Se dice que esta escultora nacida en Chillán tocó la greda por primera vez una tarde lluviosa, siendo todavía muy joven, y desde entonces nunca más dejó de hacer esculturas. Después del terremoto de 1939, ya casada y con tres hijos, se instaló en Santiago y tuvo la oportunidad de ingresar a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, hasta 1945.

Más tarde fue becada por el Gobierno francés y viajó a Francia para continuar su formación en la Academia Grand Chaumiere. Fue el mismísimo Henry Moore –uno de los escultores más famosos de la época– quien le enseñó a valorar las figuras precolombinas. Marta viajó por Perú y Bolivia, estudiando y absorbiendo las culturas prehispánicas que marcarían su obra. Hay una historia que cuenta que viajando a Machu Picchu su avión aterrizó de emergencia en el desierto de Atacama. “Entendí que estaba pisando la materia misma de América”, escribió ella en su diario.

Así pasó de interesarse en la figura humana a intentar darles forma a las fuerzas de la naturaleza. Le fascinaban la cordillera, el desierto y las rocas. Empezó a acumular piedras y con eso dio un salto en la escultura mundial: “Las piedras guardan la música de las montañas”, dijo. Y lo hizo como una forma de asumir “el lenguaje del silencio de este país”, como han dicho de su obra. Es que su vida y obra son un llamado a que escuchemos a quien no siempre dejamos que hable: el paisaje.

  • En París tomó cursos de historia del arte en el Louvre, y de estética, en la Sorbonne.
  • La maternidad es un tema recurrente en su obra.
  • En 1970 recibió el Premio Nacional de Artes.
  • Trabajó hasta antes de morir. “La escultura me da vida”, decía.