Aunque escribió varias obras a partir de la década del 40 (Rancagua 1814) y otras en los años 80 y 90 (Chilean Love), Fernando Cuadra consolidó su dramaturgia gracias a su popular trilogía, cada una con su propio registro, aunque todas con la misma intención: ser una crónica escénica realista referida a ciertos temas clave en los acontecimientos de la sociedad chilena del momento: Doña Tierra, La niña en la palomera y La familia de Marta Mardones. Además, todas son protagonizadas por mujeres. Con ello, Cuadra cumplía con la impronta del grupo de autores al cual perteneció, según sus mismas palabras: “Esa generación, la del 50, surge bajo el alero y estímulo del proceso de creación de los teatros universitarios y se hizo sólida porque, por alguna razón, tomó la decisión de observar la realidad chilena con un sentido crítico; esto es, ubicando en sus raíces inmediatas aquellos temas importantes que les permitían establecer mensajes y comunicaciones con el público de ese momento”.

Doña Tierra se desarrolla en el campo sureño, a comienzos del siglo XX, y gira en torno a una anciana matriarca que aspira a conseguir para sí la mayor cantidad de terrenos cultivables, y cuyos afanes hegemónicos crean una permanente pugna con su entorno. La obra avanza en una espiral dramática desintegradora, ya que su familia comienza a desmoronarse debido al inminente castigo por las usurpaciones ilegales que la protagonista alienta. Fue estrenada en 1956 y se trata de una referencia evidente a la crisis social y política que ya sea anunciaba: la controversia por la existencia de latifundios sin trabajarse, que desembocaría en la Reforma Agraria unos años después.

La niña en la palomera (1966) también obedece a una estética de denuncia del Chile de la época, en este caso centrada en un caso real: la historia de una adolescente de un hogar empobrecido que escapó con un hombre mayor y se mantuvo escondida en el altillo de su casa. El subtítulo de la obra es “Crónica dramática de una adolescente de nuestro tiempo”. Sus protagonistas son jóvenes de clase media baja, habitantes de la Estación Central, sin perspectivas educativas ni futuro laboral, moldeados por los medios de comunicación masivos, y cuyo destino será, probablemente la prostitución o la delincuencia.

La familia de Marta Mardones (1977), en fin, es también una mirada intimista y a veces desgarrada respecto de un grupo humano con severos problemas económicos y sociales. La obra está fundada sobre el dominio y excesivo sostén que significa para la familia la madre, Marta. Aun cuando se trata del retrato de una mujer fuerte e imprescindible para los demás, también se le reprocha su afán totalizador que impide a los demás desarrollarse y crecer. Con Marta Mardones se completa una tríada femenina que refleja diversas realidades y que es policromía y crónica de diversos momentos, personajes y situaciones de la vida nacional en las últimas décadas.