La mansión Google

En un suntuoso palacete parisino, el coloso de la informática mundial se dedica a digitalizar millones de obras de museos de todo el mundo con la meta de democratizar la cultura. La pesadilla de Walter Benjamin se hizo real: el arte no sólo se reproduce, sino que se vuelve una experiencia intangible.




Difícil imaginar cómo es el Instituto Cultural de una de las compañías virtuales más grandes del mundo, el gigante invisible que nos responde preguntas existenciales y otras no tanto ("qué es el amor" y "cómo hacer panqueques" son las dudas más tipeadas en Chile), que planifica nuestros trayectos y que envía nuestros e-mails. Google, la soberana que domina el universo de los activos intangibles de la web, se introdujo en el mundo de la cultura de manera tangible: en 2013, fundó en una lujosa mansión un centro para desarrollar tecnologías aplicadas a este ámbito. Y qué mejor lugar para este "laboratorio cultural" que París, la capital mundial de las artes.

El Google Lab no es un museo ni una galería. Tampoco está abierto al público. Está emplazado en la calle Londres de la capital francesa, a pasos de las famosas Galerías Lafayette, pero pocos conocen su existencia. En sintonía con la virtualidad de Google, en este centro cultural no hay nada material que apreciar. Lo único que hay sobre los muros del salón principal son proyecciones de obras de arte digitalizadas, detalle que anuncia la tarea del instituto: recopilar en una plataforma web, y en formato digital, el patrimonio artístico mundial. Algo así como la pesadilla de Walter Benjamin, el filósofo que, hace 80 años, predijo que la reproductibilidad técnica mataría el aura de las obras, ese aquí y ahora único que se crea entre el espectador y el original.

El Art Project es un plan ambicioso. El sitio web permite ver colecciones de arte y exposiciones virtuales de más de mil museos e instituciones de todo el planeta, entre ellos, de la Tate Modern de Londres, el MoMA de Nueva York, el Museo Reina Sofía de Madrid y el Museo de Orsay de París. Gracias a un escáner 3D y a la Art Camera, dispositivos desarrollados para el proyecto, cada obra puede ser observada en alta resolución hasta sus detalles más mínimos, mientras que el interior de los recintos culturales puede recorrerse a través de la tecnología del Street View, la misma que se utiliza para la captura de calles de Google Maps. En resumidas cuentas, la plataforma permite ir a un museo sin mover más que los dedos sobre el mouse.

Laurent Gaveau, director del instituto y guía de la visita, proyecta en un muro blanco piezas de arte a gran escala para mostrar cuán útil (y cuán adictivo) puede resultar el Art Project: gracias a la Art Camera —que permite fotografiar en horas obras que antes tomaba días digitalizar— se puede observar desde el relieve de los trazos de Van Gogh en "La noche estrellada" (1888), hasta el detalle del hijo de Marc Chagall dibujado sobre el techo que pintó en la Ópera de París, un detalle tan ínfimo que ni siquiera el retoño del artista había podido ver jamás.

En el segundo piso de la mansión, un equipo trabaja en la digitalización de las más de seis millones de obras disponibles y en la gestión de las colaboraciones con las más de mil instituciones asociadas en 70 países, entre los que está Chile con una participación modesta: ningún organismo de la Dibam es parte del proyecto, sólo los Museos a Cielo Abierto de San Miguel y La Pincoya, y el Museo de Artes de la Universidad de los Andes se han asociado a la plataforma. A nivel individual, diseñadores y artistas también pueden crear exposiciones virtuales con la herramienta Google Open Gallery.

Aunque su uso no tiene costo y los museos siguen siendo dueños de los derechos de imagen de las obras, el Art project no entusiasma a todo el mundo. En 2013, la exministra de Cultura de Francia, Aurélie Filippetti, no asistió a la inauguración del instituto debido a la relación conflictiva de algunos países europeos y Google, entre otras cosas, por evasión de impuestos y por el uso de los datos personales de los usuarios con fines publicitarios. Otros grandes museos, como el Prado, el Vaticano o el Louvre, tampoco han querido subirse al tren de la multinacional. Quizás porque, como apuntó The Guardian, algunos ven a Google como un "depredador cultural". O, quién sabe: quizás por sus pasillos aún se pasea el fantasma de Walter Benjamin.

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