Si el cáncer de pulmón no lo hubiese atacado, Gonzalo Millán Arrate habría cumplido 75 años el pasado 1 de enero. En una entrevista, siendo ya un poeta relevante en la literatura chilena, se refirió a esa casualidad calendaria. “Nací un primero de enero, un cambio de fecha, y desde ahí tengo una sensación muy fuerte con el tiempo”, dijo en una entrevista con el diario La Época, de mayo de 1987.

Millán no es cualquiera. Es uno de los nombres capitulares de la poesía chilena del siglo XX. Ahí lo podemos encontrar junto a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Raúl Zurita, Pablo de Rokha y Enrique Lihn. Su obra cumbre es La ciudad (1979), escrito en el exilio en Quebec, Canada. Un poemario que aborda la pena y el dolor del destierro, de los sueños que se acabaron.

El libro es un punto obligado de paso por la literatura nacional, hoy es prácticamente inencontrable en librerías, salvo que se recorra alguna librería de saldos y libros usados. En YouTube, eso sí, se puede encontrar un video de Millán leyendo él mismo el poema 48 de La Ciudad. Simplemente un imperdible.

Durante su vida, Millán dio varias entrevistas en prensa. Extractos de ella se pueden encontrar en el libro La poesía no es personal, editado por Alquimia Ediciones en 2012 y con una reedición en 2021. En esas páginas, encontramos a un poeta honesto, que se reconocía como un ser introvertido y a quien el éxito parecía no importarle mucho.

“El hecho de que el foco del reflector te dé en la cara es aterrador. ¿No? Considero la notoriedad más un castigo que un premio; es una situación catastrófica, por el desgaste y el deterioro que acarrean a la vida personal. Pasar inadvertido es más saludable”, dijo a El Mercurio, en marzo de 1995.

Fue en la Universidad de Concepción donde comenzó a forjarse como escritor, sobre todo con su vinculación con el grupo Arúspice, con otros nombres como Waldo Rojas o Floridor Pérez. Por esos años, en la década del 60, los grupos literarios eran una instancia importante en la literatura nacional. Aunque él mismo se consideraba un caso especial.

“Mi caso es un poco especial, porque soy el último, el Benjamín de un grupo reunido en torno a Trilce, a Arúspice, y por el hecho de ser más joven también participé de una generación posterior, por lo cual se me señala como nexo entre esas dos generaciones”, dijo al Diario El Sur, en mayo de 1984. Aunque en la citada entrevista con El Mercurio, de 1995 agregó: “Me defino más bien como un solista que ha tocado en muchas orquestas; no me quiero identificar solo con una”.

“Los poetas somos unos leprosos”, dijo en charla con La Nación, en abril del 2005. Es que la reflexión sobre la poesía no le fue ajena: “Creo que ser poeta es ideal, porque te pone en una encrucijada, ser poeta tiene elementos de locura, de santidad, de martirio, de heroísmo revolucionario o místico. Es una buena elección (risas)”, comentó en revista Grifo, en agosto de 2003.

“El aporte de la poesía moderna se da al no estar tan interesada en la belleza, sino en una suerte de verdad, aunque esa verdad sea espantosa”, dijo en revista Grifo, en agosto de 2003.

También dio a conocer sus referencias, tanto en Chile como la de Estados Unidos. “Uno asimila ciertos poetas a través de otros poetas: leyendo a Gonzalo Rojas puedo asimilar a Neruda. En todo poeta hay algo abstraído de la tradición, y uno puede llegar a través de ellos. Creo que llegamos a Parra a través de Lihn, o a través de Uribe o Rubio”, dijo en charla con Juan Andrés Piña, en 2007 y que se encuentra en el libro Conversaciones con la poesía chilena (Ediciones UDP).

En esa misma conversación agregó: “Fue muy importante para mí cierta poesía norteamericana y francesa. De los norteamericanos, te diría que William Carlos Williams, Wallace Stevens, Walt Whitman. Y del lado francés, los románticos. El surrealismo era muy atractivo, pero más atractivo que su escritura era la leyenda surrealista, esta gente que andaba en grupo”.

Curiosamente, Millán tenía una relación de distancia con lo oral, con el sentido del oído. Raro, puesto que en general, los poetas trabajan con la palabra y la declamación. Eso explica, la particular noción que tenía de la música. “Desde hace algunos años soy absolutamente anti-música. No soporto la música, aunque me veo forzado a escucharla”, le comentó en una entrevista al escritor Alejandro Zambra.

La poesía, para Millán, era bastante vital: “Cuando uno escribe debe empezar por la cicatriz”, señaló a La Nación, en abril del 2005. Y no lo pudo dejar mejor claro en una frase entregada a revista Grifo, en agosto de 2003: “Si yo no hubiera escrito poesía, no sé qué hubiera hecho, a lo mejor habría sido delincuente”.