Stefan Kramer, en su tercera actuación en el Festival de Viña del Mar, demostró cómo han crecido sus libretos. Durante años, sus prolijas imitaciones eran acompañadas por textos más bien débiles, pero en sus últimos dos café concert ha dado muestras de que ese punto débil lo fue remediando con creces, matizando las caracterizaciones con stand up de modo sólido.

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Pero lo de esta noche fue mucho más que eso. Se trata de la presentación de humor más relevante que se haya visto en televisión en, por lo bajo, la última década. Fue realmente una aplanadora, haciendo una brillante lectura del Chile actual -a través de su relato personal sobre las manifestaciones sociales-mezclado con imitaciones a las ministras Karla Rubilar y Marcela Cubillos, al alcalde Joaquín Lavín, al diputado Gabriel Boric, al ministro Mañalich y, como se esperaba, al Presidente Piñera, que tuvo las mayores pifias de la noche, con un extra que hizo las veces de repartidor de pizzas.

Lo que hizo Kramer, de manera acertada, fue saber leer a la gente, aprovechando la oportunidad que da la masividad del Festival de Viña -y emitida por TVN y Canal 13 sin censura, algo temido por algunos en redes sociales-, entregando más de lo que se esperaba. Dando muestras de "tener calle" -esa frase tan manoseada, pero que acá sienta bien-, de saber cómo tocar cada tema político y social a partir del Estallido Social, diciendo cada cosa por su nombre, pero sin frases huecas, simplistas o partidistas. No de manera vulgar, al menos, como lo hacen muchos comediantes sobre la Quinta Vergara para ganarse unos aplausos fáciles.

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Saber leer lo que el público quiere, conectar con él y tener la inteligencia para llevarlo a cabo en una rutina cómica es un talento y, además, en un contexto tan agitado como el de hoy, con protestas ayer por la tarde en Viña del Mar que provocaron cambios inéditos en la programación de la primera noche de Festival.

En cada minuto de la presentación de Kramer hubo una extrañísima mezcla de tensión y sonrisas -a ratos con carcajadas y otras más reflexivas-, una metralleta de momentos políticos simbólicos, donde el comediante también dio luces de cómo se ha ido reinventando -algo que le parece costar a tantos-, llegando a los mejores niveles que tuvo alguna vez Coco Legrand para componer una rutina con carisma, genialidad y profesionalismo, aunque con un quiebre visible en el bis, donde la estructura de contingencia fue reemplazada por un mini espectáculo con su mujer, Paloma Soto.

Una rutina brillante y a la altura de lo que necesitaba este Viña 2020 post estallido para su primera noche, de esos hitos que entrega a veces el Festival de Viña del Mar y que seguramente será recordada en 10 años más. Todo por cuenta del mejor comediante chileno actual. De eso no cabe duda.

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