"Desde que cumplió 37 y se separó de mi papá, mi mamá siempre guardó un recetario en su velador. En ese cuaderno de tapa dura forrado por ambos lados con una tela de color azul oscuro fue anotando, a lo largo de su vida, todas las recetas que le habían enseñado su mamá y su abuela, originarias de Génova, y las que configuraron desde un principio sus muy marcadas preferencias culinarias.

Ese recetario la acompañó durante casi toda su vida, hasta que murió el año pasado. Era de sus objetos más preciados, porque ahí guardaba –a punta de medidas y estimaciones– las recetas que había heredado de su familia. Entre ellas, la tradicional salsa al pesto; una focaccia que solo a ella le quedaba tan sabrosa; la clásica sopa minestrone y los amados pansotti que mis hijas siempre le pedían que hiciera. Esto además de varias otras preparaciones típicas de la zona de Liguria con la que tanto se identificaba. Y es que en realidad había vuelto pocas veces a esa región de Italia, pero su corazón, como decía ella, se había quedado ahí.

Cuando murió, ninguna de sus tres hijas pudo abrir el recetario. Lo intentamos varias veces, pero entre que no quisimos que una se lo adueñara por completo y tampoco sabíamos si estábamos listas para revisarlo en familia. Así que fue quedando ahí, en la entrada de mi cocina, sin ser abierto. Cuando mis hijas venían de visita lo hojeaban y se acordaban de alguna anécdota.

En estos días de aislamiento, decidí, finalmente, enfrentarlo. Lo abrí en una página al azar y justo salió la "farinata", una especie de focaccia hecha con harina de garbanzos. Decidí prepararla y le dije a mis dos hijas –que se están quedando conmigo durante la cuarentena obligatoria– que la probaran.

Desde esa noche, acordamos que todas las semanas cocinaríamos una preparación del recetario. Yo hice la primera sola, pero ya a la segunda se sumaron ellas y mi marido. Y nos acordamos de cuando alguno de nosotros le pedía ver el recetario a mi mamá y ella respondía entre risas: "Cuando yo ya no esté, esto va ser de ustedes. Acá hay grandes secretos y, como buenos genoveses, van a estar tentados a venderlo, pero me tienen que prometer que lo van a cuidar bien".

Dominga Carrasco (58) es parvularia.