Pedro Subercaseaux García de la Huerta -Pedropiedra para el mundo- cuenta que ha encadenado su discografía como una suerte de reflejo de los sonidos representativos de cada una de las últimas décadas. "Mi primer álbum suena como de los sesenta, los otros dos son medios setenteros y este último es lo más ochentero que he hecho en mi carrera", explica el cantautor.

Y no hay argumentos para rebatirlo. Ocho, su cuarta entrega y que se estrena mañana en plataformas digitales, parte con Todos los días, una melodía festiva cuyos arreglos parecen cogidos del mejor Soda Stereo -secundado por un video donde el artista da rienda suelta al baile-, mientras que Lluvia sobre el mar avanza sobre teclados que abrazan a cualquiera de los hits de Pet Shop Boys, y Era tu vida larga con un sampleo a Enola gay, ese éxito de los ingleses OMD que retrata la catástrofe atómica bajo un irresistible ritmo discotequero.

¿Más guiños a la década dorada del pop sintético? El trabajo cuenta con la colaboración de Fernando Samalea, baterista de Charly García en el lapso que va desde fines de los 80 hasta mediados del decenio siguiente, quizás la última racha de gloria del argentino.

"Se dio así, no hubo nada pensado, porque son todos grupos que descubrí gracias a mi hermano hace ya 30 años. Fue una influencia que quedó tapada, que nunca salió a flote, porque me empecé a meter más en el hip hop y en la canción", justifica el santiaguino ante una entrega que rompe tres años de silencio desde Emanuel y que intentará reposicionarlo como uno de los creadores más inventivos del circuito local, luego de un debut homónimo de 2009 que golpeó fuerte -gracias a temas como Inteligencia dormida y Las niñas quieren...-, pero que se templó tras dos álbumes que no disfrutaron del mismo impacto y un presente asentado en carreras ajenas, gracias a su participación en las bandas de Gepe y Jorge González.

El músico sigue: "No sé si en este último tiempo la cosa creció explosivamente. Tampoco bajó. Yo siento que se ha mantenido, pero podría explotar mucho más. Si ahora pasa, pasa; y si no, vamos a ver qué pasa". Para comenzar esta nueva era, Pedropiedra ejecutó un plan fulminante: Ocho es un álbum conciso, de poco más de media hora y -con sólo ocho canciones. En el saldo, es una obra mucho más simple y directa que los intrincados derroteros en que se movía Emanuel.

"Quería hacer algo distinto, que no fuera aventurarme en un concepto que después ni yo mismo sería capaz de explicar. Quería un nombre simple y neutro que no dijera mucho. Me dejó mucho más conforme que los anteriores, porque lo hice con más conciencia, sin engrupir. Todos los tracks me gustan, de principio a fin, y eso nunca antes me había pasado", sigue el cantante.

Pero el hecho que sea un disco que observa de cerca el patrimonio anglo de los 80 no resta identidad propia y local. De hecho, Ocho se despliega en sus letras como la narración de un personaje extraviado y confundido, naufragando entre las rupturas y la vida urbana. Mientras Lluvia sobre el mar esboza a un hombre que se asume como "soy casi cazador/con la flecha en la mitad del corazón/Mi cabeza es un balón/ mil palabras que no dan con el gol", el cierre con Matando el tiempo, entre guitarras españolas y trompetas mariachis, exhibe líneas como "Soy un fantasma de la calle/un espíritu del valle".

Ahí, Subercaseaux se hace cargo de dos paralelos cercanos: "A una escala muy suavizada, intenté hacer algo como Los Prisioneros: canciones con un ritmo alegre, pero con letras tristes. Esa melancolía es lo más chileno del disco".

Luego, turno para Gepe, su compañero de tantas batallas: "El prejuicio por hacer música más bailable y contagiosa desapareció hace rato y hasta creo que estoy llegando tarde. Y yo miro a Gepe como un artista que ha llevado el estandarte a la hora de pasar a públicos mayores sin hacer concesiones de lo que es. Ese es un miedo muy estúpido de muchos músicos. La única manera de no ser un eterno artista emergente es sonar en la radio, eso es lo que trato de hacer ahora. Y yo toco donde me llamen, me pondría muy feliz si me invitan, por ejemplo, al Festival de Viña".

Eso sí, en ese naipe de comparaciones, el apartado para Jorge González es distinto. Pedropiedra es hasta hoy baterista de su banda y, por consecuencia, uno de sus más fieles escuderos en el proceso de rehabilitación con que batalla el sanmiguelino desde 2015. "El se ha mantenido en la condición en que quedó. Todos los viernes lo vamos a ver con guitarra y salimos a almorzar. El está contento y entiende su situación actual", describe, deslizando la opción de que el ex Prisionero pueda volver a los escenarios, aunque en un contexto mucho más íntimo. "No puedo contestar mucho eso. Hay alguna idea, pero de algo más chico. El tiene muchas ganas. Escribe mucho, dibuja muchos gatos y está bien cuidado".