Vivimos tiempos repletos de ejemplos insignes de lo que el diccionario Everest de la lengua española define como "perturbaciones pasajeras del sentido común", o al menos esa es una de las acepciones piadosas y perdonadoras que da al término "imbecilidad". Dichas perturbaciones son hoy muy frecuentes. Lo son en el Chile político y también en buena parte del civil. Las encontramos en cualquiera de los programas que se nos ofrecen actualmente, desde la propuesta neoestalinista, filocoreana, extrarrevolucionaria y hasta un poco bolchevique de Artés hasta la sinuosa, espumosa, difusa y asfixiante melcocha verbal de Guillier, pasando por proyectos con presupuestos gargantuescos, el idiotismo de considerar el colmo de lo democrático reemplazar los debates en una sala del Congreso por estridentes asambleas y no siendo todo eso suficiente la disposición, apenas ya camuflada, de ceder territorio nacional a quienquiera pida una tajada alegando derechos ancestrales de acuerdo a una doctrina inspirada por estudiantes en busca de una causa y las peñas literarias. El tema mapuche, por ejemplo, envenenado ya por una colosal carencia de examen y una no menor sobreabundancia de clichés, ha dado lugar directa o indirectamente a la absolución de los 11 comuneros presuntamente vinculados a la muerte de los Luchsinger y a toda laya de impunidades que han convertido La Araucanía en la versión criolla del Far West.

Las perturbaciones son muchas. Hace poco se publicó un libro donde se intentó recogerlas y definirlas desde la A a la Z . El texto incluye expresiones como "voz de la calle", "transparencia", "malas prácticas", "empoderados", etc. Publicado hace meses bien podría estar parcialmente obsoleto, destino de todo diccionario a medida que aparecen nuevos términos y se abandona el uso de otros. En los diccionarios de la lengua aún se encuentran definiciones de las distintas partes de la arboladura de un barco a vela que tal vez sólo necesiten y conozcan los cadetes de la Naval y quizás los socios del Club de Yates.

Dicha aparición y desaparición están relacionadas con cambios tecnológicos, sociales y económicos que eliminan ciertas actividades y crean otras, pero también a evoluciones en la estructura misma del idioma, a la llegada y asimilación de palabras importadas, a modas semánticas y hasta a las revoluciones políticas, como sucedió con la francesa y bolchevique, donde el vocablo "señor" fue reemplazado por "ciudadano" y "camarada", respectivamente.

Construcción

Como el pensamiento no sólo se comunica con el lenguaje sino en gran medida se crea a base de este, los cambios de palabras y/o de su significado tienen una gravitación mucho mayor que el suscitado por un cambio de método o de un utensilio en el arte de la odontología. En las modificaciones del lenguaje no está simplemente en juego una cuestión de eficacia para desempeñar una actividad, sino de construcción o reconstrucción de la realidad. El filósofo Wittgenstein demostró hace tiempo que incluso solemnes y tradicionales problemas de la filosofía no tienen otra sustancia que un uso abusivo o erróneo de las palabras que por sí mismas crean dicho problema. Sartre -en Reflexiones sobre la Cuestión Judía- demostró que buena parte del cacareado problema judío irradiaba del hecho de que se postulara a priori la existencia de un "problema judío". Ya sabemos las consecuencias de dicho "problema" cuando se convirtió en axioma y luego en práctica. En la URSS millones de personas fueron liquidadas -"liquidación" era la palabra en uso en vez de asesinato- a balazos o de hambre por haber sido descritas como "enemigos objetivos de la revolución". Nuestro colega Ascanio Cavallo refirió el domingo pasado el caso de una señora de Cataluña catalogada e injuriada como "fascista" por considerar perjudicial la autonomía de esa región. "Fascista" es injuria de amplio espectro usada por muchos sectores tanto para un barrido como para un fregado; es la excomunión absoluta que se asesta a quien, en la recelosa mirada de los autoproclamados custodios del progreso, es "enemigo objetivo de las profundas transformaciones que exige el pueblo, los desposeídos y los excluidos"; es palabra peligrosa, porque instantáneamente ubica al imputado en la lista de blancos legítimos de la agresión física desnuda y brutal. Como dijo Ascanio, se empieza tratando de ese modo, a gritos, pero se termina disparando un balazo.

Imbecilidades

Sabemos que catalogar esas conductas rabiosas y demoledoras como pura y desnuda imbecilidad sonaría en exceso agresivo e implacable. Hoy, en Chile, el insulto feroz y las descalificaciones disparadas a mansalva son perfectamente legítimas sólo en el territorio de las llamadas "redes sociales", pero en el resto del espacio comunicacional se espera, al contrario, el uso del eufemismo, del lenguaje que prefiere decir "se falta a la verdad" a decir "se está mintiendo". Debiéramos, entonces, hablar de "incorrecciones", "errores" o hasta "imprecisiones", no de imbecilidades, aunque hacer tal cosa sea "faltar a la verdad".

El caso de Cataluña ofrece ejemplo, en una región moderna, rica y sofisticada, de hasta dónde conducen los vocablos y por tanto definiciones de la realidad usados por quienes sufren una "perturbación del sentido". No contentos con darle credibilidad a la palabra "nacionalismo", la cual, imprecisa y vaga, apesta además a sentimientos repletos de arrogancia y de la supuesta virtud de ser parte de una horda, los autonomistas hablan de la "represión" que sufrirían sus partidarios por parte del Estado español sin otra base que la pateadura ejercitada en el día del voto por la policía, cosa desagradable pero común en zalagardas de esa clase y que además está muy lejos de equivaler al estado sistemático de aplastamiento político que entraña la palabra "represión"; hablan también de "mandato popular" sobre la base de una votación que compromete al 90% del 43% del electorado, lo que equivale al 38,7%, cifra algo superior al tercio y muy inferior a la mitad del electorado y por tanto en ningún caso equivalente al "mandato" que alegan los autonomistas. Con esas y otras distorsiones semánticas han intentado construir un caso de nación oprimida y violada. ¿No se hace lo mismo aquí postulando la existencia de "pueblos originarios" que hace ya siglos, como ocurre con toda etnia del pasado, se ha fundido con otras en la corriente general de la historia humana? El resultado de esta distorsión mañosa del lenguaje no tendrá otro resultado que la violencia. Ya la hay y habrá más. En Cataluña es la violencia hacia los casi dos tercios restantes que no desea ningún cambio, en Chile es la violencia de un par de grupos de extremistas arrogándose una representación que nunca han tenido. En Cataluña una eventual separación entraña la ruina; en Chile implica alguna clase de guerra civil en sordina. Tal puede ser el efecto de palabras que inspiran conductas imbéciles o, seamos eufemistas, inspiradas por una "perturbación del sentido".

En Chile

¿Por qué ocurre? ¿Por qué, en Chile como en todas partes, estos borbotones de "perturbación" suceden cada 25 o 30 años? Pregunta equivocada: la verdadera es interrogarse por qué a veces NO ocurre tal cosa porque es un hecho observable que la emergencia de generaciones inspiradas por una "perturbación del buen sentido" es un fenómeno regular en la historia de toda sociedad. El fastidio que nos acecha siempre por nuestra propia y penosa condición es fenómeno especialmente intenso en los adolescentes y por eso emerge tanto en una región rica como Cataluña o en un país medio pelo como Chile. Eso, en ocasiones, sirve para despercudir lo inservible, pero en muchas más para arruinar lo que haya de útil. A dicho afán suelen sumarse ancianos llegados a su segunda infancia política. Es de la mezcla activa de dichos jóvenes y estos ancianos algo lesos que emergen las doctrinas desopilantes y estrafalarias que una población a menudo ingenua compra como si fueran legítima mercancía. Es simplemente el turno de los "perturbados en su buen sentido".