Solitario y melómano, quizás un perdedor, Jorge Rengifo se aparecía en los tumultuosos almuerzos que los Edwards organizaban los miércoles en su casa, en la Alameda. Trabajaba como empleado particular de la compañía comercial Saavedra Benard y todas las horas libres las dedicaba con fervor a su vieja vitrola.

También a pintar: instalaba su atril en las afueras de Santiago y retrataba los paisajes. A veces lograba exponerlos en el salón de la Alhambra, para contemplarlos obsesivamente. No miraba ningún otro cuadro.

Jorge Edwards aún no tenía 15 años cuando lo conoció. Era primo de su madre y todos le decían Rengifonfo. Es retratado en poco menos de una página de sus memorias, Los círculos morados, como parte de una serie de bichos raros que llegaban a su casa en los años 40.

Pero Rengifo es bastante más que un fantasma del pasado: es el protagonista de su nueva novela, El descubrimiento de la pintura.

Escrita y corregida en 2011, la novela llega la próxima semana a librerías. Es la historia de este pintor amateur y el inesperado efecto que provoca en la vocación literaria del muchacho que narra la novela. Ni qué decirlo: como en sus novelas El inútil de la familia, La casa de Dostoievsky, La muerte de Montaigne, etc., Edwards echa mano de hechos reales. Es su marca registrada.

"Rengifo era un pintor al que conocí. Pero la novela no es la historia de su vida. Es una ficción. Le inventé que era pariente de las hermanas Lira, famosas pintoras, y que tenía un linaje histórico”, dice Edwards. Y agrega: "Es un libro sobre el descubrimiento de la vocación artística".

UN MORIDERO

Al teléfono desde la embajada chilena en Francia, Edwards habla apurado. Un embajador siempre está ocupado. "El trabajo puede ser esclavizante", dice, sin una pizca de angustia. Al contrario. Cuando el próximo año termine su labor como embajador, con la salida del Presidente Sebastián Piñera de La Moneda, Edwards sospecha que no volverá a Chile. Aún no.

"Es que a Chile yo sólo puedo ir a morirme, pero no a vivir. Chile es bueno para morir. Es un moridero", sostiene, a pocos meses de cumplir 82 años. "Quiero quedarme por acá, tengo algunos proyectos literarios y hay algunas editoriales interesadas. El aire de París me hace bien. He escrito tres libros en esta ciudad", agrega.

Se refiere a La muerte de Montaigne, Los círculos morados y, precisamente, a El descubrimiento de la pintura. La historia sobre su tío Rengifo -reverso fallido de su otro tío artista, Joaquín Edwards Bello- primero fue un cuento. Llegado a París, en 2010, lo releyó y decidió ir más lejos. En la novela, Rengifonfo vive de vender artículos de cerrajería. Es, sin embargo, un hombre sensible y algo misterioso, que aparece en las tertulias musicales que organiza los domingos el medio hermano del narrador.

También es un pintor de caballete ensimismado. "Un pintor que no conoce de pintura", dice Edwards, que lleva a su personaje hasta una experiencia radical: Rengifo viaja a Europa y, al conocer las pinturas de Vermeer, Velázquez, Rembrandt, etc., entra en crisis. "Parece que se me olvidó pintar. O a lo mejor nunca supe", llega a decir en la novela.

"Esta novela tiene algo que ver con mi vida, con mis inicios muy tempranos como escritor. Además de pintor de domingo, Rengifo era un gran melómano y me transmitió el interés por la música, lo que fue importante para que yo escribiera", dice Edwards, que está en un ritmo de escritura incansable: antes de empezar el segundo tomo de sus memorias, trabaja en una novela sobre otro familiar: en los años en que Francia estaba ocupada por los nazis, una pariente suya ayudaba a niños judíos a escapar de los alemanes.