Vivir en el suspenso nos obliga a recordar, a rebuscar en la historia de los terrores pasados algo que se acerque a los miedos actuales, esos que desdibujan los contornos de una realidad que creíamos esculpida en mármol. En su libro El peso de la sangre, Juan Luis Salinas reconstruye lo que significó la irrupción del virus que provocaba el sida, el modo en que desafió a la medicina, pero también la manera en que reveló una violencia que parecía dormida, agazapada en la buena conciencia de ciudadanos ejemplares y políticos poderosos. También la forma en que el sufrimiento que provocaba la enfermedad era digerida y procesada como una nueva herramienta de control que se ejercitaba en redadas policiales, declaraciones de autoridades políticas y en la manera en que los medios de comunicación reforzaban los prejuicios con alharaca y burla. Salinas cita en un pasaje de su libro al filósofo inglés Mark de Breton Platts: “Los valores profundos de la sociedad quedan evidenciados en cómo esta reacciona frente a las enfermedades”.

Veo en la televisión lo que parece ser la cobertura de un crimen tremendo, pero que no es otra cosa que un reporte sobre grupos de personas haitianas que aparentemente han dado positivo al examen de Covid-19. Los vecinos los tratan con hostilidad, las cámaras los siguen, intentan mostrar imágenes del interior de la vivienda en la que se alojan. En el estudio de televisión los tertulianos especulan sobre las razones culturales para que los haitianos no mantengan cuarentena. Luego leo en la cuenta de Facebook de la antropóloga Macarena García González una reflexión frente a lo evidente: “¿Por qué solo es necesario buscar explicaciones culturales para un brote de contagio en un cité de personas racializadas?”. El argumento “cultural” aparece y desaparece según el tono de la piel y los ingresos económicos de los aludidos. Lo que no se hizo con quienes luego de ser diagnosticados acudieron a centros comerciales para matar el aburrimiento, se hace con inmigrantes pobres, fácilmente identificables, porque su nacionalidad se les nota en el cuerpo.

A nadie se le ha ocurrido aún que las protestas de la ultraderecha norteamericana y brasileña, en contra de los gobiernos estaduales que han impuesto cuarentenas, sean un “asunto cultural”. Unos son fieles a Trump, otros leales a Bolsonaro, gente que se define como patriota, la mayoría blancos, que aplauden a líderes que manipulan y falsean la información, transformando los hechos en opiniones y las opiniones en insultos para acumular poder. ¿Es eso una nueva normalidad o una muy antigua que vuelve de cuando en cuando? ¿Cuánto pasado hay en nuestro desconcertante presente?

Recuerdo la lectura de las memorias del cineasta y documentalista Fernando Balmaceda, específicamente un párrafo en donde describe a “los cesantes”, el nombre que se les daba a las familias que medigaban comida de casa en casa después de la crisis económica que se desató en 1929. En su libro De zorros, amores y palomas, Balmaceda reflexionó brevemente sobre la inquietud que le provocaban cuando era niño las figuras de estas personas, la forma en que su existencia quebraba las armonías cuidadosamente cultivadas por la tradición -la cultura- de su entorno familiar. Sus parientes tomaban esa diferencia como un asunto tan natural, que el autor ironizó sobre eso en sus memorias, afirmando que los cesantes “aparecían a cada instante como un ruido molesto, a desarreglar la apacible normalidad de nuestras vidas”.

El suspenso del presente depende de las incógnitas de un futuro incierto, pero también del modo en que el temor despierta los espectros de un pasado que pensábamos bien muerto, pero que puede cobrar vida en la forma de una mueca feroz que, en nombre de la cultura y la normalidad, reclame su derecho a encontrar una solución rápida a la pandemia y sus efectos, señalando a los mas débiles para marcarlos y culparlos de una desgracia común. El nuevo virus está cambiando el mundo, pero también desnudando los antiguos materiales que lo sostenían.