La Roja ganó estrechamente a México tras un desastroso partido ante Perú. Chile debía cambiar del cielo a la tierra para no sufrir un descalabro mayor.

Nos recibieron con un masivo desfile militarizado apelando a los colores patrios. Más parecía una manifestación de poderío chino que un partido de fútbol. Desplegaron una bandera monumental bajo una euforia propia de la Plaza Garibaldi al son de guitarras, trompetas y mariachis.

La apatía frente a Perú tenía que transformarse en un vendaval. Ese fútbol que nos robaron en tiempos felices.

La amenaza bajaba desde Europa, el Mesías del gol, Alexis Sánchez. Lo esperaba esa camiseta roja que es la capa de héroe que varios visten en tiempos de decadencia y declive futbolístico. Rueda no es Mourinho y lo puso desde el inicio.

Vestir la roja mercantilizada del Manchester United no es la púrpura del copihue de Chile. Aquí todavía se sacralizan sus nostálgicos goles, aún presentes en la memoria colectiva.

La Selección jugó un discreto partido. Lo expuesto, sin duda, fue superior a lo hecho frente a Perú. Lo que no era difícil. El modelo de juego se sostuvo en un forzado trabajo colectivo. Conscientes de que, por individualidades, tenemos objetos voladores no identificados.

Me imagino que Alexis santiguó al Nico en el camarín, "por si acaso" entraba en las postrimerías del partido. El tocopillano ya había convertido un gol postrero en la Premier League.

Los goles debían caer como fruto de la voluntad divina - cual pensamiento medieval - o bajo la ley gravitacional universal, como lo postulaba Newton.

Y el tan anhelado gol, ante un perfecto pase de Alexis, como un fruto, cayó desde el cielo en el minuto 89 en los pies de Castillo.

La bendición dio resultado. Este gol con aroma a pitazo final, salvó al DT y al Nico de la crítica feroz ¿Qué habría pasado si Sagal o Junior convierten esos goles errados y no el Nico Castillo? Las vueltas de carnero nublarían los cielos de Chile.

Mientras Rueda, cual astrónomo, persiste observando estrellas que aún chispean y meteoritos que deben desaparecer. Como el universo mismo.