Pacto de Sangre lleva dos meses de recta final. La teleserie de Canal 13 se transformó en un cuentagotas diario, con emisiones brevísimas, la expresión más absurda de un éxito que ha transformado el relato en un elástico que nadie pretendía soltar.

La primera teleserie nocturna producida por una empresa externa para Canal 13, bajo las condiciones de emergencia en que entró la estación debido a su crisis económica, resultó ser una bocanada salvadora para un medio que atraviesa pellejerías jamás imaginadas luego de la masificación de los contenidos de plataformas de internet, un fenómeno que dejó a la televisión abierta nacional reducida a los escombros de los matinales, y a la ficción local en estado comatoso.

Pacto de sangre, lo mismo que Perdona nuestros pecados -el éxito de Mega de la temporada pasada- ha logrado convocar a una audiencia que parecía perdida y mantenerla cautiva de una historia truculenta tan distinta al motor habitual de los culebrones de antaño.

Aquí las historias de amores no correspondidos y pasiones frustradas quedan en un segundo o tercer plano, desplazadas por la tensión de un thriller que busca emparentarse más con las series Netflix que con las telenovelas clásicas de media tarde. En el relato del grupo de cuarentones que mata accidentalmente a una adolescente durante una despedida de soltero para luego desmembrar su cadáver, no hay lugar para el romanticismo.

Desde el primer episodio la apuesta era clara: aquí nadie zafará de la tragedia, lo que se viene es el derrumbe en cámara lenta. Vidas que se pudren, familias que colapsan, amores que estallan bajo la sombra de un crimen. Claramente la propuesta fue aceptada por un público que -tal como en la emisiones de Game of Thrones o Luis Miguel, la serie- construye una comunidad efímera en el salón virtual de las redes sociales, la aspiración máxima de una industria desorientada por la multiplicación de pantallas, el streaming y la huida del dinero de la publicidad hacia el universo de las aplicaciones y los influencers vendehumo.

No es irrelevante que tanto en Pacto de sangre como en Perdona nuestros pecados la acción la desatara un crimen cometido por hombres en posiciones privilegiadas contra una muchacha pobre. El abuso de poder se ha transformado en una pulsión que revienta descarnada como una especie de subgénero en las teleseries nocturnas desde que El señor de La Querencia daba de azotes a sus inquilinos en horario prime en TVN.

El giro que dio la teleserie del 13 a esta suerte de subgénero ha sido la puesta en escena del pacto de silencio como eje de la narración. Ya no se trataba sólo de un villano que evitaba ser desenmascarado, sino un de un grupo de personas que buscaba mantenerse impune, a salvo de la justicia; amigos con vidas resueltas que intentan seguir con sus vidas como si nada, luego de un hecho espeluznante, bajo una máscara de prosperidad. Hay algo en esa vuelta de tuerca que resuena en nuestra propia historia como una constante de crímenes no resueltos, cuerpos que desaparecen, asesinatos jamás aclarados. La normalidad como una puesta en escena artificial que esconde los horrores silenciados, la lealtad como sinónimo de complicidad y la paranoia como campo de batalla.

Como en un espejo curvo Pacto de sangre refleja de modo exagerado la incompetencia de las instituciones en la figura de Feliciano (Álvaro Gómez), un detective fanfarrón cuya torpeza le cuesta la vida a un tercio del elenco original. Tal nivel de ineptitud del inspector de fantasía resulta verosímil básicamente porque si hay algo en lo que los chilenos tenemos experiencia, es en el fracaso de las investigaciones policiales en casos de crímenes de alta connotación, desde a muerte de Alice Meyer a la desaparición de Jorge Matute Johns y Ricardo Harex. Casos congelados en el tiempo.

El carácter coral de los antagonistas de la historia de Pacto de sangre permitió desplegar una fauna de perversos cuyas cumbres máximas corrieron a cargo de Trinidad Errázuriz (Ignacia Baeza) y Marco Toselli (Néstor Cantillana), dos personajes tan repulsivos como memorables. Durante estos meses ambos representaron dos extremos de la inmoralidad y el narcisismo y acabaron opacando el desempeño de Benjamín Vial, el rígido asesino serial encarnado por Álvaro Espinoza. Quizás el encanto los personajes de Ignacia Baeza y Néstor Cantillana se deba a que ellos no actuaban bajo la sombra de un trauma de infancia, sino conducidos por la necesidad de sobrevivencia y la urgencia de mantener el status quo a cualquier precio, impulsos que nos resultan cada vez más familiares.

Esta semana el cuentagotas termina, y difícilmente el final de Pacto de sangre será feliz. A estas alturas nadie espera tal cosa; la fantasía actual es más sencilla y concreta que la magia de un romance truncado que se resuelve con un beso bajo la puesta de sol o el hallazgo de una guagua perdida: la audiencia espera sencillamente que se haga justicia. Eso nos basta para quedar en paz.