Tuve una infancia muy conectada con la naturaleza. Crecí en el Cajón del Maipo con mis papás y siempre estuve rodeada de árboles, plantas, flores y animales. Creo que esa etapa de la vida es muy importante para marcar el futuro porque cuando uno es chico está mucho más abierto a sentir, descubrir, mirar lo que te rodea. A ser más natural en el fondo. Mis mejores recuerdos son con las manos y pies sobre la tierra y todavía puedo sentir ese olor a humedad. A mi papá y mi mamá siempre les ha fascinado el tema, incluso él hace unos arreglos florales increíbles. Y creo que mucho de lo que sé ahora, es gracias a ellos.

Tuve que dejar mi infancia atrás porque nos vinimos a vivir a Santiago y fui perdiendo bastante mi conexión con lo verde. A los seis años ya estaba instalada en la ciudad y desde ahí no paré de vivir en departamentos, muy alejada a mi estilo de vida en el campo. Eso, hasta que tuve que experimentar un proceso personal de autodescubrimiento, una cosa más espiritual y gracias a eso, tuve un reencuentro súper lindo con las plantas. Estaba en una etapa de mucho estrés, trabajo y auto exigencia. Pese a que me fuese bien, siempre fue un éxito como presionado. Y me empecé a cuestionar mucho el tema sobre cómo vivimos en la ciudad y cómo manifestamos nuestras emociones dependiendo de lo que nos rodea. Decidí tomarme una pausa y volver a conectarme conmigo misma y mis raíces. Y así, viví este reencuentro con la naturaleza, de una forma muy pausada, y me di cuenta que cuidarla, es como estar en un constante estado meditativo. Para mí las plantas son mi cable a tierra, mi relajo absoluto y contemplarlas es mi momento de tranquilidad del día. Me fascina verlas crecer, respetar sus tiempos, sus ritmos, su silencio.

Al mismo tiempo que viví esta especie de terapia, empecé a pensar en cómo integrar la naturaleza en mis retratos. Y me di cuenta que agregar plantas que acompañen la imagen de estas mujeres que hago, es una metáfora sobre la necesidad de conexión entre los humanos y lo verde. Estudié mucho sobre el tema, sobre las plantas curativas, su misticismo, los mapuches, varias temáticas que se relacionaban. Es todo un mundo, y tan hermoso, que no se puede creer. Ahora estoy trabajando en un proyecto que se llama 'Enfermedades preciosas' que habla sobre cómo somatizamos las emociones y el cómo a través de lo natural, podemos volver a observarnos.

Siento que desde que me reconecté con lo verde he cambiado un montón. Siempre me gustó, pero lo veía con otros ojos. Ahora como que estoy más abierta a la contemplación y veo muchas cosas que antes pasaba por alto. Es increíble amanecer y encontrarse con que floreció una flor hermosa, o que las plantas crecieron y viene un hoja nueva en camino. Son sorpresas mágicas. Es muy acogedor llegar al departamento y encontrarme con mi rincón verde. Yo trabajo todo el día frente al computador, pegada a una pantalla, entonces despegarme un poco y poder disfrutarlo es súper rico. Le dedico mínimo una hora al día y me encanta tomar mi café al lado de mis plantas.  Mi consejo para que crezcan lindas y sanas, es tratar de tener una relación personal con ellas, es una cosa que se tiene que construir, al igual que con las personas. Ir observándolas de a poco para saber cuál es la necesidad de cada una. Siento que son mis compañeras silenciosas.

Cecilia Avendaño tiene 37 años y es artista. Su nuevo proyecto 'Enfermedades preciosas' se exhibirá por primera vez en Ch.ACO.