Edgar Echegaray Abrill (67) suda. Gotas de transpiración ruedan por su frente. En la caótica y húmeda Lima es normal. Pero él suda más. Su corazón debe taladrar a más de cien latidos por minuto cuando habla de Machu Picchu. Temo por su salud. Va en busca de unos papeles y lo espero en un salón con un muro imitación piedra de Cuzco y una mesa de billar en su casa del acomodado barrio San Borja. Las bolas están puestas. Siempre me ha gustado apostar en el billar, pero no quiero matar a este hombre.

–La primera vez que supe de toitito este lío tenía como 6 años

–dice Edgar. Descarga el alto de papeles, recortes de diarios, antiguos títulos de dominio, una foto del abuelo que les heredó el predio y el texto en que su familia demanda al Estado peruano por no haber pagado la indemnización pactada por la expropiación de la ciudadela inca hace 80 años. Le indico una mesa de centro, pero los pone sobre la mesa de billar. Mi posible juego se esfuma.

–Al morir el abuelo, José Emilio Abrill Vizcarra, en 1944, repartió a mi madre y dos tíos una inmensa herencia: un fundo y un tremendo lío con el gobierno: la indemnización pendiente por el traspaso de las ruinas de Machu Picchu al Estado peruano.

Edgar recuerda a este señor bonachón y muy caballero, alcalde y luego senador por Cuzco, quien en 1929 quiso ceder (o más bien deshacerse de) las ruinas incas descubiertas en 1911 por Hiram Bingham y que se estaban convirtiendo en un Patrimonio Nacional sin que el dueño pudiera hacer algo al respecto. Desfilaban por la hacienda, rumbo a las montañas, expertos de Yale, científicos, millonarios y uno que otro poeta.

–Mi abuelo estaba perdiendo el control de la hacienda por culpa de este descubrimiento. Y, como tenía influencia política, logró que el gobierno emitiera el decreto 6634, o ley de expropiación, para que le pagaran una indemnización por las 32.000 hectáreas donde están Machu Picchu y otros cuatro templos, que quedarían en manos del gobierno por un monto que no se alcanzó a fijar.

Con el mapa mueve la bola blanca, que rueda delicadamente hacia el centro. La 5 queda en muy buena posición.

–Mi abuelo creía que era llegar y pasar por caja. Pero, ¡puede usted creer que en 79 años el Estado no ha pagado un peso por esas tierras! ¿Puede usted creerlo?

Puedo. Recuerdo la carta del jefe Seattle, líder de la tribu suquamish, que reclamaba por sus tierras en Washington; o la historia del suizo-mexicano Juan Augusto Sutter, que murió en la ruina reclamando al gobierno estadounidense una indemnización porque le quitaron California. Pero no quiero decepcionarlo.

En 1944, quince años después del decreto de expropiación, José Emilio Abrill, el abuelo, murió y el pago no llegó. Heredó el reclamo a sus tres hijos: Julia, Carlos y José Luis. Cuarenta años después ellos también murieron y ahora son sus nueve nietos, encabezados por Edgar y Adolfo Echegaray Abrill, quienes reclaman todavía. Pueden ser millones de dólares para cada uno, estiman ellos.

–¿Quién no querría ese dinero? –dice Edgar–. Cualquiera, ¿no es cierto? –se responde a sí mismo, secándose el sudor y mirando la 5 al centro.

–Cualquiera –le digo yo, mirando la 8 en la esquina.

Adolfo y el pisco

–Hágalo bonito –me dice Adolfo Echegaray Abrill (69), el hermano mayor de Edgar, refiriéndose al reportaje. En un café de Cuzco se atraca un ponche de leche tibia y pisco que va poniendo la cabeza pesada y la boca floja.

–Cuando salga esta vaina, le puede ayudar también en su carrera periodística. ¿Me entiende?

Creo que no. Hay un periodista peruano que ha hecho artículos, ganado premios y prepara un libro sobre los dueños legales de Machu Picchu. Adolfo es de la idea de hacer noticia en los medios para presionar al gobierno.

–Hágalo bonito. Ayúdenos… y si sale el asunto, todos salimos ganando. ¿Me comprende usté, hermano querido?

No intento contradecirlo. Estoy bizco de tanta leche con pisco.

Adolfo, al igual que Edgar, tienen ese aire prepotente pero indulgente que sólo pueden tener quienes alguna vez sintieron el poder en sus manos y hoy tienen poco y nada. Saben que todo se compra y todo se vende. Incluso la prensa.

Su familia era la terrateniente de Cuzco y Ollantaytambo, dueña en total de 158.000 hectáreas. Casi un cuarto de la provincia. La madre de Adolfo, Julia Lourdes Abrill, era de aquellas damas de la aristocracia descendiente de franceses a quienes el cura de Cuzco salía a recibir a la puerta del Cadillac y sin cuya presencia no comenzaba la misa. Había donado un orfanato a la ciudad y dos fundos a la iglesia. El marido de Julia, Adolfo Echegaray, mandaba a la gente con la mirada. Además de varias haciendas, era dueño de la Eléctrica de Cuzco y de una fábrica de telas. Tenía al pueblo en su puño. Destituía al juez si osaba fallar en su contra. Tuvo el primer teléfono y el primer automóvil en toda la comarca. Y como hacendado de aquellos, dejó varios hijos a medio reconocer repartidos por los alrededores.

Eran los años 40. Adolfo Echegaray hijo, con apenas 9 años, manejaba la camioneta por las calles de Cuzco impunemente. "Los policías no podían tocarnos, si no se iban toititos destituidos", dice hoy.

Era la época en que Neruda llegaba a duras penas a lomo de mula a la ciudadela inca, que más tarde inspiraría Alturas de Machu Picchu. La Peruvian Rail Company terminaba la línea férrea a Aguas Calientes e inauguraba el tren Hiram Bingham, que hasta ahora lleva a turistas todos los días hasta las ruinas, cobrando desde 80 hasta 700 dólares, con champagne francés incluido.

Pero en esos años, Adolfo, Edgar y su hermana padecían con la peculiar historia de la familia.

–Se burlaban de nosotros en el colegio. Era un disparate. Machu Picchu ya tenía renombre mundial y nosotros decíamos que éramos los dueños. Nos trataban de locos. De dueños de la Luna. Nosotros mismos le decíamos a nuestra madre que no insistiera con ese asunto, porque nos ponía en ridículo.

Sin embargo, nunca perdieron de vista el reclamo contra el Estado. Su madre, Julia Lourdes, y su tío, José Luis, reunieron un baúl con papeles del abuelo: testamento, copias de las actas, escrituras de las compras y ventas del fundo, cartas a uno y otro ministerio y respuestas como la de un ingeniero que declaró la tasación una tarea imposible, y otra del Parlamento de 1944, que prometía finiquitar el proceso de expropiación en seis meses. Justo lo que el abuelo tardó en morir.

Hoy Machu Picchu le deja al departamento de Cuzco 1.100 millones de dólares en turismo cada año y al Estado, otros 85 millones sólo por las entradas de 250.000 turistas. Más el tren. Más los hoteles. Más los souvenirs. La indemnización, si se paga, debería ser millonaria.

Llega el mozo con la cuenta de los ponches.

No se moleste –le digo a Adolfo–. Yo pago. Anótemelo en la cuenta. ¿Me comprende?

Adolfo me guiña un ojo.

Cansados, pero no resignados

La madre de los Echegaray murió en los 60 y nunca obtuvo respuesta del gobierno, salvo cartas evasivas y dilatorias. En esos años, la familia vendió sus haciendas por sumas ridículas ante la inminente reforma agraria del gobierno del socialista Juan Velasco Alvarado y los tres hijos sólo heredaron tres montoncitos de dinero y unos pequeños paños de tierra cuando llegaron los militares al poder en 1968.

Como muchos hijos de hacendados despojados por la Reforma Agraria, Adolfo partió a Estados Unidos. Edgar se refugió en un pequeño campo de 20 hectáreas en Ollantaytambo y su hermana Rocío se casó y partió a Lima.

Los años 70 tampoco fueron tiempos de iniciar litigios. La justicia se volvió corrupta e insalvable para los ex terratenientes. Cuando se calmó aquello en 1975, vino el tiempo de Sendero Luminoso. Las bombas estallaban en la plaza de Cuzco y ningún ex hacendado asomaría la cabeza con semejante reclamo. Luego vino la crisis económica del primer gobierno de Alan García, que dejó al turismo por el suelo y se reprivatizó el tren, lo que de por sí causó protestas y estragos en Cuzco. Luego el largo y turbio

período de Fujimori.

–Y resulta que ahorita, cuando toda esta vaina de política se calma, ya somos viejos –dice Adolfo. Está cansado, pero no resignado. Se detiene a resoplar en cada escalón de las ruinas de Sacsayhuamán, sus preferidas. Cree que los incas movieron las rocas ciclópeas con ayuda de ovnis. No lo contradigo.

Un falso emperador inca Pachacutec insiste una y otra vez en cobrar un dólar por la foto:

–Como recuerdito, puis, dice.

–Yuyanawaykipaj Sikiykipi jayt'ayta apakunki, ama phiñachiwaychu –le responde Adolfo. (Una patada en el culo te voy a dar de recuerdo si sigues jodiendo). A Adolfo le encanta hablar en quechua con los indios que mendigan, los indios one dollar que se ponen para la foto.

–Somos viejos y no tenemos mucho. ¿Quién no querría recuperar un dinerito que sabe que le deben?

Adolfo llegó en el año 2000 de Estados Unidos y la jubilación le alcanzó para comprarse una parcela, una casa y una camioneta. Su hermano Edgar sigue siendo un agricultor mediano. Tiene 48 hectáreas de maíz de exportación y un negocio de tractores con sus hijos.

En estas circunstancias, no pobres, pero de vejez muy distinta a la que vivieron sus acaudalados padres, ese mismo año todos se acordaron del viejo y querido abuelo y su problema irresoluto y es como si hubieran dicho a coro:

–¿Y qué tal si cobramos la indemnización por Machu Picchu que nunca le pagaron al abuelo?

Claro, quién no querría ese dinero.

A demandar se ha dicho

Bajo el gobierno de Toledo las aguas políticas se habían calmado lo suficiente. En 2000 los herederos movieron algunos hilos y hacia 2003 un recadero del gobierno les respondió a los tres hermanos Echegaray Abrill y a su prima Roxana Abrill que no iniciaran una demanda y que llegaran a un acuerdo.

El Estado, representado por el Instituto Nacional de Cultura, el Instituto Nacional de Recursos Naturales y el Ministerio de Educación, se juntó con ellos en el Centro de Resolución de Conflictos de la Universidad Católica de Lima, instancia que evita los juicios contenciosos.

Pero la cosa empezó mal.

–¡Nada de risas, eh! –le advirtió Adolfo a un bufete de 25 abogados y "tinterillos de gobierno" que se reían por lo bajo de los hermanos y primos Abrill. Luego, en la sala no voló una mosca, pero, obviamente, la contraparte no intentó llegar a un acuerdo. Buscaba que donaran el predio, pues la mujer de Alejandro Toledo, la antropóloga Eliane Karp, se oponía a pagar cualquier indemnización por Machu Picchu.

–Nos negamos a donarlo. Queremos lo que nos pertenece –dice Edgar.

Al menos sirvió para poner las cartas sobre la mesa. Al asistir, el Estado tácitamente reconoció que no tiene la propiedad. En 1981, cuando la UNESCO declaró Machu Picchu Patrimonio de la Humanidad, el Estado intentó inscribirlo, pero el Tribunal Registral (la oficina donde se inscriben las propiedades) rechazó tal intención y ordenó en 2002 corregir la inscripción del predio negándole la propiedad al Estado mientras no pagara aquella indemnización pactada.

Con eso, la UNESCO se ha visto en aprietos, pues desde entonces no puede poner un dólar directamente en Machu Picchu. Ha debido triangular dineros al Instituto Nacional de Cultura y otros organismos con mayor posibilidad de que "se desvíen". Incluso los gobiernos de Finlandia y la Fundación Ford han detenido la cooperación al santuario hasta que se sanee la propiedad.

Luego del fracaso conciliar, y ahora que se veía por televisión a Fujimori durmiendo siestas en el banquillo de los acusados, parecía ser la oportunidad histórica para iniciar una demanda judicial en Perú. Pensaron que por fin un juez tendría autoridad para obligar al Estado a pagar una indemnización que ha demorado 79 años.

En 2006 los hermanos Adolfo, Edgar y Rocío interpusieron la primera demanda contra el Estado en la Corte Superior de Lima para exigir que se pague la indemnización pactada en 1929. Pero el juez rechazó la demanda por un asunto de forma. La volvieron a presentar y otro juez la declaró inadmisible sin declarar razón alguna.

Ante la "denegación de justicia", en diciembre de 2007 recurrieron a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en Costa Rica, aduciendo que el Estado no ha respetado lo estipulado en sus propias leyes. En julio sabrán si es admitida en la Corte.

–¡Y ésta es la primicia! –dice Edgar soltando por fin un secretillo con que me azuzaba hace días–. En la demanda nos reservamos el derecho a embargar el bien impago: ¡O sea, Machu Picchu! ¡Qué tal!

–¡Por supuesto, que no haremos eso!–, se contradice después. Ja, ja. Nos odiarían en el mundo entero. No quiero Machu Picchu, quiero que paguen lo que nos deben.

La demanda de 675 páginas presentada en la Corte Interamericana que elaboró el estudio Orellana & León, uno de los cuatro más grandes de Lima y que ha costado 60.000 dólares en honorarios, investigación, escritos, planos y viajes, dice textualmente: "Existen razones de gran trascendencia para que los recurrentes NO opten por reivindicar los bienes (derecho que se reservan), sino más bien, la regularización de una situación de hecho en que el Estado posee y actúa como propietario sin serlo".

Uuna vez en la vida

Es un secreto a voces en Cuzco que el ex presidente del departamento, Carlos Cuaresma, ofreció cien millones de dólares para cerrar el "asunto Machu Picchu".

Los abogados sacaron sus cuentas. Al dividir la suma entre los 9 primos Echegaray Abrill, Abrill Gamarra y Abrill Núnez quedaban sólo 10 millones para el estudio.

–Los abogados lo encontraron poco –dice Adolfo en su casa en Cuzco, con una mezcla de arrepentimiento y autocomplacencia– y nos convencieron de que podíamos sacar mucho más. Nos dijeron: "Éste es un caso que llega una vez en la vida de un abogado. Después de esto (el bufete tiene 25 abogados) ¡ninguno de nosotros quiere trabajar un día más en la vida! Cuando logremos eso, vamos a soltar esta vaina".

Otra razón para que la oferta no prosperara fue que al año siguiente Cuaresma perdió las elecciones.

¿Cuánto quieren realmente por Machu Picchu, entonces? –pregunto.

Edgar transpira de sólo pensarlo: corren gotas por su cara. Adolfo respira con dificultad. Son tantos ceros que cualquiera se atraganta. Si el juicio llegara a ordenar el embargo de Machu Picchu, se retendría el cobro por las entradas: 85 millones de dólares al año. Multiplicados por 35 años que llevan cobrando.

¿Y qué planes tienen con el dinero?

Adolfo confiesa que tiene un 50% de esperanza en que verá el final del juicio. Y, al igual que Edgar, más confía en lo que harán sus hijos:

–Quiero que hagan obras de bien, empresas en Cuzco que generen trabajo para la gente pobre.

En Lima intento hablar con la dirección del Instituto Nacional de Cultura, pero no hay una postura oficial. El asunto se demora, se complica. Evasivas. Días de espera. Entro en la nebulosa burocrática y uno de sus abogados, jefe de otros abogados, confiesa entre café y café en el Starbucks:

–Mire. Machu Picchu lleva 79 años funcionando así, ¿usted cree que va a cambiar porque un juez de Costa Rica lo diga? ¡Estamos en Perú, mi hermano! ¡Hay 4.882 sitios históricos y el 1%, acaso el 2%, es del Estado. Todo el resto es de particulares! Imagine la avalancha de demandas que nos caería.

Hago fotos del frontis del INC y un ramillete de palomas se desvanece en el aire como los millones que yo podría sacarles a los Echegaray si hiciera de este artículo una defensa del latifundio expropiado o las indemnizaciones inciertas.

De regreso a Lima, paso por la casa de Edgar, no sé bien a qué. A despedirme. A jugar una partida de billar.

Su esposa sirve chicha morada. Ella fue hermosa en su tiempo. Se llama Marisol Navas.

–Y adivine qué –dice Edgar ordenando las bolas del billar– La familia de Marisol era dueña de las líneas de Nazca. Ja, ja, ja, ja.

No me causa risa. En América Latina todo tuvo o tiene dueño. Le pongo tiza a mi taco de billar. Calma y tiza. Eso es todo. Y la 4 va directo al centro.