Suelen preguntarle cómo lo hizo para ponerse en la cabeza de su madre. Para adoptar su voz, para reproducir su forma de pensar. Se lo preguntan a propósito de su novela más popular, Madre que estás en los cielos. Pero Pablo Simonetti (55) dice que no hay misterio: "No me costó nada. Yo a mi madre la veía reaccionar y sabía lo que estaba pensando, sabía lo que estaba sintiendo". Muy distinto al caso de su padre: "Nunca tuve esa complicidad con él".

Doce años después de su primera novela, el ex director de Iguales y uno de los escritores más leídos del país aborda la relación con su papá. Recurre a la memoria y la biografía: recompone episodios de su infancia y juventud -algunos luminosos, otros poco felices- y los pasa por el filtro de la ficción en Desastres naturales.

Todo partió con el recuerdo de un viaje al sur y la erupción del volcán Villarrica, cuando tenía 10 años. "Poco antes de terminar jardín sentí la necesidad de contar este momento cúlmine de mi infancia, que era ese viaje y los veranos que siguieron. Recordaba todo con mucho detalle, con una sensación de satisfacción interior muy fuerte. Traer eso a la memoria era como un regalo, una sensación de paz, y no sabía bien por qué. Me puse a escribirlo, y entonces me di cuenta que lo que ocurría era la cercanía con mi padre. Ese era el valor que había encontrado. Ahí me decidí a escribir sobre su figura".

La historia de Pablo y Renato Simonetti se convierte acá en la de Marco y Ricardo Orezzoli. La novela arranca en 2015; tras sufrir un infarto cerebral, Marco -ya en los 50- recuerda la relación con él: el paraíso de los veranos en el sur, el descubrimiento de su homosexualidad, la grave enfermedad de Ricardo. De fondo cruzan los años 70 y 80, vistos desde la perspectiva de una familia de clase alta, una perspectiva poco habitual en la narrativa chilena: "Me parecía importante mostrar cómo ese amplio grupo social enfrentó la dictadura: al principio pensaron que el golpe era un alivio, que volvía Frei. Y luego algunos quisieron velarse la mirada, no ver lo que estaba pasando, y sacar provecho".

Madre que estás en los cielos está escrita en primera persona, ¿no pudo hacerlo con su padre?

—No, para mí es imposible; nunca tuve esa complicidad con él, nunca entré en la sicología de mi padre. Marco dice a mí me cuesta recordar los gestos de mi padre, la forma en que se movía, la forma en que hablaba; siempre está recurriendo a formas periféricas de narrar al padre: el sofá donde se sentaba, el auto, la fábrica, son siempre elementos externos. Madre… la escribí de principio a fin; esta novela fue más difícil. A mi madre la entendía; a mi padre nunca lo terminé de entender. Y viceversa.

—La enfermedad del padre agrava la distancia entre ambos…

—Cuando el padre enferma, hay todo un conflicto de identidad, porque pasa del padre presente a un padre interior. Una de las cosas que Marco resiente de la enfermedad es que Ricardo sigue ahí, representando un poder mudo, pero ya no está. Hay ahí una transición que va haciendo Marco y continúa después luchando contra la idea preconcebida de él que tenía el padre: que tenía que trabajar en la fábrica, casarse y ser católico. Pero hay algo más. Este padre tiene muchos pecados, pero también quise mostrar que la distancia no solo viene de él sino también del hijo. Sencillamente se siguen distanciando hasta que esa distancia no se puede superar. Es algo que le pasa a muchos hijos gay.

—¿La novela puede leerse también como la crónica de un tipo de paternidad -autoritaria, vertical, machista- en decadencia?

—Todo el tema de la enfermedad es una metáfora de la decadencia de esos hombres fuertes. Es la idea de la verticalidad del poder,que encarnaba Pinochet. En ese momento en Chile se encarnó esta idea del hombre fuerte como una solución al desorden y a la anarquía, se usaba mucho esa palabra. Eso ha ido cambiando para bien. Ha liberado al hombre de una responsabilidad que a veces le queda grande. Una mujer muchas veces es más apta para tomar decisiones que un hombre. Y esa libertad tiene que existir. Esta es una novela de género, de masculinidades.

—¿Logró comprender a su padre?

—Pienso que me pude poner en su piel, pero no justificarlo. Entiendo que mi padre fue un hombre de su época, pero igual tiene una responsabilidad personal. Y también hay una responsabilidad individual de liberarse del padre. A mí me fue difícil, mucha de mi liberación vino aposteriori.

—¿Le habría gustado contarle a su padre que es gay?

—Mi madre me pidió no contarle, pero no le conté también de cobarde, porque me daba mucho miedo su reacción, que me fuera a condenar al extrañamiento, al exilio. Visto desde hoy no suena tan evidente la pérdida del favor del padre y la pérdida de tu lugar en el mundo, porque hay muchas más oportunidades para llevar tu vida adelante. Antes, sobre todo del mundo del que yo venía, la pertenencia era una forma de subsistencia: al perder el favor del padre perdías apoyo, amor, redes, todo eso que te acunaba, y quedabas al descampado. Hoy eso no se entiende tanto, porque la sociedad ha cambiado para bien. Antes si una familia te negaba eras un paria y los demás decían "no, mira, este tipo es un mariconcito, la familia lo rechazó", y tú dejabas de tener acceso a oportunidades de trabajo, incluso terminabas fuera de tu lugar y tenías que buscarte un mundo nuevo. Y cuando has vivido 25 años en un mundo con ciertas reglas, con ciertas idiosincrasia, es muy difícil salir afuera e inventarse un mundo… Igual la poca valentía que tengo, de escribir, de exponerse, de sacar adelante los proyectos, la saqué de él. Mi madre era muy temerosa, estaba convencida de que el mundo afuera estaba allí para herirte, para matarte. Mi padre era un hombre que salía al mundo, y eso lo hago yo ahora.