Transcurría la medianoche del 17 de junio de 1972 cuando Frank Wills, un guardia de seguridad que estaba haciendo una ronda en el estacionamiento del complejo de oficinas Watergate en Washington D.C., notó que una cinta adhesiva cubría las cerraduras de la puerta de una escalera. Sin pensar mucho, decidió quitarla y se fue. Sin embargo, al revisar la puerta más tarde, luego de un descanso, descubrió que la habían vuelto a cerrar, por lo que llamó a la policía. Así, lo que comenzó como un simple robo en un edificio se transformó meses más tarde en uno de los mayores escándalos de corrupción política en Estados Unidos, un hecho que convulsionó al país y que le costó la Presidencia al republicano Richard Nixon, en 1974.

El llamado realizado por Wills, de apenas 24 años, fue atendido por unos policías que se encontraban cerca de Watergate, pero que transitaban sin sus uniformes y en un vehículo sin identificación. Esto hizo que el vigilante del grupo de ladrones -que en ese momento se encontraba al otro lado de la calle- no percibiera la presencia policial. De esta manera, los protagonistas del robo fueron atrapados con “las manos en la masa” en las oficinas del Comité Nacional Demócrata. Entre los detenidos figuraba un experto en escuchas electrónicas que había trabajado en la CIA y que en ese momento desempeñaba labores para la campaña de reelección de Nixon. En ese tiempo, los demócratas ya casi finalizaban sus primarias, de cara a las elecciones presidenciales de noviembre de 1972.

Foto: AP

El incidente del robo en el complejo de edificios Watergate fue consignado por el diario The Washington Post, que lo publicó en la parte inferior de la portada el 18 de junio con el siguiente título: “Cinco detenidos en un complot de escuchas en la oficina de los demócratas”. El editor jefe de la sección local, Barry Sussman, designó a un periodista novato para cubrir la audiencia de formalización de los ladrones. Fue así que Bob Woodward, de 29 años, partió al juzgado, en lo que se suponía era un caso policial de rutina. “Pero no olía a rutina cuando observé a los cinco ladrones entrando a la sala del tribunal en trajes de negocios”, dijo el reportero años después a la cadena NBC. “He visto muchos ladrones. Normalmente no usan trajes de negocios”, añadió.

Woodward no estaba solo en las labores de reporteo. Desde el comienzo, el caso también fue tomado por otro joven reportero, Carl Bernstein, un año menor que su compañero, pero más avezado en asuntos de policía y tribunales. De hecho, trabajaba en el Post desde 1966.

A las pocas semanas ambos dieron su primer “golpe”, cuando informaron que el gran jurado que investigaba el robo había buscado el testimonio de dos hombres que habían trabajado en la Casa Blanca de Nixon: el exoficial de la CIA E. Howard Hunt y el exagente del FBI G. Gordon Liddy. Ambos fueron acusados de guiar a los ladrones a través de walkie-talkies desde una habitación de hotel frente al complejo Watergate.

Al mismo tiempo, en Miami, Bernstein se enteró de que un cheque de US$ 25.000 para la campaña de reelección de Nixon había sido depositado en la cuenta bancaria de uno de los ladrones. El dinero provenía de un donante de la campaña que le había pasado el cheque a Maurice Stans, el exsecretario de Comercio y principal recaudador de fondos de Nixon.

“El fracaso del sistema de no enfrentar el asunto rápidamente se atribuyó a las mentiras, las obstrucciones y la negativa de Nixon a decir la verdad. Así que tomó 26 meses para que se supiera la verdad final. Significativamente, el gran error de Nixon fue no entender que los estadounidenses perdonan, y si hubiera admitido el error antes y se hubiera disculpado con el país, habría zafado”.

Bob Woodward

Esa fue la primera vez que The Washington Post vinculó el robo en Watergate con los fondos de la campaña de reelección del Presidente republicano. Aquella madeja se transformó en una pieza clave que luego derivó en la revelación de una serie de ilícitos cometidos por la Casa Blanca, como escuchas telefónicas a periodistas, sabotaje a las campañas de las primarias demócratas y un robo en las oficinas de un psiquiatra de California. Watergate se trató entonces de trucos sucios y abuso de poder.

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Mientras Nixon navegaba hacia la reelección a fines de 1972 -algo que consiguió sin mayores contratiempos en parte gracias a la buena salud de la economía y el comienzo del fin de la guerra de Vietnam-, Woodward y Bernstein continuaron con sus primicias. Así, por ejemplo, revelaron que el fiscal general de Nixon, John Mitchell, controló un fondo secreto que pagó una campaña para recopilar información sobre los demócratas.

Prácticamente desde comienzo a fin, el Post fue el diario que llevó la delantera en el caso. Mientras otros periódicos ignoraban la historia, la Casa Blanca no se cansó en denunciar una y otra vez que la cobertura del escándalo era “tendenciosa” y “engañosa”. De hecho, la editora del Post, Katharine Graham -interpretada por Meryl Streep en la película The Post, estaba sumamente preocupada por las “amenazas y el acoso” del gobierno.

Recién a mediados de 1973 el caso Watergate se transformó en un caso de repercusiones nacionales y objeto de dos investigaciones oficiales. La revelación de más alto impacto tuvo lugar en julio, cuando el asistente de la Casa Blanca, Alexander Butterfield, le dijo a un comité del Senado que Nixon tenía un sistema de grabación secreto en el que registraba sus llamadas telefónicas y conversaciones en la Oficina Oval. En un principio, el gobierno se negó a entregar los registros, pero después de una larga negociación se acordó proporcionar resúmenes escritos de las conversaciones grabadas al Senado y al fiscal especial.

H.R. Haldeman y John Ehrlichman en el despacho del presidente Richard Nixon en 1969. Foto: AP.

“Un año de Watergate es suficiente”, declaró Nixon en su discurso sobre el Estado de la Unión en enero de 1974. El mandatario indicó también que no tenía conocimiento previo del robo y que no supo del encubrimiento hasta principios de 1973.

Mientras el escándalo no hacía más que crecer, en abril de 1974 Nixon anunció la publicación de 1.200 páginas de transcripciones de conversaciones entre él y sus colaboradores. Sin embargo, los diálogos provocaron más indignación entre los estadounidenses, incluso entre los partidarios conservadores más leales al mandatario, que expresaron su consternación por las discusiones repletas de blasfemias en la Casa Blanca, sobre cómo recaudar dinero para el chantaje y evitar el perjurio.

Acorralado por todos los frentes, finalmente en la tarde del 8 de agosto Richard Nixon anunció su renuncia. “Al tomar esta acción”, dijo en un dramático discurso televisivo desde la Oficina Oval, “espero haber acelerado el inicio del proceso de curación que se necesita tan desesperadamente en Estados Unidos”.

A juicio de Woodward, el caso demostró “que el sistema funcionó. En particular, el Poder Judicial y el Congreso, y en última instancia, un fiscal independiente que trabajaba en el Poder Ejecutivo”. En 1997, el periodista le dijo al Post: “El fracaso del sistema de no enfrentar el asunto rápidamente se atribuyó a las mentiras, las obstrucciones y la negativa de Nixon a decir la verdad. Así que tomó 26 meses para que se supiera la verdad final. Significativamente, el gran error de Nixon fue no entender que los estadounidenses perdonan, y si hubiera admitido el error antes y se hubiera disculpado con el país, habría zafado”.

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Desde entonces, de alguna u otra forma, Estados Unidos no ha podido enterrar Watergate. Hay consenso de que este caso marcó un quiebre en la política y la vida pública del país, ya que se pasó de una era en la que los estadounidenses confiaban en su gobierno, a un período en el que esa confianza se rompió y nunca se restauró del todo.

El presidente Nixon se sienta en su oficina de la Casa Blanca el 16 de agosto de 1973, mientras posa para un fotógrafo después de pronunciar un discurso televisivo nacional sobre Watergate. Foto: AP

“No hay duda de que Watergate inició una era de cinismo en la política. La confianza la rompió el Presidente Nixon y sus mentiras a los estadounidenses, que fueron descubiertas una vez que la Corte Suprema ordenó que sus cintas de la Casa Blanca fueran entregadas a los fiscales. Los futuros presidentes han vivido con este estigma. Antes de Nixon, a los presidentes se les creía y se les daba el beneficio de la duda. Después de Nixon, la carga pasó al mandatario de turno para demostrar que dicen la verdad. Así que la confianza se rompió”, explica a La Tercera James Robenalt, abogado que impartió un curso sobre Watergate junto a John Dean, el asesor de la Casa Blanca en la Presidencia de Richard Nixon.

A juicio del historiador de la Universidad de Boston Bruce Schulman, el efecto más destacado y duradero del escándalo fue que “impulsó tanto el conservadurismo como los políticos republicanos conservadores”. “Pero ese efecto no apareció de inmediato. En la primera pestañada después de la ruina de Nixon, los republicanos sufrieron grandes pérdidas cuando los demócratas ganaron a lo grande las elecciones de mitad de período en 1974. En 1976 persistió el resentimiento lo suficiente como para que Gerald Ford -quien indultó a Nixon- perdiera por poco la Presidencia ante un desconocido (el demócrata Jimmy Carter). Pero las tendencias generales indican que fue un impulso para los conservadores. El escándalo reforzó una pasión antigubernamental generalizada, cuyo principal efecto fue contra demócratas y liberales, y a favor de republicanos y conservadores”, indicó a La Tercera el autor de The Seventies.

La desconfianza hacia el gobierno ha quedado registrada en un gráfico del think tank Pew Research Center, que da cuenta “del mundo que Watergate ayudó a construir”. El gráfico comienza en 1958, cerca del final de la Presidencia de Dwight Eisenhower, cuando el 73% de los estadounidenses confiaba en que el gobierno haría lo correcto “casi siempre” o “la mayor parte del tiempo”. En el otoño de 1964, a pesar del asesinato del Presidente John Kennedy el año anterior, la confianza alcanzó un máximo de 77%.

Para 1968 y el final de la gestión de Lyndon Johnson -momento histórico en que los estadounidenses estaban profundamente divididos por la guerra de Vietnam y conmocionados por los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy-, la línea en el gráfico comienza su declive. A fines de 1974, después de que Nixon dejó el cargo, solo el 36% de los estadounidenses decía que confiaba en su gobierno. La semana pasada, esta cifra cayó a un 20%.

Para el periodista e investigador del centro Miller, Ken Hughes -a quien Woodward calificó como “uno de los principales expertos de Estados Unidos en grabaciones presidenciales secretas, especialmente las de Lyndon Johnson y Richard Nixon”-, el escándalo tuvo dos impactos contrapuestos. “Por un lado, la experiencia de Watergate mostró a los estadounidenses que nuestro sistema de gobierno constitucional podría funcionar si el Congreso realiza investigaciones, si nuestros tribunales siguen siendo libres e independientes y aplican la ley a todos, sin importar cuán poderosos sean. Si los periódicos investigaran al gobierno y, finalmente, si el propio partido del Presidente antepone el Estado de Derecho al poder político. Entonces podríamos tener una república”, comentó a La Tercera.

“Pero muchos estadounidenses tomaron una lección diferente. Se dijeron a sí mismos que Richard Nixon fue víctima de los demócratas liberales y de los medios de comunicación liberales, y que él fue engañado. En la política actual, vemos ambos puntos de vista”, añadió.

Foto: Agencias

Watergate también condujo a importantes cambios institucionales y esfuerzos para restringir la llamada “Presidencia imperial”. Para James Robenalt, otras de las consecuencias del escándalo fueron las reformas que se llevaron adelante, tanto para tener un gobierno más abierto, pero también con relación a leyes electorales, leyes de contribuciones de campaña y normativas sobre guerras extranjeras, además del rol de la CIA en el derrocamiento de gobiernos extranjeros. “Pero esas reformas se han erosionado con el tiempo”, agrega.

El 50 aniversario de Watergate coincide con un momento clave de la historia política estadounidenses: las audiencias de un panel de la Cámara de Representantes que investiga el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021, días antes de que Donald Trump dejara la Casa Blanca. La tarea central de la comisión ha sido descubrir todo el alcance del intento sin precedentes de Trump de detener el traspaso de poder al demócrata Joe Biden.

“Hay una buena cantidad de paralelismos. Tanto Nixon como Trump son autoritarios y tienen partidarios autoritarios que no consideran racionalmente los hechos. Nixon intentó manipular el proceso electoral mediante trucos sucios y vigilancia ilegal a los demócratas, y Trump intentó interferir con la transferencia ordenada del poder. Ambos justificaron su propia conducta ilegal alegando que ‘el otro lado’ era tan corrupto o peor. Nixon llevó a cabo la mayoría de sus actividades ilegales a puerta cerrada (aunque fue atrapado en sus cintas de la Casa Blanca), mientras que Trump se condujo abiertamente. Finalmente, los republicanos se volvieron contra Nixon, mientras que Trump aún cuenta con el apoyo de un gran número de republicanos. Nixon renunció, reconociendo que su conducta lo derribó; Trump es desvergonzado y obviamente cree que el poder es el fin último”, sostiene Robenalt.

Para Schulman, “las audiencias televisadas a nivel nacional que han dramatizado estos eventos parecen paralelos, pero en realidad son más opuestos que paralelos”. “Tanto en Watergate como hoy, estamos probando si nuestro sistema constitucional puede perdurar. Estados Unidos tiene una crisis de autoritarismo como muchos otros países del mundo. Hay una clara posibilidad de que los autoritarios ganen gracias a nuestra Constitución, el Colegio Electoral y el Senado. Es posible que el movimiento autoritario en nuestro país tome el control de nuestras instituciones. Estamos un poco al borde y puede ir en cualquier dirección. Podemos seguir siendo una democracia multirracial, multiétnica, multirreligiosa, pluralista y moderna, o podemos volver a caer en el tipo de autoritarismo que ha prevalecido en nuestro pasado y que vemos prevalecer en otros países del mundo hoy”, indicó Hughes.

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En cuanto a las revelaciones del caso mismo, Woodward y Bernstein contaron con una fuente de información clave. Mientras buscaban más información sobre el robo en Watergate, Woodward decidió contactar a un persona que había conocido en 1970 y a quien consultaba en ocasiones. Se trataba de Mark Felt, un funcionario de alto rango del FBI que -al igual que otras fuentes consultadas- pidió que su nombre no fuera revelado. En sus notas sobre su fuente secreta, Woodward se refirió a él como “X”, o “MF” o “mi amigo”. Fue a Howard Simons, uno de los jefes del periodista, a quien se le ocurrió un nombre más colorido: “Garganta Profunda”.

Exfuncionarios del FBI, Mark Felt, izquierda, y Edward S. Miller, aparecen en una conferencia de prensa, el 15 de abril de 1981, en Washington, después de enterarse de que el presidente Ronald Reagan los había indultado de su condena por allanamientos no autorizados durante la búsqueda de oponentes por parte de la administración Nixon durante la Guerra de Vietnam. Foto: AP

Con acceso a los informes del FBI sobre la investigación del robo, Felt podía confirmar o negar lo que otras fuentes decían a los reporteros. Asimismo, le advirtió que tenían que ser cautelosos, que nunca debían hablar por teléfono para evitar ser escuchados e incluso propuso un elaborado esquema clandestino para sus encuentros cara a cara. Si Woodward quería una reunión, necesitaba mover un macetero con una bandera roja en el balcón de su departamento. Y si “Garganta Profunda” quería reunirse, dibujaría un reloj en la página 20 del The New York Times que recibía Woodward a diario. También se reunían a las 2 am en un estacionamiento en Rosslyn, Virginia, al otro lado del río Potomac.

En paralelo, cuando Martha Mitchell, esposa del fiscal general, leyó del robo en el edificio Watergate, comenzó a sospechar de la posible participación de su esposo e intentó alertar a los medios. Pero John Mitchell ordenó a su equipo de seguridad que le impidiera comunicarse con la prensa. Aún así, Martha logró hablar con la corresponsal de la agencia UPI en la Casa Blanca, Helen Thomas, una de sus periodistas favoritas.

A su marido le preocupaba que su esposa pudiera traicionar a la administración Nixon. Finalmente, Martha Mitchell terminó retenida en un hotel, sedada a la fuerza en un intento de evitar que hablara. La Casa Blanca, por su parte, filtró informaciones privadas de su supuesto alcoholismo o que tenía problemas mentales. Y les dio resultados, ya que nadie le creyó. Más tarde, se comprobó que todo lo que había contado era cierto.