Antes de filmar Violeta se fue a los cielos, Andrés Wood se había ganado una consideración no menor: ser el cronista audiovisual de las costumbres y la identidad del Chile de los últimos 40 años, a través de su película Machuca y de la serie de televisión Los 80, de la que es uno de los productores. Desde esa perspectiva, su nueva película, sobre una de las artistas más notables que dio el Chile del siglo XX, era un desafío mayor. Debía descifrar las convicciones y los delirios de Violeta Parra, una creadora de estatura mundial.

Es, quizás, en el arranque del filme donde se concentran todas las virtudes de Violeta Parra. En una Semana Santa cualquiera, la mujer llega a un campamento minero, junto a su hermana, a mostrar su música. El capataz del lugar impide el acto porque son "días de recogimiento". Pero Violeta, astuta y ambiciosa, no se intimida. Realiza una obra de teatro inspirada en la crucifixión de Cristo y, cuando todo parece terminar, sorprende a la audiencia. Armada sólo con un bombo, entona Arriba quemando el sol y se produce la revolución.

La Violeta Parra descrita por Andrés Wood compensa su escasez de medios con una constante energía, una percepción de los ritmos y un acercamiento a los colores musicales con una vitalidad increíble. En esa escena están sus valores artísticos: su música reflexiona, transforma y es apasionada. Sumerge a los oyentes que, al finalizar su interpretación, la aplauden y vitorean. Entienden que esa canción habla y se identifica con ellos.

Inspirada en el libro homónimo de Angel Parra, la película -que se estrena el 11 de agosto- se caracteriza por saltar en el tiempo, exhibiendo los contrastes de la vida de Parra. Allí aparece la pequeña Violeta, pobre y vagabunda, acompañando a su padre en miserables quintas de recreo, en noches de alcohol. O entrevistada en un programa argentino de televisión, donde demuestra un agudo sentido del humor. También revelando su complejidad anímica, cuando se entera en Europa de la muerte de su hija Rosa y decide permanecer en ese continente. Y también se la ve montada en su orgulllo: hablando con seguridad en una pieza parisina de que sus obras estarán algún día expuestas en el Museo del Louvre.

EL DESCUBRIMIENTO
Para que una película funcione, todos sus componentes deben lucir. Principalmente, el guión y los actores. En este caso, la elección de Francisca Gavilán como Violeta Parra fue un gran acierto. Como sucede en pocas ocasiones en el cine chileno, la protagonista brilla con luz propia y es el motor de la historia. Lo que hizo no es poco: aprendió a tocar guitarra, a hablar francés y a cantar algunas de las canciones más representativas de la artista. Su interpretación debe haber sido sin duda una gran ayuda para el director Wood, que así pudo diluir la frontera entre la realidad y ficción.

Francisca Gavilán logra imbuirse de una extraña aura parriana: siempre está consciente de lo que la rodea, pero al mismo tiempo está cubierta de una brisa emocional decepcionada y fatalista. Ejemplos hay muchos en la historia: desde su fracturada relación amorosa con el músico suizo Gilbert Favré hasta el desprecio de las clases altas hacia los artistas populares cuando, tras una actuación para la élite, el organizador la "invita" a comer a la cocina.

O, también, en su frustrado intento de masificar su música en la carpa de La Reina. "Esta será la universidad del folclor. Aquí, cerca de la cordillera", vaticina la cantante, en uno de los momentos más emotivos del filme.

A la inversa de sus películas recientes, como Machuca (2004) o La buena vida (2008), Wood evita la mirada social y se centra en la vida de la creadora, especialmente, a través de sus canciones. Maldigo del alto cielo, Run run se fue pa'l norte y El sacristán, entre otras, son melodías que sirven para construir el rompecabezas de su vida, darle coherencia y sentido a su creación.

Ello no significa que el director buscara olvidar uno de los bienes más preciados de su obra en general: el chileno común y corriente, de la calle, de todos los días. En el fondo, no lo necesitó. Sabe que, como pocos personajes, Violeta Parra es el retrato del país.

ANDRES WOOD
Con 45 años, el realizador siempre ha intercalado lo rural y lo urbano en sus propuestas. Su primer filme, Historias de fútbol (1997), reunía tres historias a lo largo de Chile; El desquite (1999) y La fiebre del loco (2001) se refugiaban en la zona central y el sur chileno, respectivamente. Machuca (2004) y La buena vida (2008) lo hacían en el Santiago setentero y contemporáneo.