Tenía tres nombres, era hijo de inmigrantes europeos y pobres recién llegados a la Argentina, y desde las barriadas de Buenos Aires –donde nació en 1900– dio el salto para convertirse en uno de los autores trasandinos más importantes.

Roberto Emilio Godofredo Arlt, fue un escritor bastante prolífico. Publicó cuatro novelas (El juguete rabioso, Los 7 locos, Los lanzallama), libros de cuentos y crónicas (a los que llamaba aguafuertes) y obras de teatro. Además de una vida viajera, donde pasó por España, partes de África, Brasil, Uruguay y Chile. Solo un paro cardiaco acabó con su vida, a los 42 años.

Años después, con el estallido social en las calles de Santiago, el escritor y editor Antonio Díaz Oliva tuvo una visión mientras recorría la acontecida ciudad. “Caminando por la Plaza de la Dignidad me dio la sensación de Santiago estaba lleno de personajes de Arlt. Y que luego del Estallido Social salieron a las calles”.

Por esos días, Díaz Oliva buscaba algún autor para la colección de libros que dirige, Sonora, de Neón Ediciones. Ahí, tuvo la idea de tomar textos de Arlt y mezclarlos en un volumen.

“La idea es rescatar y traducir autores clásicos. Bueno, en un momento quisimos poner un autor argentino. Y pensamos en Arlt. Además, nos hizo sentido porque creo que la realidad de las ciudades latinoamericanas (culpa del sistema, culpa de la sobrepoblación) se parece bastante a la ciudad que Arlt esboza en sus libros”, explica el autor de La experiencia formativa a Culto.

Así, acaba de salir, vía Sonora, Roberto Arlt: la voluntad tarada, un libro que compila cuentos, crónicas, cartas del trasandino, cuya selección fue del autor de Piedra roja, el mito del Woodstock chileno.

Roberto Arlt.

“Es un libro híbrido. Como te digo, y como digo en el prólogo, el libro contiene tres Roberto Arlt. O tres formas de leer a un autor que, según el director de un diario porteño del siglo pasado, habría que presentar así: ‘El atorrante de Arlt. Un gran escritor’. Lo de mezclar es una de las ideas de Sonora: remixear. De nuevo, los clásicos están para usarlos, manosearlos, faltarles el respeto. El pasado siempre está siendo procesado. Algo que por lo demás Arlt lo sabía”, explica Antonio Díaz Oliva.

Además, en el libro viene un cuento inédito, titulado Yo no sé si soy ella. “Me costó encontrarlo (tuve que buscar en los archivos digitales de una biblioteca, aunque creo que desde entonces alguien lo subió a la web). Es casi un cuento de Manuel Puig. Y claro: la época de Arlt es cuando la ciudad comienza de poco a ser bombardeada por las culturas de masas. Por el cine, en este caso”.

Para definir la escritura de Arlt –pensando en quiénes no están muy interiorizados con su obra– Díaz Oliva se basa en dos conceptos: una escritura rabiosa y tarada.

“Rabiosa porque Arlt sabía que estar con vida, y vivir en una sociedad llena de contrastes sociales, llevaba a que la gente hiciera cosas desquiciadas. Como matar. Como mentir. Como inventarse realidades en la cabeza. Como inventar armas. Como robar. Como enamorarse. Y tarada porque Arlt siempre fue un escritor niño: creo que nunca dejó de tener curiosidad, de tener ganas de caminar por Buenos Aires como un adolescente que lo dejan salir de la casa por primera vez, etc”.

El título de La voluntad tarada hace referencia a uno de los textos que componen el volumen, una especie de autobiografía totalmente delirante. “Creo que todos los escritores somos seres voluntariosos y tarados –dice Díaz Oliva–. Escribir es muy tarado. Y requiere voluntad. ¿Para qué inventar cuando el mundo nos proporciona con tanto material?, ¿acaso no es la realidad ya suficiente?, ¿cómo definir esa voluntad que nos lleva a poner palabra tras palabra con la idea de mentirle lindamente al lector? Pues bien, Roberto Arlt se hacía las mismas preguntas. También padecía de esa voluntad tarada, que es como titulé este librito”.

Antonio Díaz Oliva.

“Los clásicos están para usarlos”

¿Cómo fue el proceso?, ¿de dónde salió el material?

Me tiré de guata a la piscina Alrtiana. Leí todo lo que encontré en papel, en la web, etc. Hay una antología de Alfaguara, publicada hace 5 años, pero hoy cuesta encontrarla. También otra cosa que ayudó fue el libro de La Pollera, con las crónicas de Arlt en Chile, aunque entre nuestro libro y el de La Pollera no hay textos que se repitan. Luego de leer todo lo que pude armé una posible estructura del libro: y llegué a la idea de que había tres Arlt. Uno íntimo, que se presenta al lector; el que narra los crímenes de Buenos Aires; y el Arlt caminante o flaneur.

¿Qué criterio usaste para mezclarlo todo?

Mi criterio siempre ha sido el de un lector a pie. Creo que la mejor literatura, las mejores historias, vienen de la curiosidad. Y para ser curioso hay que ser un caminante. Arlt era un escritor de a pie porque le interesaban los libros, pero también todo aquello que no cabía en los libros.

¿Qué decisiones tuviste que ir tomando en el camino?

Tuvimos que descartar episodios de las novelas. En un momento quisimos meter trozos de las novelas, específicamente de El juguete rabioso, pero no cuajaba. Finalmente solo dejamos textos más cortos. Lo otro fue que el libro comienza con una selección, una suerte de remix que hago, de varios textos autobiográficos. Ya he visto que algunos académicos, que corrieron a comprar el libro, dicen que es “poco riguroso”. Yo estoy en contra de eso: creo que la literatura, especialmente los clásicos, están para faltarles el respeto.

Roberto Arlt.

¿Qué fue lo más complejo del proceso de este libro?

El lunfardo. No fue complejo y/o malo, sino complejo-entretenido. Buscar las palabras en diccionarios, ponerlas en contexto. Hay algunas notas al pie en el libro. Debo mencionar que, además de la Ro [María Paz Rodríguez], el libro contó con la edición de Victoria Valenzuela, escritora y quien ahora es parte de la editorial Neón. Victoria se encargó de ver el lunfardo.

Lo interesante es que el lunfardo era orgánico para Arlt. No era una pose. Ayer vi en una entrevista que un escritor local hablaba sobre usar palabras como “Chungungo” en sus libros, esta una palabra que no tiene por qué saber todo lector, dice, pero que tiene una sonoridad que le interesa que aparezca en sus novelas. Esa es una selección muy consciente del lenguaje, algo hecho para impresionar a los editores españoles, para mostrarse como exótico. Roberto Arlt vivía en el lunfardo; no lo usaba para que lo publicaran en grandes mercados.

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Si hay una certeza que Díaz Oliva tiene es: “Sin Roberto Arlt no existe Roberto Bolaño”. Así de categórico. “El dúo de novelas, Los siete locos/Los lanzallamas es como Los detectives salvajes. En Chile también tenemos a Joaquín Edwards Bello, quien era un observador, aunque era mucho más realistas. Asimismo Pedro Lemebel: si le sacamos lo “macho” a Arlt, tenemos que Lemebel era rabioso, muy rabioso, y urbano, muy urbano”.

¿Con qué otros autores podemos vincular su estilo?

Creo que todos los que escribimos de la ciudad latinoamericana, esa ciudad que se diferencia de la Gran Ciudad Europea y la Gran Ciudad Gringa. También el nuevo periodismo latinoamericano (Leila Guerriero, Martín Caparrós) no existe sin Arlt. Arlt era una máquina de hacer crónicas. Hizo tantas que incluso creó su propio género de crónicas: las aguasfuertes.

¿Por qué leer a Roberto Arlt?

Porque Arlt nos puede decir más de la sociedad latinoamericana que los medios de comunicación tradicionales; porque al leerlo uno puede caminar con él por Buenos Aires; porque tiene humor, y vaya que falta humor en la literatura latinoamericana; porque es un escritor que era capaz de escribir sobre sí mismo pero a la vez siempre atento a las miles de historias que ofrece una gran ciudad: “Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.”

También hay que leerlo porque hoy, cuando escritoras y escritores chilenos tienen opiniones políticas para todo, y buscan muchas veces en los libros dar cátedra, Arlt es un modelo formativo. O deformativo. Los libros de Arlt son clásicos porque conservan hasta hoy una incertidumbre; sus historias tratan sobre algún misterio del ser humano. No son manifiestos sociales. Aquella es la condición esencial de las obras mayores. Narrar esa incertidumbre humana para que cruce el tiempo y alcance futuros lectores y lectoras.

¿Puedes nombrar algunos de los textos que vienen en el libro que sean tus favoritos?

Me gustan todos los textos de Arlt como flãneur. Los académicos chilenos se llenan la boca hablando de Walter Benjamin como el flãneur por excelencia; nah, Arlt era mucho mejor observador y caminador. Me gusta mucho el texto El placer de vagabundear y estoy muy de acuerdo con sus primeras líneas: “hay vagos, y vagos”. Y esta: “para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador.” También Los tomadores de sol en el botánico, una crónica sobre observar. Me gusta mucho esa faceta porque creo que eso se ha perdido en la literatura chilena. Hoy se publican demasiados libros sobre los ombligos de los escritores.