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La muerte de Lissette Villa fue el puntapié inicial, y la investigación del Servicio Nacional de Menores (Sename), que arrojó una cifra de 1.313 menores fallecidos, el impulso definitivo para que la periodista, escritora y académica de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Desarrollo, Rosario Moreno, encargara a sus alumnos, del curso Taller de Medios, una serie de entrevistas relacionadas a todos los actores ligados e involucrados con el Sename.

"Fue en toda esa vorágine que surgió la idea de hacer un libro de testimonios que ilustrara, desde el punto de vista humano, lo que estaba ocurriendo en torno a esta institución, e informar, a través de estas páginas, y desde diversos ángulos, la crisis sistémica del Sename, pero no con datos duros, estadísticas y estudios, sino con la vivencia de los protagonistas", explica Moreno en la introducción del libro, quien para ello convocó a 9 alumnos de segundo año, los que visitaron caletas, poblaciones, cárceles, juzgados y centros de menores, en varias regiones, recopilando los testimonios.

En una breve introducción, el libro -que recopila 85 testimonios, con y sin nombres completos-, contextualiza el origen y destitución del Consejo Nacional de Menores (1968) y el inicio y composición del Servicio Nacional de Menores actual (1979), y describe a los seis grupos de entrevistados que incorpora: niños y jóvenes, padres, funcionarios de trato directo, jueces de familia, directores de centros y gendarmes.

Disponible en librerías Antártica, Feria Chilena del Libro, Contrapunto y Qué Leo ($ 12.900).

Andrea (25) asegura que se llevaron a su hija al centro de protección Casa Nacional del Niño, del Sename.

"A mi tercera hija la tuve consumiendo pasta base. Me drogué los nueve meses cuando estaba embarazada de ella. No querían ni entregármela cuando la tuve.

A mí bajo la droga nada me llamaba la atención. No me importaban mis hijos, nadie. Me importaba yo nomás, drogarme.

Cuando se llevaron a mi hija al Sename estaba viviendo con mi ex pareja, y estaba metida en la pasta. Me avisaron que se la llevarían, y yo no creía. Como estaba drogada reaccioné después, fui a verla y ya no estaba. Lloré todo el día, después salí a drogarme. Al otro día, lo mismo.

Me siento culpable hasta hoy por no haberla querido como tenía que quererla.

Cuando me drogaba y estaban mis hijas intentaba que no me miraran. Hacía que jugaran, que pintaran o que vieran televisión. Las distraía. Igual las empujaba, por la rabia de que no me dejaran tranquila para volarme.

Mi pasado fue feo. La pasé muy mal. Intenté matarme tres veces: tomé pastillas, me corté los brazos, intenté ahorcarme. La droga me hacía mal, me hacía ver cosas.

Yo viví muchas situaciones cuando chica, me violaron cuando tenía 8 años. Fue un hermano de mi mamá. Ella no hizo nada, nada. Tengo 25 años y todavía me acuerdo. Yo dormía y él me tocaba, se subía arriba mío.

Estuve varias veces interna en hogares. Nos manoseaban. Yo andaba con mis dos hermanas, y para que no las tocaran a ellas, yo decía que me tocaran a mí. Quería protegerlas. Sufrí mucho. No quiero que mis hijas vuelvan al Sename nunca más".

Rodrigo Monsalve (41) Trabajó seis años como educador en el centro de internación provisoria de San Joaquín, del Sename.

"Estoy arrepentido. Estoy arrepentido porque en el Sename se ve la maldad del ser humano; se siente y no pasa por los cabros, sino por los adultos.

Yo llegaba a trabajar y los jóvenes decían: 'Llegó el tío nazi'. Participé en sacadas de cresta descomunales. Cinco o siete educadores contra dos cabros chicos. Me tenían miedo. No me enorgullece. No quiero justificarlo, pero al educador buena onda no lo respetan como al que agrede. Los niños vienen de un mundo súper violento y están acostumbrados a eso.

Los primeros meses pude hacer un buen trabajo de reeducación. Hasta enseñé a lavarse los dientes a jóvenes de 18 años. Pero también ahí el ambiente cooperaba, porque no había tipos violentos y los chicos eran primerizos delictualmente.

Cuando un educador le pegó a uno de los primerizos, los demás tíos lo encaramos y le dijimos que si lo volvía a hacer lo denunciaríamos, y eso implicaba que le harían un sumario. Fui parte de los que más alegó contra ese educador, pero resulta que era yerno del coordinador jefe y amigo del director.

Desde la Dirección había orden de controlar a los cabros fuese como fuese, y eso involucraba los golpes. Cuando empiezas a cuestionar los métodos de los directores te castigan, y eso fue lo que hicieron conmigo. Me mandaron a una de las casas donde estaban los jóvenes más peligrosos. En ese minuto estaban ahí los Guarenes y los Phillips, dos pandillas de La Pintana y la Santo Tomás. Pasaba lo más mínimo entre ellos y se agarraban a combos.

La primera vez que le pegué a un joven ni siquiera me lo cuestioné; fue natural, lo hice. Llevaba seis meses en el centro. Le pegué un combo en la boca a un joven porque cuando me estaba presentando me trató de maricón delante de todos los demás. Entonces mi compañero de turno me dijo: 'Si no le pegas ahora, cagaste. Quédate tranquilo que te vamos a apoyar'. Desde ahí, ya fue casi todos los días. Se marcó un límite entre ellos y yo.

Les pegábamos manotazos o patadas. Presencié empujones que rompieron cabezas. Cuando pasaba eso, después de la golpiza llegaba el educador que tuviese más afinidad con el chico y le decía: 'Oye, la cagaste; les faltaste el respeto a los tíos y te tuvieron que pegar'. Los cabros empezaron a dudar de si efectivamente era válido el golpe, y la mayoría creía que sí, que había sido por su culpa.

A enfermería se informaba que había habido una pelea entre dos jóvenes y los educadores le pedíamos a algún chico que nos hiciera el favor de decir que él había sido. Así quedaba registrado que los golpes fueron por una pelea entre ellos.

También los castigábamos en la casa N° 9, que nunca se mostraba a los del Ministerio o a parlamentarios, porque era la casa de castigo donde todo se permitía. Se encerraba a los cabros en una celda, sin ropa; para dormir se les tiraba un bóxer y una polera (si te caían bien). Para que se calmaran —si venían de una pelea y si es que no había forma de contenerlos— se les pinchaba con tranquilizantes o se les amarraba en la cama. El tiempo que estarían encerrados quedaba a criterio del adulto responsable. Yo me decía: '¿Para qué lo voy a sacar si va a molestar?'. Los cabros pasaban 12 horas ahí, cuando por ley solo está permitido retenerlos dos horas. Fui testigo de jóvenes que pasaron una semana encerrados.

Los funcionarios del Sename lo pasamos mal. Hacemos turnos de 12 horas, pero si el funcionario del turno siguiente no llega, uno tiene que quedarse. Entonces pasas 24 horas o hasta 36 dentro. Los turnos extra son pagados, y hay educadores que viven haciendo turnos porque están mal económicamente. Recuerdo un verano que hice entre 10 y 15, lo que significa no llegar a la casa en un mes, entonces el genio de uno es horrible. Por lo mismo, muchos funcionarios beben en los turnos o fuman pitos. Uno está chato y cansado.

Hay educadores con sexto básico. No quiero sonar discriminador, pero uno no le puede entregar el poder de cambiar vidas a un hombre que ni siquiera pudo terminar la propia y que está ahí por la plata.

Me sobrepasó el sistema. En 2012 empecé con crisis de pánico, pero mi límite fue cuando una vez que iba saliendo del Sename casi me lancé al Metro. No sé cómo llegué a eso. Pasé de ser un tipo que entró a la educación social para proteger y terminé haciendo lo opuesto.

Sename sacó lo peor de mí. Me da miedo desdoblarme y verme, porque yo mismo me daría miedo. Fui tan maldito que no me gusta esa imagen mía, siento vergüenza de reconocer lo que hice pudiendo haber actuado distinto. Me da pena cómo los traté, me da pena haber hecho tan poco; me da rabia que me hayan convencido de hacer cosas que, por principios, yo nunca habría hecho. Siento remordimiento. Por eso, antes de irme del Sename denuncié a mi director, al jefe técnico, a los coordinadores, a los compañeros y a mí mismo".