Un viaje urgente. Así describiría mi visita a los glaciares de la Patagonia.

Desde que el calentamiento global desplazó al hongo atómico en el top one de los apocalipsis, llevo anotada en mi libreta una lista con los lugares que no pueden esperar por un descuento. En esta categoría caen ciertas islas del Pacífico Sur; Cuba antes de que muera Fidel (no es un asunto climático, pero igual) y los ventisqueros del fin del mundo.  Quizá por eso la travesía por los Campos de Hielo Sur a bordo del Skorpios III, la viví como si realizara mi último viaje. Es más, creo que todos los pasajeros lo sentimos un poco como la despedida de un mundo que se va.

Todo partió con el trayecto en bus desde Punta Arenas a Puerto Natales. Paramos en la posada Rubens, ubicada en medio de la belleza de la nada. El viento pegaba fuerte y el anfitrión del lugar nos mostró una blackberry con la misma curiosidad que si se tratara el fósil de un animal prehistórico. Luego nos enteramos que el aparatito lo había olvidado un político en campaña, un tal Marinovic, si mal no recuerdo. Lejos de los núcleos urbanos de Occidente, cualquier objeto extraviado parece el hallazgo de una civilización perdida y sobre el mesón de la posada, la blackberry se convirtió en una especie de presagio.

UN GLACIAR PORFIADO
La primera noche a bordo del barco navegamos por los canales Morla Vicuña y por el seno Unión. Recuerdo que el capitán Constantino Kochifas miró con cierta condescendencia a una turista que pregunta si acaso observaríamos ballenas (en un fiordo estrecho, imposible). "Allá está el esqueleto de una", río mostrando la silueta de un monte que parecía el armazón de un cetáceo.

Los pasajes verdes de las cadenas montañosas se repitieron al día siguiente, mientras nos adentrábamos en botes por el fiordo Antrim. La jornada se hizo larga en el mejor sentido de la expresión. Y no sólo porque recién oscurecía del todo a las 10 de la noche, sino porque a la mañana siguiente por fin llegaríamos al glaciar Pío XI, el más grande de Sudamérica, con 1.263 km2. Entonces, muchos nos llevamos la primera sorpresa. Despertamos frente a una impresionante pared blanca que, de cuando en cuando, se quejaba como animal moribundo. Eran los desprendimientos de hielo sobre las aguas. Pero lo auténticamente sorprendente para muchos, fue enterarnos de que el Pío XI lejos de ser un glaciar que retrocede, avanza. Sí, se trata del único ventisquero de este lado de la cordillera que, luego que el mar le come un pedazo, se las ingenia para volver a ocupar el espacio perdido.

"Si el glaciar San Rafael (en Campos de Hielo Norte) tiene para 50 ó 100 años más, el Pío XI tiene para cuatro siglos", observa Kochifas desde el puente de mando de la nave.

Cincuenta ó 500 años, parece mucho tiempo para un pobrecito mortal. Pero, para las edades de la Tierra, corresponde apenas a un abrir y cerrar de ojos. Por eso es que Dora, una pasajera norteamericana que frisa los 90 años, parpadeaba sólo lo justo y necesario. "He visto muchas maravillas, pero esto es naturaleza en estado puro", dice con cara de si me muero ahora, no me importa.

¿DÓNDE ESTA GABRIELA?
A medida que nos acercamos a Puerto Edén, en la isla Wellington, crecía mi inquietud por conocer a Gabriela Paterito, última representante ciento por ciento pura de la raza de los kaweskar o alacalufes. Desembarcamos y pude sentir en la aldea los estertores de un pueblo condenado a desaparecer. Gabriela (de unos 75 años) no estaba, pero su nieta Cote me cuenta que voló a Santiago para participar en un feria de artesanías. Fue ese el momento en que comprendí que enfrentaba a un mundo que ya había desaparecido, y como tratando de aferrarme a algún vestigio del pasado fotografié a Karla, sobrinanieta de Gabriela Paterito.

Al otro día despertamos en una especie de copa frappé gigante: frente al glaciar Amalia. No  pudimos desembarcar, porque el hielo estaba muy espeso, así que en un rompehielos dimos un paseo por el fiordo Calvo, uno de los lugares más sobrecogedores de la ruta: cuatro glaciares, de diferentes formas y tamaños, llegan a un mar salpicado de témpanos que parecen barquitos, conos de helados, rosquillas, lo que su imaginación decida. Ya casi al final del itinerario llegamos al glaciar Bernal. A diferencia del Pío XI, está retrocediendo muy rápido y deja a la vista una densa foresta. También a un pequeño zorro colorado que apenas se dejó mirar. A diferencia mía, el animalito no tenía ninguna urgencia y se fue sin importarle que para muchos pasajeros se tratara del último viaje.