Alberto Vega es actor. En los 80 hizo de joven galán en teleseries como La Madrastra. En los 90 protagonizó, con Cristián Campos y Willy Semler, Art, una obra que fue éxito de taquilla. Como director de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, era una figura con proyección y expectativas.

De un momento a otro, sin embargo, todo cambió. Fue un fin de semana de marzo del 2006. Bajaba en su bicicleta por San Carlos de Apoquindo junto a su perro cuando, al remontar un lomo de toro, voló por el aire antes de azotarse contra el pavimento. Se rompió la mandíbula. Se pegó en la cabeza. Quedó inconsciente. Y comenzaría una tragedia de la cual ahora, a su manera, comienza a salir.

Para conversar hay que sentarse frente a él. Su campo visual es acotado. Hay que mostrarle las consonantes del abecedario anotadas en cuatro láminas y luego decirle las vocales. Cuando uno da con la letra que él quiere decir, mira para arriba. Así, lentamente, muy lentamente, se fue construyendo esta entrevista. Fueron cuatro sesiones y arriba de cinco horas en total.

Alberto Vega siempre habla desde su gran pasión, el teatro. Primero sobre su obra favorita, el Otelo de Shakespeare.

En el final de Otelo, Yago está herido, pero dice que no morirá. Otelo le responde que morir es una dicha. ¿Usted siente eso?

Sí.

¿Siente que está condenado a vivir?

No. Pero vivir así, en mi estado, es una condena.

Luego del accidente, ¿pensó en la eutanasia?

No. Nunca. Elegí vivir y asumir los costos y los beneficios.

¿En qué piensa cuándo las cosas se ponen difíciles?

En mi esposa y mis hijos.

Su esposa es Verónica Andueza. Para él, "es mi voz y mi mayor alegría". Este verano salían a pasear todos los días. Iban a una plaza que está a una cuadra de su casa. "Es mi lugar favorito, porque está frente a la casa donde vive ella con mis hijos".

Poco a poco ha conseguido salir de su pieza. Vive en la casa de su madre, Montserrat, en Ñuñoa, desde su accidente. Con Verónica fue de paseo a Valparaíso, al Museo de Bellas Artes y a escuchar conciertos de la Orquesta Sinfónica de Chile.

También, luego de casi cinco años, volvió al teatro. "Fui a ver Omuti, el árbol de las palabras, al Teatro Camino". Después vio Ojos que suenan, una obra escrita por la actriz Elena Muñoz, inspirada en la amistad de ambos.

¿Le costó volver a ver teatro?

No. Siempre tuve ganas de hacerlo. Sólo tuve problemas prácticos, porque me tienen que llevar al lugar. Nada más.

¿Cómo fue ese reencuentro?

Fue inédito. Por mis compañeros, mis amigos, por cómo me acogieron. Fue mucha la emoción. Realmente, no tengo palabras para describir ese momento.

¿Hay teatro sin movimiento?

No.

Dada su condición, ¿usted puede volver a actuar?

Sí. Un movimiento puede ser un gesto pequeño, por ejemplo escribir así como ahora.

¿Le gustaría volver a actuar en teatro?

Sí.

¿Se lo han propuesto?

No.

¿Qué le gustaría hacer?

Yago, en Otelo de Shakespeare.

Con sus limitaciones, ¿cómo lo actuaría?

Yago encarna la intriga que seduce a Otelo. Quizá estaría en escena escribiéndole notas para contarle la infidelidad de Desdémona. También me gustaría hacer una escena con un poema del Romancero gitano, de Federico García Lorca, uno de mis autores favoritos.

El rol que le tocó

En enero fue a ver Doña Rosita la soltera, de García Lorca, y El gran teatro del mundo, de Pedro Calderón de la Barca. Este autosacramental fue uno de sus tantos trabajos como actor. Hizo el rol del Mendigo, el mismo que dice representar hoy en lo que para él es nuestro gran teatro del mundo. "Mi escena favorita es aquella en que el Autor reparte los papeles. Cuando asigna el del Mendigo, éste reacciona preguntándole por qué 'para él ha de hacer tragedia la vida y para los otros no'. El Autor le dice que si hace bien su papel, una vez que se acaba la representación, con la muerte, cenará a su lado, sin importar si fue rey o mendigo".

Y agrega: "Yo tengo fe en eso".

Eso es con la muerte. ¿Qué pasa hoy?

También hay esperanza.

¿Cuál?

Lograr valerme por mí mismo.

¿Es su única esperanza?

También la esperanza de Yago.

¿Por qué?

Yo creo que Yago está profundamente enamorado de Desdémona y hace todo para conquistarla. Mi Desdémona es mi esposa.

Las horas del día

El día de Alberto parte a las 7 de la mañana. En la noche lo cuida Clarita, una enfermera que lo acompaña desde que sufrió el accidente. Después del aseo personal, su enfermera de día, Katia, lo lleva al patio. Le gusta quedarse debajo de un naranjo que hay frente a la ventana de su pieza. "Me encanta ese lugar, estar solo, encontrarme conmigo mismo. Es algo que hago desde los ocho años, luego de leer el Romancero gitano en el colegio".

¿Ha logrado tranquilidad?

Sí, a veces. Sin embargo, el recuerdo del accidente vuelve todos los días. No se va, no disminuye, se mantiene igual. Cuando duermo viene como un sueño en el que estoy en un lugar con gritos. Es como un lastre que no me suelta.

Al mediodía vuelve a la pieza y escribe en su My Tobii, o el Tobi, como le dicen en la casa. Es un computador que funciona en una pantalla y que tiene un cursor que Alberto mueve con la vista. "Me ha ayudado mucho, me ha dado herramientas para comunicarme con mi entorno con más facilidad. A veces cansa y frustra. El sistema sigue mi ojo y marca la letra donde me detengo, pero el ojo se mueve mucho o pestañeo. Sin embargo, después de ver los resultados, vale la pena el esfuerzo".

¿Cuánto se demora en escribir?

Es lento. Por ejemplo, en un día escribo un mail de 10 líneas.

En junio del año pasado comenzó a escribir sus memorias. Es uno de los proyectos que lo ocupan (ver recuadro). "El libro se va a llamar Mírame a los ojos". Cuando Alberto dicta las letras del título lentamente comienza a llorar. Es como un grito desgarrador y profundo. Fuerte. Incontrolable. Quizá en ese lamento vayan apenas distinguibles las únicas palabras que puede decir. Su madre y la enfermera lo consuelan.

¿Quiere seguir?

Sí.

¿Le ayuda llorar?

Sí. Es como un desahogo que viene muy de adentro. Me alivia y libera del dolor.

¿Es la única emoción que puede demostrar?

No. También me río.

Katia, la enfermera, recuerda un paseo a Valparaíso que hizo con su esposa. El auto en el que iban no podía subir por los cerros y patinaba, sin poder encaramarse. Alberto se ríe. En la tarde, después de las cuatro, comienza a recibir la visita de los amigos, que no han faltado. "Por ejemplo, los sábados viene Antonio Castell a leerme algo. Ahora me está leyendo poesía de Miguel Hernández y Rafael Alberti".

Vivimos en una sociedad donde hay mucho ruido y todo va muy rápido. En cambio, usted está en silencio y todo va muy lento. Quizá con esa distancia pueda aportar con un punto de vista distinto. ¿Siente que puede hacerlo?

Sí.

¿Cómo?

En lo que escribo.

En Doña Rosita, la soltera, Rosita clama: "Hay cosas que no se pueden decir porque no hay palabras para decirlas, y si las hubiera nadie entendería su significado". ¿Qué cosas no ha dicho porque cree que no se entenderían?

Para eso está el teatro.