El paradigma de la crianza cambió. Y es que si antes se pensaba que malcriar a un niño significaba prestarle demasiada atención, hoy es precisamente esa atención la que se ha convertido en la clave para criar a niños seguros de sí mismos y del entorno. El pediatra español Carlos González es uno de los defensores de esta idea. “El apego seguro no depende del tiempo que esté el niño en brazos, sino del caso que se le hace. Es decir, de que el cuidador responda a las necesidades del bebé con rapidez y eficacia, aceptando sus sentimientos, dándole consuelo y seguridad. Los niños necesitan padres tranquilos, que saben o parecen saber qué hacer en cada circunstancia. Deben saber que pueden llorar cuando tengan cualquier dificultad, porque recibirán consuelo. Es posible tomar a un niño en brazos y al mismo tiempo ignorarlo y rechazarlo emocionalmente”, asegura en una de sus columnas.

A esta nueva forma de concebir la crianza se le conoce como crianza respetuosa y responde a un cambio de planos según los roles. “Hubo una revolución como sociedad desde que surge la Convención de los Derechos del Niño, los avances de la neurociencia y la sicología. Estos cambios permitieron pasar de una mirada más adulto centrista, donde los padres eran el eje, a una transición en la que aparecen estas nuevas nociones que defienden a los niños como personas sujetas de derecho”, explica la psicóloga clínica Javiera Lamas, quien se desempeña ejerciendo asesorías de crianza respetuosa en el Centro de Intervención Temprana.

Pero, ¿qué significa este concepto? Lamas asegura que se trata de un cambio de paradigma que aún sigue en transición y que, en palabras simples, es poner el foco en las emociones. “La antigua forma de entender la crianza se centraba en la conducta, es decir, en que las acciones de los niños determinaban si hacían las cosas bien o las hacían mal. Pero ahora el foco se pone en lo que hay detrás de esos actos. Hay una necesidad y razón de ser y el objetivo es comprenderla. No es que los padres se vuelvan más dependientes de los niños, sino que implica un mayor compromiso y trabajo personal desde la base de aceptar y comprometerse con su naturaleza”, dice.

Sin embargo, aún hay quienes creen –y practican– un tipo de crianza que se aleja de estos parámetros por miedo a que sus hijos crezcan sin la concepción de límites y terminen usando esta atención a su favor. Pero la crianza respetuosa es justamente lo contrario. Así lo explica el pediatra González en una entrevista para el diario El Colombiano: “Los niños no lloran para manipularnos. Lloran porque están sufriendo, porque lo pasan mal. Si estuvieran felices, en vez de llorar, reirían. Por tanto, nunca hay que pararse en la raya. Hay que cruzar la raya y acudir a consolar a nuestro hijo, tal como haríamos con cualquier familiar adulto al que viéramos llorar. Eso no quiere decir darle todo lo que pide, porque a veces piden cosas que no les podemos o no les debemos dar”.

Javiera concuerda con esto y agrega: “Los niños no pueden manipular intencionalmente porque su cerebro no está preparado para eso. No se les puede pedir un razonamiento básico antes de los cuatro años. Si un niño llora es porque necesita algo y no porque sabe que con su llanto puede lograr ciertas cosas. Las pataletas, por ejemplo, son desregulaciones emocionales que ocurren entre los 18 meses y los tres años, y suceden porque no son capaces de gestionar sus emociones de otra manera ya que están en una etapa bien compleja de desarrollo cerebral. Y lo externalizan con gritos, golpes, llantos, etcétera”.

Acompañar estas desregulaciones emocionales es clave para lograr calmarlas, y eso no significa que los padres estén consintiendo a sus hijos. “Hay que acompañar la emoción y la forma de hacerlo va de la mano con cómo lo hacemos nosotros mismos. Si los padres se alteran, el hijo también lo hará, por lo que no hay que ser reactivos. Obviamente no es fácil y puede ser súper frustrante, pero la clave está en mantener la calma y demostrar una preocupación que nazca desde el respeto y la comprensión”, dice Javiera.

Cuando ocurre esto, su recomendación es, además, no pedir explicaciones ni que las verbalicen durante la desregulación ya que esto podría frustrarlos más. “En los momentos de peak hay un estrés muy alto y secretan hormonas que no les permiten volver a la calma con facilidad. Hay muchas personas que, desde esa buena intención, tratan de que sus hijos hablen, pero no hay que hacerlo en ese instante. Es bueno ayudarlos a poner en palabras sus emociones, sin embargo, esa es la última etapa. Cuando ya estén calmados hay que ayudarlos a guiar esos sentimientos para que los identifiquen y conozcan otras maneras de expresarlos”. Y concluye: “Si uno ignora las necesidades del niño y tiene una educación basada en el castigo, dejará de hacer cosas por miedo y no porque esté internalizando y descubriendo sus propios límites. Los objetivos de la crianza respetuosa son a largo plazo. Y si se busca criar a niños autónomos, que se sientan dignos de ser respetados y que cuenten con herramientas emocionales y relacionales; respetarlos y verlos como un ser de derecho es el camino”.