Elvis pasea por Sunset boulevard en Los Angeles y los hippies pasan de largo sin reconocerle. Es junio de 1968 y el rey del rock tiene 33 años. No actúa en vivo desde 1961 atrapado en un loop interminable como protagonista de películas insulsas encadenadas a bandas sonoras de creciente desprolijidad, con un extenuante promedio de tres cintas anuales. Es una figura de otra época decidida a terminar con la apatía. El especial de navidad pactado con la NBC se ha convertido en un proyecto artístico que al fin le entusiasma. El productor Bob Finkel ha convencido al manager, el legendario coronel Tom Parker y a la marca auspiciadora Singer, que tener al rey del rock cantando villancicos es un desperdicio. A cambio, propone una narración musical de su vida. Finkel contacta al director Steve Binder, reconocido tras exitosos programas juveniles como The TAMI Show. Binder, fan de los Beatles y de Beach boys, no se derrite por trabajar con el rockero de la década pasada, pero al final se suma. El cantante confiesa a Finkel y Binder que está "muerto de miedo".

Elvis se marcha de vacaciones a Hawaii con Priscilla, su esposa, quien en enero había dado a luz a Lisa Marie. Priscilla está preocupada. Su marido no manifiesta ningún interés sexual en ella y en Hawaii el panorama se reduce a asistir a torneos de karate, la gran pasión de Elvis. Allí ven en competencia a Mike Stone, un artista marcial que años más tarde sería el detonante del divorcio de la pareja. Al regreso Elvis está bronceado y tan delgado como en sus días del servicio militar. Le muestran los bocetos de vestuario y queda encantado con un traje de cuero negro de pies a cabeza.

El guión se concentra en hilvanar su vida musical con la canción "Guitar Man" de Jerry Reed como eje. Los realizadores se entusiasman pero a la vez reconocen que algo falta para cerrar el retrato del rey. El responsable musical, Billy Goldenberg, se sorprende cuando llega a trabajar por primera vez con Elvis en el estudio y lo encuentra interpretando al piano "Claro de luna" de Beethoven. Esa sensibilidad merece un espacio en el programa.

Steve Binder se lleva otra sorpresa cuando un día, tras un larguísimo ensayo, entra al camerino de Elvis y lo encuentra guitarreando y cantando sin rastros de cansancio con la pandilla de amigos que le seguía a todas partes, unos tipos que ante el más mínimo gesto corrían para satisfacer cuanto pidiera. Binder se dio cuenta que allí estaba el contenido faltante: grabar a Elvis haciendo exactamente eso, cantando despreocupado y entre amigos. Fue así como nació uno de los segmentos más reconocibles del especial, con un pequeño escenario a la manera de un cuadrilátero mientras Elvis es secundado por sus compinches en una tocata informal.

Al proyecto se suman el guitarrista Scotty Moore y el batero D.J. Fontana, los músicos de sus inicios (el bajista Bill Black había muerto en 1965). Elvis los invitó a cenar a su casa, y le preguntó a Scotty si podrían grabar en su estudio durante una semana como en los viejos tiempos para "almacenar material". El guitarrista accedió pero condicionó la eventual sesión a dejar fuera a la mitad del séquito de Elvis. Nunca se concretó la idea.

El espectáculo seguía su curso pero aún faltaba superar un escollo: la insistencia del coronel Tom Parker de cerrar con un villancico, una pieza que encajaba poco y nada en el concepto biográfico. Steve Binder se acercó a Earl Brown, el arreglista vocal, y le explicó que necesitaba un tema con un trasfondo universal, una declaración de principios del rey del rock. Al día siguiente Brown telefoneó a primera hora al director. Había escrito "If I can dream". En 1968, con los recientes asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, estallidos raciales, la guerra de Vietnam en su peor año y revueltas en las mayores ciudades del país, la letra llamaba a la paz y anhelos de hermandad. Elvis, crecido en el sur más pobre y racista, nunca había ocultado su admiración por los músicos de color. Se apoderó de la letra y su interpretación es otro de los momentos más intensos e iconográficos del especial. De traje blanco en un escenario negro con su nombre de fondo en letras de molde y bordes rojos encendidos, Elvis canta con inusitada pasión desplegando esa gestualidad que él y otros pioneros del rock & roll imitaron de los predicadores religiosos, con teatrales movimientos simulando el poder de la sanación y el dominio del exorcismo.

https://www.youtube.com/watch?v=QEV_SEN8C3E

El día de la grabación en el pequeño escenario rodeado de público, Elvis superó una fugaz crisis de pánico. Con las cámaras rodando sacó provecho de los olvidos de letras en clásicos de su repertorio y los errores. Hizo recuerdos como la vez que le exigieron actuar en Florida sin moverse bajo vigilancia policial, un ejemplo de cómo encarnó a la primera figura pop juvenil vetada por su erotismo. Luego, serio y reposado -básicamente sin sus chicos celebrando forzadamente cada uno de sus chistes-, reflexiona sobre los cambios positivos en la música popular en los últimos 10, 12 años. Dice que le gustan los nuevos grupos y cita a The Beatles y The Byrds, para luego recordar que la música rock proviene del gospel y el R&B, soslayando el aporte del country.

Tras las filmaciones en ese pequeño set con el público rodeándolo a escasos metros, con una primera línea de mujeres embelesadas ante sus movimientos de fiera enjaulada y una imagen majestuosa, sexy y agresiva -la encarnación perfecta e insuperable del sentido original del rock & roll-, el rey estaba eufórico. El traje negro de cuero se lo quitan prácticamente a la fuerza en el camerino, empapado de sudor.

Exige la presencia de su manager y le anuncia que es hora de volver a las giras.

El coronel Tom Parker tenía otros planes. Faltaba filmar más películas estúpidas.

https://www.youtube.com/watch?v=VGLgqTSZCr8