Hace un par de meses, la Universidad de Stanford confirmaba con un estudio lo que ya sospechábamos: un adolescente comienza a ignorar la voz de su madre alrededor de los 13 años, cuando su cerebro deja de considerar especialmente gratificante esa voz, que antes le fue tan significativa. Y en vez, sintoniza más con voces desconocidas. Algo que explica, en parte, cómo funciona realmente la mente de un adolescente, que muchas veces nos puede parecer impredecible e incluso difícil de guiar. En este contexto, ¿cómo generamos estrategias de escucha activa?

Según explica la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente, el cerebro continúa madurando y desarrollándose a lo largo de la niñez, la adolescencia y la adultez. “Hay una región específica del cerebro llamada amígdala, que es la responsable de las reacciones inmediatas, como el miedo o la agresividad. Se desarrolla temprano en la vida, sin embargo, la corteza frontal, que es el área del cerebro que controla el razonamiento y que nos ayuda a pensar antes de actuar, se desarrolla más tarde y madura durante la adultez”, aseguran.

“Las imágenes del cerebro adolescente en acción muestran que funciona diferente al de los adultos cuando toman decisiones o resuelven problemas. Sus acciones están mucho más guiadas por la parte emocional y reactiva del cerebro, en vez de la parte lógica y reflexiva”, aseguran. Basándose en este descubrimiento, el gremio psiquiatra describe que los adolescentes son más propensos a actuar por impulso, a malinterpretar claves y emociones sociales, a accidentarse y a presentar una conducta peligrosa. En cambio, es menos probable que piensen antes de actuar, que tomen una pausa, que consideren las consecuencias de sus acciones y que cambien su conducta peligrosa o inapropiada.

Rocío González, es psicóloga infanto juvenil y trabaja en un colegio, por eso –dice– los conoce bien de cerca. “Los adolescentes viven el día a día en el sentido de que priorizan el sentir situaciones de placer y vivir experiencias nuevas, elementos que son parte de su desarrollo. A lo mejor sí tienen planes, y muchos de ellos tienen muy buenos planes, pero el presente es más importante para cuestiones significativas como el rechazo o el aprecio de sus amigos, algo que les importa más que un plan a largo plazo”, explica.

Sabemos por qué actúan como actúan, pero no cómo llegar a ellos. Y es que, frente a características como el cortoplacismo y el egoísmo, parece difícil hacerles entender todas aquellas lecciones de vida que les serán útiles, y que queremos –y necesitamos– que comprendan por su bien. Dentro de esta categoría emergen situaciones como las primeras fiestas, la sexualidad y las salidas con amigos y amigas. Para la psicóloga es importante que los padres entiendan que antes que plantearles exigencias, responsabilidades y deberes, deben escuchar las necesidades de sus hijos e hijas, mostrándoles así disponibilidad para escuchar y ayudar.

“Me ha pasado mucho que los adolescentes llegan a la consulta después de insistirles mucho a sus padres ir al psicólogo, debido a que a veces a los adultos les cuesta entender que sus hijos pueden necesitar un apoyo externo. No lo entienden porque creen que basta con que ellos estén ahí y que los escuchen. El problema es que muchas veces esa no es la solución. Hay que desarrollar la capacidad de ser flexibles ante las necesidades de un hijo, pues éstas no necesariamente son las que nosotros como adultos creemos.

Esto de alguna manera implica hacer un duelo por ese niño o niña que ya no lo es. Es una etapa donde cambian y por tanto no hay que enjuiciarlos, criticarlos, ni decirles qué es lo que tienen que hacer. Y es difícil, porque hasta entonces esperaban nuestras instrucciones, pero ahora ya no quieren que les digan qué hacer, sino que estés disponible para orientarlos”, asegura González.

Un torpedo: ¿cómo mejorar la comunicación con un adolescente?

La comunicación, que antes estaba orientada a decirles exactamente qué es lo que tenían que hacer, en esta etapa se puede modificar de tal manera que los que le digamos les interese y permee en ellos. “Se trata de saber llegar a nuestros hijos e hijas; adaptar una forma de comunicación más amena y amistosa, pero no por eso dejar de decirles lo que está bien o mal”, dice.

“Cuando llegamos a la adolescencia hay que tratar de mantener un estilo de crianza que me permita conservar los límites de siempre, pero también conectar con mi hijo a través de la comunicación, del cariño y del afecto, más que desde el autoritarismo. Y es que va a llegar un momento en que mi hija o hijo, que antes me entendía y me hacía caso a través del autoritarismo, deje de hacerlo porque le va a interesar más lo que tengan que decir sus amigos o pares y ahí está el problema. Dentro de esos límites hay que dejarles claro que no todo está permitido, pero que sí se puede conversar de todo”, asegura.

Ejemplo de esto es entregarles la seguridad de que, como padre o madre estoy disponible o presente. “Hay errores que no podemos ni debemos evitar que les ocurran, porque son parte de su propio aprendizaje. En el fondo yo le puedo entregar la seguridad de que estoy disponible y presente, pero hay algunas cosas que no voy a poder evitar. Hay padres que limitan mucho las salidas en ciertos horarios o les prohíben, por ejemplo, juntarse con otros adolescentes que no les parecen adecuados. Pero en esos casos, lo que terminan haciendo es alejarse más de sus hijos. Ellos también pueden tomar sus decisiones personales y es parte de su aprendizaje vital darse cuenta, por ellos mismos, si algo les agrada o no. Y es que finalmente el que les alertamos sobre las posibilidades que se les pueden presentar no significa que no vayan a cometer errores”, finaliza.