Cazador recolector: artesanía de la perfección

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El poeta Adán Méndez tardó más de 25 años en publicar su segundo libro. Las razones para ello tienen que ver en alguna medida con el virtuosismo.


En 1992, Adán Méndez ganó un importante premio literario con Antología precipitada, un conjunto de poemas que a los jurados del certamen (Nicanor Parra, Raúl Zurita e Ignacio Valente) les pareció sobresaliente. Luego del éxito temprano (tenía 24 años cuando fue laureado), Méndez se dedicó a otras cosas, como por ejemplo a viajar, a vivir, a poner en pie y mantener su propia editorial. Entre tanto, no volvió a publicar hasta ahora. Pero indudablemente siguió escribiendo, pues la solidez, la maestría y la elegancia de "sus nuevos poemas" no se consiguen de un día para otro. Cazador recolector, poemario que reúne cinco libros en uno, da cuenta de que, en ocasiones, el silencio puede ser la mejor arma del poeta. Por lo demás, cazar y recolectar son por lo general actividades sigilosas.

Qué duda cabe: Méndez se tomó el tiempo necesario para trabajar al máximo sus poemas. Y sólo por eso Cazador recolector debería de ser considerado un libro valioso, meditado, ajeno al vértigo y la vanidad que tantas veces empuercan carreras promisorias. Pero más allá de la experiencia adquirida con el transcurso de los años, de la voz engrosada con los carraspeos de cada estación, de la sabiduría que el autor consigue obtener de los atavismos descubiertos y asumidos, es la artesanía de la perfección el rasgo que hace de este poemario una obra de insoslayable virtuosismo.

En Fragmentos completos, el primer conjunto de poemas, un hablante pagano fustiga con dureza a sus deidades, si bien no lo suficiente como para abrazar el cristianismo: "Nuestros dioses qué manga de felones / Pendientes todo el tiempo de gozar // Nosotros puro infierno: / Ellos cielo // Y exigir y exigir sus sacrificios // Es quizá la vergüenza / No la fe nuestra conexión con ellos // Pero no adoraremos a un judío". En Visión de Penco, el segundo poemario del libro, las observaciones relacionadas con el agua nos conducen hasta un invasivo musgo verde, que todo lo cubre: "Se esperaría verlo aparecer incluso / Entre un dedo y otro dedo / O entre párpado y párpado / O en los silencios del discurso interno".

En Posibles canciones, sin demostrar temor a la rima cuequera, los hablantes adquieren un tono pícaro, propio de las tonadas y de la antigua trova: "Bajo una colcha cochina / Suspiraba don Guañaño / Y en su suspiro decía / Te quiero limpiar el caño". En la parte que sigue, Asuntos literarios, Méndez aborda con brevísimos y sutiles términos la obra de varios poetas chilenos y extranjeros, aunque es uno quien se adjudica preponderancia: "Ejerció el hábito insoportable chillanejo / De sobresalir como poeta / Por sobre cada contemporáneo suyo / Insistiendo todo el tiempo / En que ese suceso no importaba nada / Comparado con el de ser un chillanejo". Finalmente, en Código abierto, el autor expresa interés por diversos lugares, escritores o disciplinas del saber, y al mismo tiempo despliega una erudición amistosa que puede tornarse misteriosa.

Pese a la brevedad del libro, los registros de las voces que campean por los poemas son sorprendentemente variados. A esto me refiero, en parte, cuando hablo de insoslayable virtuosismo, pues también hay otros rasgos que refuerzan el mismo concepto: ciertas percepciones profundas de la naturaleza (humana y no humana), un número respetable de increpaciones arbitrarias, el humor inteligente y delicado, y algunas imágenes conmovedoras que uno supone de índole personalísima: "Menos mal hubo Concepción siquiera // Donde una casa se reía sola / Con la cosquilla de su vida interna // Matadero del pan con mantequilla // Refugio de cualquier cachureo // Menos mal abuelita / menos mal / Porque paramos justo en este patio / En que no caben caracoles // Caben ciruelos chuecos / Caben gatos asoleándose en el zinc".

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