Jueves 8 de junio. Un grupo de 16 indígenas agota sus últimas fuerzas para encontrar a cuatro niños de la etnia uitoto perdidos durante casi mes y medio en la selva colombiana. Varios de los rescatistas están ya enfermos, tras buscar durante semanas en una jungla que ya pasa factura hasta a los experimentados nativos.

Las modernas herramientas del Ejército no habían sido suficientes para encontrar a los menores, y es entonces cuando los indígenas deciden recurrir a la suya: el yajé, la ayahuasca, en la que confían como guía. “El yajé es la última planta que Dios nos dio para casos especiales”, explica a La Tercera Eliecer Muñoz, indígena del resguardo Jirijiri y miembro del equipo de búsqueda que pasó 25 días en la selva.

Manuel Ranoque, padre de los dos niños más pequeños, es el primero que hace la toma. No encuentra respuestas. El último resorte es Don Rubio, el muy respetado mayor del grupo. Él sí dice haber recibido un mensaje. A las pocas horas, al día siguiente, el grupo de Eliecer realiza su búsqueda cuando escucha el llanto de Cris, la bebé de un año, menor de los cuatro hermanos perdidos. Siguen el rastro y a los pocos metros hallan a la niña, junto a sus hermanas Lesly, de 13 años; Soleini, de nueve, y el niño, Tien, de cuatro años.

“No se puede describir lo que sentimos cuando encontramos a los niños. Fue un llanto”, asegura el rescatista. Lo primero que dijeron las niñas es que tenían hambre, pero les dieron poca comida, siguiendo las recomendaciones de los militares, para que no enfermasen. “El niño dijo que la mamá estaba muerta. Le dijimos que no tengan miedo de nosotros, porque también somos indígenas y habíamos llegado desde el Putumayo a buscarlos de parte de sus abuelos”, asegura Eliecer.

El operativo de rescate de los cuatro hermanos. Foto: Reuters

A eso de las 17.30 lograron, no sin dificultad, comunicarse vía teléfono satelital con el centro de mando del Ejército. A partir de ahí, la noticia corrió como la pólvora.

“¡Milagro, milagro, milagro, milagro!”, gritaron, en clave, los militares, para confirmar el hallazgo. Pronunciaron la palabra cuatro veces, una por cada menor hallado vivo en la espesura. Los niños habían sobrevivido 40 días a la jungla colombiana, donde habitan depredadores, insectos venenosos, todo tipo de reptiles y donde cualquier bocado a un fruto equivocado provoca la muerte.

Lo que era casi imposible, contra pronóstico, estaba frente a los ojos de los rescatistas. La historia ha abierto noticieros de todo el mundo y ha copado las portadas de los principales diarios. Los menores, que estaban deshidratados y habían perdido parte importante de su peso, fueron trasladados de inmediato a un hospital militar de Bogotá, donde se recuperan, fuera de peligro, de las heridas físicas y también del trauma sufrido.

Contra todo pronóstico

Poco a poco se van conociendo más detalles sobre lo que sucedió. El lunes 1 de mayo, una vetusta avioneta Cessna 206 HK despegó, temprano en la mañana, de Araracuara, una localidad indígena remota en el Amazonas colombiano. A bordo viajaban el piloto, Hernán Murcia; el líder indígena Hernán Mendoza y Macarena Mucuy con sus cuatro hijos.

El padre de los dos menores más pequeños y padrastro de las niñas mayores había recibido amenazas de las disidencias de las FARC y salió hacia Bogotá semanas antes. Viajaban para reunirse con él. Avanzado el viaje, el piloto se dio cuenta de que existía un fallo en el motor y emitió una señal de S.O.S. No logró amerizar en el río y se estrelló en la selva. Los tres adultos murieron en el acto -así lo confirmó el abuelo materno de los niños-, mientras Lesly, Soleiny, Tien y Cris sobrevivieron contra todo pronóstico.

Los cuatro menores de edad recibieron atención médica a bordo de un avión de la Fuerza Aérea de Colombia. Foto: Reuters

Los pequeños, en estado de shock por la muerte de su madre, se alimentan, durante los cuatro primeros días, de tres libras de fariña, una harina de yuca consumida por los amazónicos. Era la comida que la familia transportaba en el avión. Cuando esos suministros se acaban, y nadie llega al rescate, deciden internarse en la selva para buscar qué comer. No en cualquier jungla. El lugar del impacto está situado en un entorno inexplorado. “Es un monte virgen, no hay ningún pueblo o comunidad, ni siquiera los indígenas conocen ese sector”, comunicó el abuelo materno de los niños.

Acaban consumiendo, según los rescatistas, pequeños frutos, como el avicure, una especie de maracuyá, y también otro producto natural más pequeño, conocido como milpesos. Lesly, la hermana mayor, de 13 años, es quien guía al grupo a través de la selva. En las comunidades indígenas amazónicas se les enseña a los niños, desde muy pequeños, cómo sobrevivir en la espesura. Ella ya había recogido parte importante de ese conocimiento. Era Lesly quien portaba a Cris en sus brazos durante las caminatas. Le dio leche de un biberón que sobrevivió al impacto, hasta que se agotó, y la más pequeña comenzó a beber agua caída de los árboles, como el resto del grupo.

Esa fue una de las claves de supervivencia: los niños no tomaron agua de los pequeños riachuelos, algo que podría haber acabado con su vida, y consumieron líquido de lluvia siguiendo las recomendaciones que les habían enseñado sus mayores. En la zona del impacto llueve unas 16 horas al día. Ese torrente fue básico para los niños, pero también despedazó sus ropas, afectó su piel y dificultó considerablemente la labor de los rescatistas. Más de 200 personas, entre militares e indígenas, habían llegado a la zona a las dos semanas del accidente, cuando se halló la avioneta, sin los niños dentro ni tampoco rastros de su sangre.

Los enviados al lugar fueron, poco a poco, encontrando pruebas de vida de los niños, entre ellos el biberón de Cris, descartado cuando se agotó la leche, y un refugio construido con hojas. “Lesly cortaba las hojas para poder montar el cambuche con sus propios dientes”, asegura Eliecer. Los militares lanzaron en la zona decenas de kits de emergencia con suero y fariña. Los niños encontraron uno de ellos y sobrevivieron con esos suministros durante días. Ambos grupos llegaron a estar a menos de un centenar de metros de distancia. No hubo contacto. En una selva lluviosa, aseguran los rescatistas, es muy difícil guiarse por la vista -el horizonte son apenas 20 metros- y menos aún por el oído, porque el ruido del agua al caer oculta cualquier otro atisbo de movimiento, como el sonido de una rama rota.

“Estábamos desmoralizados. Agotamos todos los medios. Nos dimos cuenta de que el trabajo humano estaba imposible y acudimos al espiritual”, asegura Henry Guerrero, indígena huitoto de Araracuara, como los niños. Colombia se llenó de júbilo cuando supo del rescate. Buena parte de los colombianos no había perdido la esperanza de que los niños aparecieran con vida. En el país del realismo mágico, de Gabriel García Márquez y su Relato de un náufrago, de más de medio siglo de conflicto armado, muchos se resisten a perder la esperanza.

El rescate fue posible gracias a una inédita unión entre militares e indígenas. Pedro Sánchez, general al mando de la operación, ha asegurado que el final feliz hubiera sido imposible sin esa sinergia, en un país donde las grandes ciudades suelen vivir ajenas a las realidades rurales. “Tenemos una cultura importante. Unos conocimientos importantes. Nosotros le ganamos a la tecnología de ustedes. Aquí no valieron satélites. Valió el yajé. Por eso nosotros tenemos mucho que decir en Colombia”, reivindicaba este jueves el huitoto Guerrero.

El rescate ha sido también una buena noticia para el gobierno de Gustavo Petro, después de meses encajando un golpe tras otro. La popularidad del Ejecutivo se ha desplomado. Sólo el 33% de los colombianos aprueba su gestión, según la más reciente encuesta de la firma Invamer. Las reformas sociales que el mandatario progresista prometió en campaña han sido bloqueadas en un congreso donde el gobierno no cuenta con una mayoría, después de romper con sus ya exsocios liberales y conservadores.

Petro prometió también la “paz total” en Colombia, pero se está encontrando con muchos problemas. Rompió la tregua que mantenía con el Clan del Golfo y las disidencias de las extintas FARC lideradas por alias ‘Iván Mordisco’ debido a acciones de esos grupos. Sí logró, el mismo viernes del rescate, firmar un cese al fuego bilateral con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), materializando dos éxitos en el mismo día.

Sin embargo, un escándalo de escuchas ilegales, con un maletín de dinero de por medio y las insinuaciones de posible entrada de fondos sucios a su campaña presidencial, lanzadas por su propio exembajador en Caracas, están generando, en los últimos días, más problemas al gobierno incluso en la semana en la que el foco mediático de Colombia, y también del mundo, se ha puesto sobre el milagro de los cuatro niños rescatados en la selva tras 40 días de improbable supervivencia. “En un partido de fútbol se da simplemente un pase para hacer un gol, pero en la selva, a más de 20 metros, es más que suficiente para perderse y que se lo trague la espesura”, concluyó el brigadier general Pedro Sánchez.