Serge, de Yasmina Reza (Anagrama)

Los visitantes hacen fila para entrar al campo. Visten pantalones cortos, llevan audífonos, se toman selfies. Algunos se envuelven en la bandera de Israel. Tras la muerte de su madre, Serge, Nana y Jean, judíos franceses no practicantes, hacen una visita a Auschwitz para conocer el pasado familiar. “No entiendo por qué la abuela se ha hecho incinerar”, dice uno de los nietos. “Me parece de locos que una judía se haga incinerar”. Animada de humor negro y de una aguda mirada a las relaciones familiares, Yasmina Reza (Art) cuestiona también el discurso y el turismo en torno a la memoria. “De la memoria no cabe esperar nada. Ese fetichismo de la memoria es un simulacro”, dice el narrador, mientras recorre el ex campo de concentración, donde aparecerán las fisuras y las tensiones en la relación entre los hermanos. Novela de diálogos vivaces, grandes personajes y una visión audaz y políticamente incorrecta.

Ruta, de Daniel Plaza (Narrativa Punto Aparte)

Se deja caer sobre la cama de un hostal de Combarbalá. Cierra los ojos, “agotado, con la sensación de que algo lo arrastra hacia territorios desconocidos, a un mundo que parece devorarlo”. El protagonista de Ruta, la tercera novela de Daniel Plaza, conduce rumbo al norte, solo. Se interna por caminos estrechos, calles silenciosas y plazas de provincia. Observa el entorno, el repetitivo paisaje de montañas rocosas, y mientras conduce, en su memoria vuelven a delinearse las imágenes de un antiguo viaje, la risa y la figura de una mujer. El relato es un tránsito, acaso una búsqueda, y se mueve en dos planos temporales, entre el viaje presente, solitario y melancólico, y los ecos de aquel otro viaje con ella. Escrita con un lenguaje sobrio y transparente, la novela exhibe un gran trabajo de concisión: una novela breve y sugerente cuyo viaje se prolonga y perdura en la imaginación del lector.

Davis, de Augusto D’Halmar (Invertido Ediciones)

“Los únicos frutos que maduran al resplandor de la Luna son los sueños”, escribe Augusto D’Halmar en el inicio del cuento Davis. Publicado en forma independiente, el relato es parte del libro Cristián y yo, editado en 1946. Por entonces D’Halmar ya había recibido el Premio Nacional de Literatura (fue el primero en obtenerlo) y tenía 64 años. El libro recoge cuentos ya publicados en revistas, y en el prólogo, D’Halmar afirma que a pesar de los años, “dormitan en la edad provecta, bajo su quietud aparente, las mismas inquietudes insatisfechas e incumplidas de la pubertad”. Davis es el alter ego de D’Halmar y en este relato el narrador recuerda su amistad, una noche a la orilla del mar, sus ojos profundos y el momento en que “nuestras almas habían llegado a tocarse en un momento de infinito”. Un breve relato en torno a la identidad, la soledad y los sueños inconclusos, de uno de los primeros escritores gay chilenos.

La Vía Damna, de Francisca Solar (Minotauro)

El aire aún olía a pólvora. Cuando la baronesa Paula Ferrari, ex monja carmelita, cruzó la cerca del Fuerte Bulnes, reconoció las huellas de la sublevación militar ocurrida 50 años antes. Pero en 1905 los restos del fuerte emplazado en Magallanes se habían convertido en refugio improvisado, donde deambulaban enfermos o condenados lanzados al mar por los barcos que atravesaban el estrecho. El lugar tenía fama de maldito, le llamaban Vía Damna y el gobernador estaba a punto de venderlo y desalojar a sus residentes cuando Paula Ferrari llegó a prestar ayuda. Allí se encontrará con una misteriosa mujer llamada Nueve, que custodia la Vía Damna. Con una cuidada recreación histórica y un acertado uso del suspenso, Francisca Solar construye una novela de ecos góticos en torno a la ambición, la tragedia y el dolor y donde se cruzan eficazmente la historia de Magallanes, la mitología aónikenk y lo sobrenatural.