de vigencia la Dirección del Trabajo recibió 264 casos. En adelante las denuncias fueron en aumento, a pesar de las dificultades para constatar su veracidad y la compleja realidad a las que están expuestas las víctimas al momento de realizar una denuncia, como la vergüenza, la soledad o la exposición frente a terceras personas. Tal como le ocurrió a Patricia.

Las multas son siempre a las empresas donde trabaja el denunciante. Las más altas tienen que ver con no realizar la investigación por acoso sexual ante una denuncia; no adoptar las medidas de resguardo de los involucrados (como la separación de espacios físicos); no disponer y aplicar las medidas y sanciones que correspondan; o no remitir las conclusiones de la investigación a la Dirección del Trabajo dentro del plazo de cinco días. Actualmente pueden llegar a las 10 UTM ($467.000) para empresas de 1 a 49 trabajadores; 40 UTM ($ 1.900.000) para una compañía de entre 50 y 199 trabajadores o a 60 UTM ($ 2.860.000) para una firma con más de 200. Desde la Dirección del Trabajo explican que el 20% de las denuncias recibidas acaba en multas y que se puede aplicar más de una multa a la empresa, por distintas infracciones detectadas.

En el caso de la empresa donde trabajó Patricia, la sentencia determinó que además del acoso sexual también había infracciones relativas a otros artículos del Código del Trabajo, por lo que la multa sumó 160 UTM (unos $7.640.000 de hoy).

***

Patricia dice que no recuerda haberse enterado de esa nueva normativa y que tomó la determinación de denunciar en ese momento porque no aguantó más. “Yo no quería que mi papá, mi mamá o una amiga se aparecieran por el local y él me tratara mal, que me insultara, que botara una bebida y me mandara a limpiarla, porque él lo hacía para humillarme. Él se desquitaba de esa manera: ‘Ah, ésta no me quiso dar algo, así la trato yo’”.

También pensó en su hermana, que tiene tres años menos. “Un día me dijo que quería trabajar como yo. Le dije que no, que era un trabajo muy duro, y ella se enojó y me trató de egoísta porque no la dejaba hacer lo mismo. Pero era mi manera de protegerla, porque ella era incluso más confiada que yo”.

Cuando Patricia les contó a sus compañeras de trabajo que iba a denunciar a su jefe, diez le dieron su apoyo, pero al final sólo tres fueron testigos en su denuncia. Ella cree que les dio miedo perder su trabajo.

“Mi jefe elegía al personal que contrataba y la gran mayoría eran mujeres”, cuenta y describe que él tenía un criterio muy particular para hacerlo. “Él sabía a quién joder, se aprovechaba cuando una era más vulnerable. Yo trabajaba y estudiaba, no era llegar y renunciar; otras eran dueñas de casa, con hijos y tenían que llevar plata a la casa; algunas recién se habían ido de la casa de sus papás, tenían que trabajar. Él sabía que una niña no iba a dejar de trabajar porque la tocaba o la abrazaba. Estas personas tienen esa chispa distinta que la utilizan para eso”.

Dice que incluso en un momento empezó a cuestionarse si lo que su jefe decía de ella tenía algo de cierto, que quizás sí estaba mal que anduviera con un compañero de trabajo o que estaba haciendo algo indebido en su trabajo. Incluso le planteó a Cristian que mejor no estuvieran juntos, que tal vez no se veía bien. “Menos mal que no me hizo caso”, cuenta.

Patricia dice que para denunciar hay que ser valiente y por eso le gusta que hoy las mujeres se estén atreviendo a hacerlo públicamente. “A veces pienso ‘qué lata no haber tenido la personalidad que tengo ahora para decirle la primera vez que me molestó: Oye, córtala’. Eso me faltó. Debí haberle puesto inmediatamente la pata encima: ‘Conmigo no’”.

Ese 2005, después de la multa a la empresa, su jefe fue despedido. Ella trabajó cuatro años más. Hoy, a sus 31, se desempeña como técnico jurídico en una repartición pública en San Pedro de La Paz.

Según cifras de la Dirección del Trabajo, desde 2012 se han recibido 1.781 denuncias por acoso sexual. En lo que va del 2018 ya hay 234 registradas. Otro dato interesante: en el 67% de los casos la persona afectada es una mujer y en el 3%, un hombre. El 30% restante no tiene sexo identificado, pues hay algún error u omisión en la investigación interna hecha por la empresa.

 

 

Foto: Carlos Alarcón

Claudio Moraga, primer caso sancionado de acoso contra un hombre: “Uno se siente muy vulnerable”

La historia de la primera denuncia masculina sancionada por ley de acoso en Chile parte en septiembre de 2005 en un condominio de San Bernardo, el San José. Ahí trabajaba Claudio Moraga, hoy de 49 años y entonces de 36. En esa época vivía con su expareja y sus dos hijos. En el condominio trabajaba como auxiliar de aseo. Cuando un conserje se ausentaba, él lo reemplazaba hasta que llegara el nochero, quien con el paso del tiempo se transformó en su acosador.

“Se llamaba Patricio. Cada vez que yo iba al baño, él me agarraba el trasero cuando iba pasando”, cuenta.

-¿Usted reaccionó inmediatamente?
-No, un día le dije: ‘Oye, qué onda, qué te pasa. Yo tengo mi pareja y mis hijos, y tú también’. Él me respondió que era una broma. Después empezó a pasarse de listo.

-¿Cómo?
-Empezó a tocarme el trasero y después me tiraba manotones por delante, a los genitales.

-¿Cuánto tiempo él tuvo esta conducta?
-Un mes y medio.

-Para un hombre no debe ser sencillo reconocer que es acosado por otro hombre, menos en esa época. ¿Le costó enfrentar el tema?
-Claro. Un día mi pareja me vio achacado, me preguntóqué me pasaba y se lo comenté. Ella me dijo que hiciera la denuncia.

-¿Tenía alguien más con quién conversarlo? ¿Amigos?
-Yo no tengo amigos. Me costó mucho decírselo a mi pareja de ese tiempo.

El caso de Claudio no es tan frecuente. Son pocos los hombres que denuncian. Considerando sólo las denuncias de este año, los casos donde la afectada es una mujer son 22 veces más que cuando es un hombre.

Claudio recuerda que lo conversó con la presidenta del comité de propietarios del condominio y con el administrador. Finalmente fue ella quien habló con su acosador y recibió la misma respuesta que él: era sólo una broma. Esa intervención significó que el acoso se detuviera por una semana. Pero volvió. “Empezó con lo mismo y lo amenacé”, dice Claudio.

-¿Lo amenazó con golpearlo?
-No, le dije que iba a hacer la denuncia. Ya lo había conversado con el administrador, quien me había dicho que hiciéramos la denuncia en la Dirección del Trabajo por acoso sexual. Yo conocía la ley. Le dije: ‘existe una ley de acoso, si me sigues leseando voy a hacer la denuncia, porque esto es acoso sexual’. No me creyó.

-¿Cómo se sentía?
-Tenía rabia, ganas de pegarle. Pero yo mido un metro sesenta y algo, y él era más grande y macizo. Si le pegaba, después me aforraba a mí. Por eso sentía impotencia. No aguante más, terminé yendo al sicólogo.

-¿Quedó traumatizado con la experiencia?
-Claro, nada que ver que me esté acosando otro hombre. Además, me sentía solo. Sentía ganas de puro desaparecer. Estuve 6 meses en terapia, mi sicóloga me recetó pastillas para dormir. Después me desahogué y se lo comenté a mi madre, que en paz descanse. Ella quería ir a pegarle.

El incidente terminó en una denuncia a la Dirección del Trabajo que falló en contra del acosador en noviembre de 2005. La multa contra el condominio fue de 6 UTM (unos $188.000 de la época) y se ordenó mantener separados a los dos hombres. El tratamiento de Claudio derivó en una licencia médica de seis meses. Cuando fue dado de alta nunca volvió a trabajar en el condominio. Su acosador, dice, ya había sido despedido.

Hoy Claudio tiene otra pareja, con ella formó una familia de cuatro hijos. Dejó la Región Metropolitana hace cinco años para instalarse en Talca, donde trabaja como guardia de seguridad.

-¿Alguna vez reflexionó si lo que sintió es lo mismo que sienten las mujeres cuando son acosadas?
-Sí, me puse en el lugar de ellas. ¿Por qué? Porque tengo hermanas y una hija y no me gustaría que les pasara nada. Ahí dije: ‘las mujeres también sienten lo mismo’.

-¿Cambió sus actitudes al respecto?
-Gracias a Dios nunca he molestado a las mujeres en la calle. Las defiendo.

-¿La experiencia cambió la formación que le ha dado a sus tres hijos hombres?
-Sí. Les he enseñado a ser bien hombrecitos para sus cosas. Les digo que cuando anden en la calle no molesten a nadie.

-¿Siente que a los hombres les falta experimentar una situación así para darse cuenta de lo grave que es el acoso?
-Exactamente. Nos falta mucho ver las cosas que les pasan a las mujeres. Uno se siente muy vulnerable.

-¿Nunca más volvió a ver a su acosador?
-Años después lo vi en la micro.

-¿Qué hizo?
-Me quedé helado. Agaché la cabeza y él siguió de largo hasta otro asiento. Después se bajó cerca de un cementerio en San Bernardo.

Foto: Cristián Rivero

Jessica, el segundo caso

“Es un momento en el que uno no sabe qué hacer”. La que dice esto, desde el otro lado del teléfono en Iquique, es Jessica Rodríguez, protagonista del segundo caso de acoso sexual sancionado en Chile. Fue en julio de 2005.

Jessica, que entonces tenía 45 años, había empezado a trabajar como operadora en una pequeña empresa de radiotaxis de Iquique: Transportes Isluga. En la compañía trabajaban ella, dos o tres taxistas y los dos socios dueños de la empresa. Fue uno de ellos -de iniciales R.G.- quien comenzó a acosarla. Era el encargado de ir a buscarla y a dejarla a su casa cuando terminaba su turno.

“Empezaba con conversaciones fuera de lugar o me rozaba la pierna cuando pasaba el cambio. También paraba en el camino para conversar y me decía: ‘oye, que eres bonita’, ‘un día podríamos salir a tomarnos algo’”, recuerda ella, sobre la situación que se agravó por el espacio en que trabajaban: una pequeña sala de dos por tres metros, donde él se acercaba a una distancia incómoda.

-¿Él notaba que a usted le incomodaba su actitud?
-Sí, porque yo le decía que respetara la distancia. Yo jamás saludo a la gente del trabajo con un beso, a mí me gusta mantener la distancia. Soy pesada.

-Cuando usted le decía que eso le incomodaba, ¿cómo reaccionaba él?
-Se reía con burla. Me decía: “Ay, pero si somos compañeros de trabajo” o “es que yo soy cariñoso”. En un par de ocasiones fui bastante desagradable, pero nunca con groserías. Le decía que no me gustaban ese tipo de conversaciones.

La situación siguió así por un par de semanas hasta que Jessica sintió que no daba más. “Yo tengo re poca paciencia”, reconoce.

Por esos días, recuerda, los medios hablaban de acoso sexual por la entrada en vigencia de la nueva ley. Con esa información Jessica entendió que necesitaba conseguir pruebas. “Sabía que si no, no me iban a creer. Era la palabra de él contra la mía”.

Jessica ejecutó un plan, sin comentárselo a nadie. Fue a la casa de su hermana para pedirle una pequeña grabadora a su sobrina. Los días siguientes fueron de ensayo. Iba al trabajo y se ponía la grabadora en el pecho, en el bolsillo o en la cartera para probar la calidad de la grabación. El siguiente paso fue ejecutar la trampa. Jessica le pidió a R.G. que salieran a conversar a la calle. La operación había comenzado.
Él empezó a acosarla con frases incómodas. Jessica llevaba la grabadora encendida, escondida en el pecho. “Yo le iba sonsacando cosas con frases como ‘cuántas veces te he dicho que me molesta esto’, ‘a mí no me gusta que me toquen’, ‘por qué te paras en la calle cuando me llevas a mi casa’”, cuenta. R.G. perdió el control y la golpeó en el pecho y luego le dio patadas en el suelo, dice ella.

Después de eso, ya con la evidencia, hizo la denuncia.

En la ciudad la sanción fue un hito. “Fue histórico”, recuerda hoy Horacio Ara, actual director regional de la Inspección del Trabajo de Tarapacá. La Estrella, el diario de la ciudad, recogió la noticia y amplificó el mensaje. Recuerda Ara: “Se difundió en la prensa de la ciudad. Se logró ejemplarizar a la población y ahora esto ya no se permite”.

La denuncia de Jessica significó la prohibición para que compartiera espacio laboral con el denunciado y con la multa más alta que contempla la ley: 20 UTM, 600 mil pesos de la época, que terminaron por hacer cerrar la empresa. Hoy Jessica trabaja en una lavandería de Iquique y mira lo que está pasando con la perspectiva de la experiencia que vivió.

-¿Le da esperanza lo que está pasando ahora, el movimiento feminista?
-No. Estos movimientos feministas que hacen marchas no me gustan para nada. No me siento representada.

-¿Qué la representaría a usted?
-A mí me gustaría que se hiciera con cosas más artísticas, que demuestren más inteligencia, con charlas, interviniendo los colegios, conversando. Yo creo que los hombres tienen que tener dos deditos de frente para entender, no pueden tener todas las neuronas desconectadas.

 

Seguir leyendo