No hace mucho, la señora Presidenta -y las huestes progresistas ya la echaron a correr como moneda política de circulación forzosa- acuñó la idea de que va a dejarle un "legado" al país y bien les vale a sus presuntos continuadores administrarlo convenientemente. Fue una operación exitosa; se habla hoy del "legado" con tono de autoridad, como cosa indiscutible y establecida, sólido axioma de la geometría bacheletiana. Si acaso hubo dudas se evaporaron medio segundo después de haber surgido. Posiblemente ni eso; cuando se crea un mito el primer y más convencido creyente en su validez absoluta es el inventor y en segundo lugar, muy de cerca, su cohorte de feligreses. Como se forjan al calor de la emocionalidad, excluidos quedan molestos argumentos y pruebas. Al mismo tiempo esa carencia de razón y abundancia de desdén por la evidencia y el raciocinio ofrece la ventaja adicional de excluir también la culpa asociada a la mentira porque esta supone un claro conocimiento de qué es la verdad, única manera de saber cómo distorsionarla.

Por lo mismo, damas y caballeros, lejos estamos de cometer la insolencia de siquiera imaginar que Michelle Bachelet erigió el mito de su legado sabiendo a ciencia cierta lo volátil de su sustancia. Un mito es efectivo sólo si sus perpetradores auténticamente creen en él y no cabe duda de que la Presidenta es la Primera Creyente de la Nación. Con eso le presta a su presunto legado una apariencia de realidad sostenida en el fuego fatuo de su fervor aunque también se apoya en el interés de sus seguidores, para quienes es de suma urgencia convencerse de su validez para convencer a los electores de lo mismo. ¿No ha dicho Guillier que la obra bacheletiana es "ampliamente superior" a todo lo anterior? A falta de ideas es fundamental que en subsidio se propague el evangelio de haber una maravillosa herencia por preservar y multiplicar. En breve, el mito del legado no es un episódico capricho de la Presidenta, sino al contrario, un artefacto político muy oportuno. Sirve, en momentos en que la NM ya no puede ocultar su inanidad intelectual, política y moral, como narrativa legitimadora de la obra cumplida y por tanto hace legítima, por derivación o endoso, la ambición de sus seguidores por seguir en el gobierno. Con un legado en las manos ya no se trata de la vulgar codicia que posee a quienes luchan por mantenerse en el territorio del poder y los privilegios, sino se está sacerdotalmente a cargo de una Gran Obra para continuarla y hasta profundizarla. Es la leyenda fundacional de las pretensiones de Guillier y los demás actores secundarios del reparto.

Definiciones

El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia define "legado" del siguiente modo: "Disposición que en su testamento o codicilo hace un testador a favor de una o varias personas naturales o jurídicas". Una segunda interpretación ofrecida es esta: "Aquello que se deja o transmite a los sucesores, sea cosa material o inmaterial".

Son definiciones neutras que nada dicen acerca del contenido de dicha herencia, pero el lenguaje popular y el consuetudinario da a la expresión un matiz distinto; en efecto, usa el término sólo y cuando la herencia es de indiscutible valor. Por eso se habla, por ejemplo, del "legado a la humanidad de los grandes genios de la música" o del legado educativo de Andrés Bello. No se habla, en cambio, de "legado" cuando alguien ha muerto dejando a sus descendientes, como herencia, una carpeta llena de deudas. Podría agregarse que el legado es UNIVERSALMENTE valioso y no sólo para tal o cual grupo que así lo considere. Un legado supone consenso, no mera opinión sectaria.

¿Qué va a dejar la señora Bachelet que cumpla con esos requisitos de valor y universalidad?

Otra definición

Antes de examinar la Obra de Bachelet a ver si cumple con esas condiciones cabe un paréntesis que tal vez facilite dicha tarea. Podría abrirse espacio para hablar con autoridad de "legado" si se considera también como definitorio del concepto la mera cuantía de la herencia. Una de inmensos efectos y consecuencias pudiera, con un poco de flexibilidad semántica, merecer el calificativo de legado. Si se aplica esta regla y el difunto que pusimos de ejemplo tenía apenas unas cuantas deudas, entonces sólo deja una mala herencia y malos recuerdos a sus descendientes; si en cambio traspasa una deuda descomunal que obliga a sus hijos a vender sus casas para afrontarla, ahí entonces se podría decir que el hombre dejó un LEGADO.

Hecha esa observación por si llegara a ser de utilidad, podemos ahora seguir adelante y distinguir dos partes muy distintas del LEGADO de Bachelet. Una parte es lo emprendido por su gobierno en eso que una ya larga tradición llama la "agenda valórica"; la otra es la de los emprendimientos en áreas institucionales duras que deben planearse con cuidado y administrarse con sapiencia, tales como economía, salud, educación, etc. En esa primera parte, la valórica, fragante paquete meneado de lado a lado por mensajeros con los ojos en blanco, su labor ha consistido en hacer uso de su iniciativa legal para proponer nuevas leyes referentes a situaciones tales como el matrimonio igualitario y las tres causales para un aborto legal, en seguida afrontar la espasmódica e infructuosa pataleta de la decé, luego imponer su mayoría para votarla favorablemente y después emprender la accesible faena de hacerla promulgar y publicar en el Diario Oficial. Aun si estas leyes de papel y lápiz requieren alguna clase de ejecución administrativa, como el "acompañamiento" en casos de aborto, lo cual, dicho sea de paso, cuenta con insignificantes recursos en el proyecto de ley para el próximo presupuesto, aun así en el "imaginario colectivo" la sola aprobación en el Congreso de esos cuerpos legales ofrece la impresión de que la tarea se ha cumplido a plenitud. En esta esfera, entonces, el gobierno ha dejado, en verdad, una herencia que podría ser llamada legado, aunque falte la ejecución y falte el consenso. Dejemos pasar eso.

Universos paralelos

En el caso de las áreas duras es de temerse que no hay legado ninguno, salvo que sólo nos atengamos a las consecuencias en gran escala en deterioro económico, destrucción de lo poco que funcionaba en educación, colapso de la salud, derrumbe del orden público, deterioro letal de la justicia, descarada interferencia institucional y ruina acelerada de la ley. Habrá entonces que ver cómo se compatibilizan o contabilizan o equiparan los legados en el plano valórico con las herencias en el plano material. Un país, desgraciadamente, no vive ni menos prospera porque vaya a ser posible el matrimonio igualitario o doña Juanita pueda abortar en paz si cumple con alguna de las causales. Todo eso puede ser importante, pero no es decisivo.

De que en las áreas duras ha habido déficit, no logros, las cifras están a la vista para demostrarlo, amén del rechazo masivo de la ciudadanía. Cierto es que los números importan poco a los revolucionarios y menos el sentir de los ciudadanos, salvo que sean actores de los "movimientos sociales". Cifras y opiniones registradas en encuestas son despreciables trivialidades burguesas. Más aun, en reciente entrevista la Presidenta no sólo niega el déficit, sino estima haberlo hecho MUCHO mejor que Piñera en todas las áreas. Tal vez tenga su propia numerología. Otra posibilidad es que doña Michelle habite y presida un Chile situado en un universo paralelo conectado con el nuestro por medio de un portal que tal vez opera en el baño de su oficina, escondido detrás del excusado. Hay una novela de Stephen King sobre ese particular, 1963. Vaya a saber uno si no tenemos una Presidenta Dual que trabaja en dos presidencias al mismo tiempo y es candidata a algún cargo en dos ONU simultáneamente. Y de tanto ir y volver quizás la viajera no se acuerda de en cuál está. En cualquier caso dejará un legado que apreciamos mucho, la ley "Cholito". Como cristiano viejo os digo: basta un acto final de bondad y decencia y la redención es completa.