No hay mejor ejemplo que el mal ejemplo, ni hay enseñanza más perdurable que la que termina enfrentándonos con la muerte. Aquello podría ser una de las ideas que deja la lectura de Los malditos, compilado de perfiles a 17 escritores latinoamericanos que caminaron por el lado salvaje y que hoy son rescatados -a veces desde las cenizas, a veces desde el sótano- por igual número de escritores y periodistas de distintas nacionalidades.

Son textos que nos aproximan a vidas y obras marcadas "por diversos grados de desdicha y de devastación", como precisa en su prólogo Leila Guerriero, editora del volumen publicado por Ediciones Universidad Diego Portales. "Por haber enfermado cuando no había cura, por no tener amor ni patria ni padres ni hermanos ni casa ni rumbo ni consuelo. Vivieron en un mundo que les resultaba demasiado incomprensible o demasiado despreciable o demasiado hostil, y se enfrentaron a él con hostilidad, con desprecio, con fragmentación, con fragilidad, con espanto".

Está la impresión generalizada de que ser autor maldito significa, ante todo, que sus calamidades o extravagancias sobrepasen largamente la propia obra o, en ciertos casos, ninguna obra; o bien que a los escritores malditos, más que leerlos, se les imite en actitudes y poses.

Por suerte este proyecto se instala en las antípodas de aquella concepción: asume el camino difícil y al final de la lectura, conocidas las 17 leyendas, queda lo fundamental: el interés genuino por el trabajo de tantos autores desconocidos. "Los hechos son fáciles. Lo difícil es entender la minucia: las inevitables contradicciones que hacen que nadie sea, del todo, un demonio o un ángel encendido", precisa Guerriero.

Los malditos trae noticia, entrega novedad y amplía el horizonte de lecturas. Por lo tanto, aspira legítimamente a tener alcance continental, a establecer puentes más allá de nuestra flora y fauna nacional.

"Hace un par de años que estamos llegando a otros mercados, en particular al español, a través de acuerdos directos con cadenas de librerías y otras vías de distribución que también involucra a varios países de Latinoamérica, de modo que este libro va en la dirección de expandirnos", explica Matías Rivas, director de publicaciones de la UDP. "Espero que sea un aporte, que nos abra a nuevos lectores y quede como documento literario. Es un libro que da una mirada nueva al continente, a su tradición literaria".

La apuesta no es menor. De allí que los textos sobre autores nacionales como Joaquín Edwards Bello (por Roberto Merino), Teresa Wilms Montt (por Alejandra Costamagna) y Rodrigo Lira (por Oscar Contardo) tengan doble premisa: presentarlos lejos de nuestras fronteras y establecer un matiz capaz de atraer al lector nacional. Una tarea valorable si se quiere mantener viva la obra antes que la adoración a la figura, como suele ocurrir con estos tres autores escogidos.

No extraña, entonces, que el formato escogido haya sido el perfil, recurso periodístico en el que junto con la exposición informativa se requiere de la mirada del autor -más cercana, más distante- hacia el personaje retratado. El perfil nunca es inocente, es un lugar donde poner la cámara.

"Nadie ignora que para llenar una ausencia, la memoria inventa recuerdos benévolos o disimula aquellos que resultan dolorosos", anuncia el venezolano Boris Muñoz en su texto 'Un poeta en el eclipse', sobre su padre Rafael José Muñoz y su largo padecimiento a causa del alcoholismo.

Así también hay otro tipo de enfoques, como el que hace el peruano Marco Avilés a César Moro, primer poeta latinoamericano en ser parte de los surrealistas franceses ("Huidobro de mierda, truquero, poeta al escape", le gritó una vez a nuestro prócer que se burlaba del movimiento). Pero como es de suponer, un día Moro hubo de regresar a Lima ("el charco natal") y el glamour del pasado apenas quedó convertido en un eco lejano en la nueva/vieja vida del poeta.

"Pesaba menos de cincuenta kilos. No tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había publicado tres libros. Todos escritos en francés".

Mucho dato, mucha pluma y sentido narrativo. Rigor periodístico, trabajo en terreno y, un bien escaso, el saber escuchar a las fuentes. Eso es lo que hay en Los malditos, cuyo punto más alto es "Gustavo Escanlar, todo no es suficiente", texto de Alberto Fuguet sobre el escritor uruguayo muerto en 2010. Es, por lejos, el perfil más extenso y también el más emotivo y reporteado. Fuguet, que conoció personalmente a Escanlar, bien pudo quedarse en recuerdos mitad literarios mitad de parranda, pero supo que no había otro modo de hablar del más reciente de los malditos de este libro que moviéndose a Montevideo y deambular por el pequeño infierno que late en los barrios silenciosos y de bajo voltaje a los que nos acostumbró Benedetti, archienemigo de Escanlar, tanto como Eduardo Galeano, a quien el autor de Estokolmo lo acusó de crear un mundo donde sólo hay buenos y malos y hacerse millonario "con los dólares que tanto desprecia".

Fuguet es un narrador generoso con sus pares y esa actitud traspasa el relato y lo llena de matices; se involucra, y aquello, lejos de ser una maña, es una señal de lo mucho que le importa lo que cuenta. No está haciendo únicamente la pega ni cumpliendo con el encargo: nos entrega, de contrabando, una micronovela que salpica acidez, adrenalina y ternura. Por momentos da la idea de que el mundo está lleno de tipos que podrían ser Gustavo Escanlar o cualquiera de estos 17 malditos. El problema, como se anuncia en la presentación, es lo difícil que resulta llegar a las razones de la maldición. Contra eso justamente apunta este libro, y lo logra con creces.