La revolución de Camila Moreno comenzó antes del 18-0. Si bien lo suyo nunca parece guiado por el conformismo ni el libreto -basta recordar su debut en el Festival de Olmué-, en enero de 2018 sorprendió al bajarse de la Cumbre del Rock acusando “falta de seriedad y respeto” de parte de la producción hacia los artistas independientes como ella. Ese mismo año, con Mala madre (2015) distinguido como uno de los mejores discos locales de su tiempo, la cantautora inició un receso de la música para dedicarse a la maternidad, hastiada también de la inestabilidad de la industria criolla. Se separó del padre de su hijo y comenzó a amistarse con su propia adolescencia, cuando era apuntada por jugar a la pelota y no ser “lo suficientemente femenina”. Dice que su vida cayó en un vacío y dio un vuelco, que se sacó los filtros y ahora corre más riesgos, que su reciente detención en el Paseo Ahumada tiene que ver con lo anterior, que en el camino se redescubrió a sí misma, se asumió como una mujer pansexual, se liberó de las imposiciones del género -en todo sentido- y se reencantó con la idea de hacer música desde un nuevo lugar. El disco que lanzará en agosto, titulado Rey, es la crónica de todo ese proceso.

“Finalmente es un disco de amor, erotismo y revolución. Este amor está ocurriendo en medio de una revolución, de un cambio cultural y en ese sentido sí se emparenta con lo que estamos viviendo”, explica la solista, haciendo un paralelo entre las transformaciones que vive el país -y el mundo- y su propio estallido. Una “rebelión ante mi propia historia” -dice- que se traducirá en un álbum conceptual de doce nuevas canciones que combinan pop romántico con distopía futurista, poesía de Gabriela Mistral y una historia de amor entre dos mujeres, una cyborg y una mutante de origen mapuche, como hilo conductor.

A juzgar por los cinco cautivantes adelantos que ya ha mostrado, el cuarto LP de Moreno se anticipa como uno de los lanzamientos chilenos del año y su carta de internacionalización; desde la poderosa Quememos el reino -un denso e incendiario himno contra el patriarcado- a la seductora Déjame, el single que lanzó este mes junto a la colombiana Lido Pimienta y la mexicana Ximena Sariñana, dos de sus mejores amigas del circuito de músicas latinoamericanas.

“Soy yo hablándole a una chica que tiene algo con un hombre y le digo que puedo hacerlo mejor que él”, explica sobre su sencillo de mejores cifras entre el público extranjero a la fecha. “Es una historia de amor lésbico un poco atormentado. Y también habla de ese momento de contradicción en una relación, donde no sabes si huir o aferrarte. Cuando estás diciendo déjame ir, pero también déjame hacerlo mejor. Por lo menos yo cuando estoy terminando una relación tengo ese doble sentimiento”.

La música pop, sobre todo la que hoy domina los ránkings latinos, suele reforzar los arquetipos más que cuestionarlos. ¿Siente que es el momento para explorar otras miradas?

Claro, hay un arquetipo de chica pop que debe ser súper femenina y sexy y qué se yo. Por lo mismo este disco se llama Rey, hay un juego con los límites del género, porque yo no quiero ser una princesa ni una reina, prefiero ser un rey. Y a la vez en el disco hay mucho juego con la identidad de género, en el sentido que yo muchas veces escribo como si fuese hombre. Fue muy bonito encontrarme con que Gabriela Mistral hacía eso cuando le escribía a Doris Dana. Antes que supiera esto había incluido un poema musicalizado de ella en este disco. Hay un tema fuerte con el feminismo, la identidad de género y con el manifiesto cyborg (de Donna Haraway), que plantea un posgénero, transespecie incluso, borrando los límites entre humano, animal y máquina. En esas fronteras que son borrosas, que se pueden expandir y empujar, es donde puede empezar a existir la imaginación. El 80% de este disco lo escribí entre marzo y diciembre de 2019. Estábamos en un proceso muy fuerte con el feminismo y después vino el estallido social, que yo creo que cambió todo. Y que cambió todo para siempre.

En ese sentido, pese a tener una trama de ciencia ficción, la historia dialoga con procesos que están ocurriendo hoy.

Sí, creo que están ocurriendo. Y esperemos que no avancemos más hacia la distopía. Lo que pasa es que el erotismo, la sexualidad, la revolución y el amor son cosas que no pueden estar separadas. No puedes tener una revolución si no se baila, si no hay goce. Esa es mi impresión y esa fue también mi revolución. Yo no voy a cambiar el mundo desde la amargura y creo que pocos lo pueden hacer. Ahí hay una clave que estoy en proceso de aprender porque en Chile igual no somos tan así, somos bien serios, graves, bien profundos y depresivos.

¿Ha encontrado referentes que le canten al amor, el erotismo y la revolución o cree que son temas nuevos para la música popular?

Creo que siempre se ha hecho de alguna manera. Sinéad O’Connor siempre ha cantado a la revolución y al feminismo y ha sido súper punky en sus maneras de expresión, por eso mucha gente cree que su carrera se hundió pero ella cree que su carrera tomó el camino adecuado. En Mala madre siento que hubo un homenaje a eso, a ese tipo de mujeres que viven en el borde y se inmolan por lo que creen. Ahí pensé en Violeta Parra, Gabriela Mistral, Stella Díaz Varín, en Cecilia Vicuña y en Sinéad O’Connor. En el caso de Chile hablamos de mujeres solas, que murieron solas por ser tan extremas y llevar sus posturas y su arte hasta las últimas consecuencias, lo que solamente habla de una sociedad mezquina y temerosa ante personas que pueden empujar esos límites. Yo no quiero morir sola y quiero que ojalá eso cambie. Me da mucha pena que haya sido así antes y creo que hoy hay un poco más de espacio para vivir en ese peligro, pero igual tiene consecuencias decir lo que piensas o defender las cosas que crees que son correctas y justas.

¿Lo que pasó hace dos semanas en el Paseo Ahumada, cuando la detiene Carabineros en medio de un procedimiento contra el comercio ambulante, lo vincula con eso último?

Mucha gente intervino y tal vez yo intervine con más ahínco. Me negué a mostrar mi carnet en ese contexto y me llevaron detenida por más o menos seis horas. Pero los ambulantes me calmaron harto, fueron súper amables conmigo. Me sentí acompañada.

En su versión Carabineros dijo que hubo groserías e insultos, que les dijo que era artista, que se arrepentirían.

Es que me puse a gritar mi nombre y mi rut porque me dio susto. Después les dije que era artista pero en una situación mucho más graciosa, yendo a constatar lesiones. Todo fue muy surrealista. Que haya estado la tele ahí fue muy raro, yo me enteré después.

¿De alguna forma relaciona ese episodio con este segundo capítulo de su carrera? Chile tiene otra intensidad, su música también, parece haber una transformación en diversos planos.

Ha habido una transformación. Me gustaría que a este disco le vaya muy bien, que ojalá logre internacionalizar mi carrera y llegar más lejos de lo que ya he llegado, sobre todo porque en Chile es muy difícil vivir de esto. Pero claramente mi vida personal sexo-afectiva tuvo un vuelco súper fuerte a principios de 2019. Antes de que esto ocurriera venía leyendo a Judith Butler y estaba como haciéndome amiga de mí misma cuando era niña, de cuando el mundo me decía que era ahombrada porque me gusta jugar a la pelota o subirme a los árboles. En este disco abrazo ese lado mío. Yo ya venía preguntándome quién dice qué significa ser niña o niño, hasta dónde llega eso, dónde termina. Me empecé a rebelar con eso porque sufrí mucho cuando chica, porque no calzaba tanto con el estereotipo de lo femenino. Siempre fui más volcánica y ese lado de mi carácter me ha traído consecuencias súper fuertes. Esa intervención para defender a los ambulantes ni la pensé.

Sin filtro.

Me saqué el filtro. Y a nivel de sonido en este disco me atreví a ser más pop, a jugar con cosas de la música urbana, a mezclar cosas que se supone que no se mezclan. Este es mi primer disco verdaderamente conceptual, tiene doce canciones pero veinte tracks porque entre medio hay pasajes, escenas, hay transiciones que te llevan de un lugar a otro, como en un viaje. En un mundo donde los discos tienen siete canciones, esto es realmente larga duración. Y además este es un disco súper queer, porque en ese proceso descubrí mi propio ser queer. Eso también vino de un proceso personal de haberme separado del papá de mi hijo, se me cayó la idea de la familia heteronormada y quedé en un vacío desolador que a la vez me permitió desde ese desierto pensar en otras cosas. ¿Y ahora qué? ¿Quién soy? Me empecé a hacer cargo de lo que a mí me gustaba. Todo eso está plasmado en este disco, que tiene algo que es como decir “si me voy a rebelar ante mi propia historia, también me voy a rebelar ante los géneros y los límites de cómo se supone deben ser las cosas”.

¿Este redescubrimiento personal fue también lo que la trajo de vuelta la música?

Sin duda. Mis discos anteriores miran al pasado de alguna forma, y Pangea (2019) pone como un punto final. Desde ahí quedé como en blanco y algo bonito que tuvo este proceso es que por primera vez escribí canciones de amor y no de desamor solamente. Eso fue muy nuevo para mí, escribir desde la felicidad del enamoramiento, por mucho que el disco también tenga desamor y oscuridad. Para mí es muy revolucionario escribir desde ahí, fue como “guau, se puede y me sale natural”.

¿Se ve fuera de Chile? ¿Piensa seguir con su trabajo musical en otro país?

Sí, necesito irme del “horroroso Chile” de Enrique Lihn. Es que este país es aplastante. O sea, tengo todo el amor aquí, mi familia, mis amigos, mis redes, el paisaje, todo eso me ata, esta es mi casa y sin duda es algo que me enraíza, pero también hay algo de la idiosincrasia del país que me aplasta y sobre todo en el área de la cultura y de las artes es un país ingrato y frustrante. Tú ves cómo ha sido la autoridad en pandemia con respecto al arte, o sea no existe, básicamente. Es un sector súper abandonado y es muy triste, personalmente pero también al ver a compañeros y compañeras, gente demasiado talentosa, pasándola muy mal. No tengo un destino definido pero sin duda me iría a seguir desarrollando mi carrera, no me iría a pasear o a simplemente no estar aquí.