La abogada Raquel Sánchez, de 37 años, odia dormir y le irrita la gente que duerme mucho; dice que es una pérdida de tiempo. Cuando era chica sus primas le tenían miedo, cuando se quedaban en su casa ella las levantaba temprano para comenzar el día, sin importarle si habían trasnochado o no. Y si alguna vez era ella la que se quedaba dormida, se despertaba angustiada y de mal humor por no haber aprovechado ese tiempo. Desde pequeña que se siente incómoda descansando o cuando no tiene nada que hacer; incluso cuando veía monitos tenía que estar haciendo manualidades o pasaba en limpio sus cuadernos.

Hoy, décadas después, sigue siendo la misma: tiene un trabajo demandante como abogada, estudia un posgrado con clases los fines de semana, hace flamenco dos veces a la semana (si pudiera iría más), es miembro activa de una organización feminista donde ve asesoría legal entre otras actividades, y además es madre de una niña de 2 años. Cuando llega del trabajo, aunque esté cansada, le gusta cocinar, limpiar, hacer lo que sea. “Me incomodan las pausas, me genera culpa no hacer nada, siento que pierdo el tiempo. Siempre encuentro algo que hacer; leer, escribir, bordar, aprender a tejer, telar, me meto a cursos de distintas cosas. Nunca le he dado espacio al ocio, siento que siempre tengo que estar haciendo algo productivo, algo que me entretenga en la función del hacer y no del descanso. Cuando fui mamá me decían que aprovechara de dormir mientras mi guagua dormía, pero yo aprovechaba de hacer otras cosas”.

Algo parecido le pasa a Camila Herrera, diseñadora, de 31 años. Le gusta saber que tiene el día ocupado con actividades que la hacen sentir productiva, y cuando pasa un tiempo en el que simplemente comparte con otros, como en fiestas o celebraciones, piensa que debería estar trabajando o haciendo algo productivo. “Esa sensación es constante, siempre siento que podría estar mejorando algo que ya hice o dejar avanzado. Mi cuerpo se acostumbró a dormir entre 4 a 5 horas, debo tener los niveles de cortisol por los cielos”.

Lo que le ocurre a Camila y Raquel suele definirse como Cronopatía, que es la obsesión por ser productivos y aprovechar al máximo el tiempo, conllevando la enorme dificultad de detenerse a descansar. El término se ha vuelto especialmente popular gracias al libro de la psiquiatra Marian Rojas Estapé Cómo hacer que te pasen cosas buenas, en el que entre otras cosas explica cómo la tendencia de aprovechar al máximo el día está teniendo altos costos en el bienestar de las personas. “Nos encontramos en un momento de la historia donde la máxima aspiración del ser humano es la productividad y la eficiencia. Es lo que denominamos la mercantilización del tiempo. Hoy se valora de forma positiva todo aquello que se relaciona con la velocidad y la capacidad de aprovechar más el tiempo. ¿Qué consecuencia tiene esto? La aparición de un estrés que, cual enfermedad maligna, se está extendiendo a todos los aspectos de nuestra sociedad, convirtiéndose en crónica y gravemente perjudicial”, dice. Si bien la cronopatía no es un trastorno mental, sí es algo que parece ser cada vez más común en estos tiempos y en algunos casos puede causar daños en la salud mental.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla en su libro La sociedad del cansancio, de la autoexplotación que sufren los hombres y mujeres en las sociedades contemporáneas. Dice que somos “sujetos del rendimiento”, sumidos en una histeria del trabajo, viviendo una hiperactividad que nos vuelve esclavos de nosotros mismos. Frente al pensamiento de Han, el académico, psicólogo y magíster en pensamiento contemporáneo, Manuel Ugalde, agrega que: “ante esta autoimposición de habitar como sujeto del rendimiento, se pueden apreciar muchas sintomatologías afectivas entre las que se ve el estrés, la angustia e incluso la depresión, las que remiten a la experiencia de una tarea imposible de lograr, de que todo se transforme en algo productivo y/o útil, en tiempo de lo contable y medible”.

Varios pensadores contemporáneos asocian esta forma de comportamiento o percepción del tiempo al neoliberalismo, que se entiende –en palabras de Manuel-, como “una colonización de las lógicas y sentidos de la ganancia, la utilidad, y el éxito al resto de los ámbitos de lo humano. A mi modo de ver el gran objetivo que le subyace a que tantos chilenas y chilenos (aunque estoy ocurre a nivel global) se identifiquen con estos discursos es fundamentalmente por una cierta necesidad y búsqueda elemental de reconocimiento y afecto”. Manuel explica también que la ausencia de soportes colectivos y de narrativas colectivas de sentido hace que los sujetos tengan que construir sus propias trayectorias valiéndose de sí mismos y de lo que pueden para autosostenerse; “En esa suerte de desamparo la producción y el consumo han parecido las únicas fuentes identitarias que le dan andamiaje y sentido a los sujetos. Frente a dicho desamparo no es extraño que emerjan con tanta fuerza y de modo tan transversal estas modalidades de pararse frente al mundo. A mi modo de ver el problema no es la producción ni el consumo, no está nunca de más decirlo, el problema es que el Páramo en el quese erige el chileno ha tendido a reducir la complejidad del mundo y las relaciones desde la productividad”.

Al reflexionar individualmente sobre esta forma acelerada de vida, tanto Raquel como Carolina identifican que el aprovechar el tiempo con máxima productividad es algo que les genera un placer inigualable y que las hace sentir realizadas. “Me mueve el hacer cosas que tengan un resultado útil para mí o para alguien. Me gustan los desafíos y el poder moverme de una cosa a otra me genera un nivel de placer importante”, dice Raquel. Sin embargo, ambas pueden detectar también que es un ritmo de vida agotador; reconocen que el descanso y el ocio es algo que les cuesta pero que como todo ser humano, necesitan. “Me gusta pero me agota. Yo antes incluso tomaba desayuno mientras me maquillaba para ir al trabajo, de pie en el baño. Mi psicólogo me dijo que por favor me sentara a tomar desayuno. Ahora ya lo integré, me doy ese espacio para no partir el día corriendo, porque yo siempre ando corriendo. A raíz de mucha terapia, ahora de vez en cuando intento darme el tiempo de acostarme a ver una película, algo que me hace bien, un acto consciente de autocuidado”, refuerza Raquel.

Manuel no se siente cómodo con la patologización de la cronopatía, pero sí la observa como un mal común, aunque la asocia a otros factores que no son individuales, sino sociales. “La psicología tiene una tendencia bastante curiosa de armar taxonomías sintomatológicas con diversas experiencias vitales epocales. Un ejemplo claro de esto es justamente la ‘cronopatía’”. Dice que no ve la necesidad de ponerle nombre de síntoma a este malestar contemporáneo, sino que apunta a analizarlo más bien desde una articulación cultural y social, es decir, analizar la cronopatía más allá del caso individual, para poder entender lo que influye en ello la sociedad en que vivimos. “La categoría cronopatía es una respuesta individual a una pregunta que es social, política y económica, y por ello creo que es mejor repensarla desde esas coordenadas, puesto que parte importante de su solución debe venir de un nivel político, cultural y económico y no desde el diván o la consulta; si lo relegamos al lugar de la terapia o de la psicofarmacologia se deja de interrogar los grandes factores determinantes”.