Tenía una promisoria carrera como editor, pero dejó todo por los pinceles. En los años 80, Manuel Torres era un joven estudiante de Artes en la U. de Chile con una clara fascinación por la poesía. A los 21 años armó su propia editorial, Gráfica Marginal, donde llegó a publicar a varios de los más importantes poetas locales: Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Jorge Teillier y José Angel Cuevas le pasaron algunos de sus manuscritos, que Torres imprimía en formato de folletín o panfleto, en hojas de baja calidad y complementados con sus propias ilustraciones.

Solía instalarse afuera de alguna tocata de los Electrodomésticos o Los Prisioneros, en esos galpones ochenteros donde la juventud se reunía, y vendía sin parar el total de sus 400 ejemplares. "Llegó un momento en que me pedían hasta de Punta Arenas que les enviara copias. Usaba una estética marginal que gustaba, pero era algo de emergencia. Todo el mundo estaba con la bota encima y cualquier cosa que uno hiciera era como sacar la respiración un poco", recuerda Torres. Luego de dos años, dejó el negocio para dedicarse a su verdadera pasión: la pintura.

En los talleres de Adolfo Couve y Gonzalo Díaz aprendió a experimentar con los pinceles y a crear su propia estética: íconos pop que mezclaba con grandes citas a la historia del arte y que plasmaba en telas sin preparar. Expuso con sus contemporáneos Hugo Cárdenas o Francisca Núñez, en espacios como galería Sur o la galería de Carmen Waugh. "Es curioso, pero en la dictadura había ranuras, espacios donde uno podía desarrollarse perfectamente e incluso pasarlo muy bien. Era una época nostálgica y agitada, marcada por las protestas. Mientras Couve nos enseñaba a Velázquez o Rembrandt, afuera era la guerra campal, era algo muy surrealista", dice el pintor.

A los 51 años, Torres viene de vuelta en la pintura. Por años fue conocido como el pintor del paisaje salitrero, obra que expuso con éxito durante los 90, pero que ya abandonó. Luego de tres años sin tomar los óleos, ahora regresa con Portátil, una muestra en Galería Animal, hasta el 29 de enero, donde recobra la mirada lúdica e irónica que lo caracterizó cuando era un veinteañero: los íconos pop, el collage, los colores brillantes y los materiales precarios.

Paisaje abismal

En 1987 Torres vivió en España y visitó los grandes museos europeos. Se le abrió la cabeza. Por primera vez veía en vivo aquellas obras maestras que en Chile sólo podía imaginar a punta de malas fotocopias que circulaban en la escuela de Arte. De vuelta era otro. Su pintura se había depurado y ansiaba encontrar ese gran tema que lo consolidara como artista. Entonces, en un viaje al norte fue absorbido por el paisaje abismal del desierto, que no lo soltó en 15 años. "El desierto es casi un estado mental, fui embrujado por los colores y me quedé pasmado con las salitreras, verdaderas ciudades fantasmas. Ahí me obsesioné con estas ruinas que luchaban contra el paisaje".

Cada año Torres tomaba su auto escarabajo y se escapaba un mes al norte. Allí se encontraba con personajes extravagantes que le contaban sus historias. "Conocí a un hombre que era cuidador de la salitrera Chacabuco, donde antes había estado preso. Otra vez, me encontré con la casa de un cuidador que había fallecido y sus cosas permanecían intactas. Es algo muy fuerte".

Sin embargo, más que la gente a Torres le interesaba el paisaje, que pintó en grandes telas de forma fragmentada como si fuesen historias. También hacía arqueología: en el camino recogía papeles antiguos, revistas, tapas de botellas. Con eso armó más de 90 collages, que fueron intervenidos por el poeta Armando Uribe. "Era un trabajo de dos cabezas, yo los armaba y se los enviaba, luego él le escribía encima poemas o signos, se complementaba muy bien. Siempre he pensado que la poesía chilena tiene un nivel muy por encima de las otras artes", dice Torres. A fines de los 90 expuso todo el trabajo en galería Animal. Hasta que el tema se agotó: "Lamento haberme quedado tanto tiempo pegado en esa metáfora del desierto, porque yo mismo me transformé en una ruina".

Por tres años no pintó nada, hasta que decidió volver al camino. Se reencantó con el paisaje urbano, los quiltros, los autos, y volvió a pintar. Conoció a un hombre que se dedicaba a hacer antiguos letreros de micro. "Recordé mi gráfica de los 80, que también pintaba con esmaltes sobre sacos de harina. Entonces reapareció esa estética olvidada, me saqué la mochila del desierto y empecé a pasarlo bien otra vez con la pintura. Siento que mi obra de ahora es mucho más fresca, que sigo conectado a las ruinas, que es mi propio recuerdo de los 80, muy conectado con el sentido del humor", afirma Torres.