Paula 1185. Especial Belleza, sábado 24 de octubre de 2015.

La primera crisis existencial de María Ignacia "Minata" Rodríguez fue a los 30 años.

Había estudiado Periodismo en la Universidad Católica y trabajado en el diario El Metropolitano, en elarea.com y en la revista Cosas. Pero no era feliz. "Me atormentaba el hecho de que no estaba pudiendo tener hijos, sumado a un persistente conflicto vocacional", dice. Entonces decidió renunciar a su trabajo y se fue a Buenos Aires a tomar un curso de maquillaje, un hobby que siempre había estado latente, pero en segundo plano.

Dejó el periodismo y en 2004 instaló Minata Make Up Studio, transformándose en pionera en Chile en este tipo de negocio. Y en siete años tuvo cuatro hijas. "Cuando nació la última, tuve que parar de trabajar, porque se me estaba haciendo imposible. Yo pensaba: en cualquier minuto voy a dejar plantada a una novia. No me alcanzaba el tiempo, lo estaba pasando mal".

Así, su segunda crisis existencial vino a los 40.

La maternidad que tanto había añorado ahora la tenía completamente sobreexigida y, además, su cuerpo estaba cambiando: "Pensaba ¿cómo fui tan irresponsable de tener tantos hijos? El nuevo Chile no está para estos formatos familiares. ¿Qué hago con mi cuerpo: me interno en una clínica estética o acepto dignamente el paso del tiempo? ¿Cómo me vuelvo a insertar en el mundo laboral si apenas me la puedo con mi rol de mamá y dueña de casa? Y lo más notable, sentí un profundo rechazo hacia todo aquello que había contribuido a ensalzar: el interés por el maquillaje, la obsesión por la belleza y la importancia de la imagen personal. ¡Chao! ¿Cómo puedo predicar algo que no soy capaz de practicar? ¿En qué minuto de la mañana me tengo que maquillar si con suerte me alcanzo a lavar los dientes? ¿Por qué voy a gastar 500 lucas en un tratamiento reductivo que lo más probable es que me deje igual y de seguro sin plata para llegar a fin de mes?", escribió Minata en su blog.

Igual que en la crisis anterior, un cambio radical la ayudó a recuperarse. Cerró el estudio y empezó a escribir a modo de catarsis. Así nació el blog Mujeres en cuarentena que, después de una reconciliación con el maquillaje, mutó en un espacio de columnas con un toque de humor y temas de belleza.

¿Cómo saliste de la crisis de los 40?

Opté por aceptar el paso del tiempo, pero no por eso dejar de estar a gusto conmigo misma o abandonarme. Entendí que tenía que dejar de querer verme joven, sino que tratar de verme bien con mi edad. Clave en ese proceso, y como una declaración de principios, decidí dejarme las canas y cortarme el pelo. Me había convertido en una esclava de la tintura, pasaban dos meses y ya estaba con las raíces y me sentía incómoda, fea. Aprendí a aceptar que hay belleza en las arruguitas y en las canas, solo hay que intentar llevarlas con estilo. Me dejé las canas y me reencontré conmigo misma.

¿Cómo lo tomó tu entorno?

Mi marido piensa que me veo súper bien. El rechazo viene de parte de las mujeres, porque asocian dejarse las canas a dejarse estar. Es algo súper cultural.

Pero avalas el culto a la belleza. ¿No te conflictúa que exista una presión hacia las mujeres de estar siempre impecables?

La belleza entendida como autocuidado y amor propio me encanta. El problema es la belleza que nos imponen: la de la juventud, con las pechugas arriba, el cuerpo bronceado y el pelo súper largo. Ya no soy esclava de ese estereotipo. No quiero tener que inyectarme cosas en la cara, porque, además, el resultado es espantoso. Las mujeres que se operan se ven todas iguales: con cototos en la cara, con labios de pato, ojos sin expresión. Yo prefiero tener mis patitas de gallo, pero que al menos mis ojos sean expresivos. Lo terrible del concepto antiage es que es una batalla que siempre vas a perder, porque no se puede ir en contra de la naturaleza. Yo quiero madurar con estilo, y también con sabiduría, porque no puedes competir con la niñita de 20.

¿Cómo ha evolucionado tu maquillaje?

El maquillaje ha ido madurando junto conmigo. Cuando empecé era la persona en función del maquillaje. Hoy en día el maquillaje va en función a la persona: lo que le queda mejor a cada cual. A los 40 ya sabes qué te queda bien.·