En la década del 90, Mea culpa fue nuestro Doctor Mortis. No teníamos radioteatros pero sí a Carlos Pinto, a quien recurrimos durante años para que nos entregase su inolvidable cuota de horror semanal. Su modelo era sencillo aunque luego fue plagiado por décadas hasta dejarlo vacío. Cada episodio tomaba un caso policial y lo dramatizaba para la pantalla chica. Lo interesante era que Pinto -que venía de hacer cámaras ocultas para algún estelar de TVN- adaptaba las historias reales de un modo tan personal que todo quedaba sometido a su peculiar método, donde él era la voz en off y presentador. El además dirigía y escribía cada capítulo, lo que lo volvió un ícono cultural de la época: era el rostro que se internaba en las tinieblas para narrar las formas que tomaba el mal, un concepto abstracto que él filmaba del modo más camp posible (producción barata, efectos y arte al borde de lo impresentable, actores desconocidos) mientras él mismo se inmiscuía dentro del relato.

Cada capítulo se deslizaba hacia una violencia ciega, que apostaba por la catarsis. En el imaginario del director los personajes se mataban unos a otros con hachas o chuzos, le colocaban veneno a unos berlines, eran capaces de clavarle una estaca en el corazón a un niño. ¿Un exceso? No. Era un policial tan escabroso como hecho en la medida de lo posible. Nada era suficiente ahí. En Mea culpa no solo podíamos ver tal cantidad de asesinos (seriales o accidentales), sicarios o criminales tan pobres como la vida sino que, por si eso fuera poco, cada emisión hacía aparecer al final las verdaderas víctimas y victimarios, quienes eran confrontados por Pinto en una reparación simbólica que le era esquiva a la justicia pero que parecía completamente natural en la televisión.

Valía la pena verlo; Carlos Pinto nos demostraba la fragilidad de lo real. Sus series eran parecidas a la vida; una cercanía que descansaba en el hecho de que en su obra el mundo tenía la textura de una mala película. Ahí su estilo (que lamentablemente nunca llevó al cine) lo era todo. En la truculencia y la cursilería de sus versiones ficcionales era posible percibir una gramática del miedo donde todo lo que lo que componía la vida cotidiana podía resultar amenazante. Pinto no sólo comprendía la banalidad del mal si no que se presentaba como un artesano a la hora de filmarla.

Irreversible, de Canal 13, lo acaba de traer de vuelta. Lo produce Sergio Nakasone. Un lujo inesperado, uno de los aciertos del año. Va en un franjeado, a las 20 hrs cada día. Cada episodio está inspirado en un caso de la vida real. Pinto escribe y dirige. Los actores ya no son tan desconocidos. Todo continúa en su lugar aunque hay mucho más cuidado en la producción. Siguen ahí sus apariciones repentinas en medio de la ficción; siguen ahí la violencia, el uso y abuso de la crónica roja, las moralejas naturalistas sobre cómo un sujeto normal se vuelve un enajenado. Siguen las historias extremas: un profesor que se pone a matar gente dentro del colegio; una ludópata que envenena con pasteles llenos de arsénico a las acreedoras de sus deudas de juego; un dentista que mata a su mujer, su hija y su suegra; una mujer violentada que asesina al marido, lo descuartiza, lo cocina y se lo sirve a sus hijos ("lo convertí en la cazuela que nos acabamos de comer", les dice).

Pinto demuestra acá por qué fue alguna vez el amo de la televisión chilena. Nada que hacer con él. No ha perdido el toque. Cada episodio es extraño, divertido e imposible. No hay nada correcto acá aunque quizás provoque un efecto contrario. Ya no hay naturalismo, solo ultraviolencia. Es la lección del maestro, sintetizada en ese estilo único de Pinto que resulta ahora casi alucinatorio, excéntrico en su terror vintage a la hora de componer esas pesadillas que son ahora vespertinas; en ese gore de los pobres, refrescante y delirante en un horario asolado por culebrones llenos de niños y sketchs cómicos que ya no hacen reír mucho a nadie.