Ya no porta ganchos ni cuchillos carniceros y solo ve ballenas en los documentales de la TV. No obstante, su pasado sigue estando presente en cada artefacto que alberga la exballenera de Quintay, convertida hoy en museo y centro cultural. José Barrios, a sus 88 años, actualmente resguarda el recinto, declarado monumento nacional y ubicado a 47 kilómetros al sur de Valparaíso.

Allí, los visitantes y curiosos de la historia de la hoy prohibida caza de cetáceos tienen el privilegio de poder conversar con el último de los trabajadores balleneros que, entre 1943 y 1967, cumplieron esa ruda labor, en las dependencias de Indus S.A.

"Es conocer la historia de primera fuente. Lo encuentro increíble", comenta un turista que recorre el museo.

Aunque sus documentos dicen que nació en 1931, Barrios asegura que tiene más de 90 años. "Lo más probable es que haya nacido en los años 20. Un día, cuando tenía alrededor de cuatro, recuerdo que mi mamá me llevó a inscribir", rememora.

Más allá de su incierta, pero de todos modos elevada edad, don José lleva nueve años como guardia del museo, donde permanece entre las 11.00 y las 18.00 horas. Sus razones para seguir trabajando son diversas, aunque la más importante, confidencia, es la felicidad de volver al lugar que lo vio crecer y donde trabajó desde los 15 años. "Si no lo hago, me enfermo", asegura.

No obstante, existen otros motivos para que él decida seguir generando recursos. Su hijo menor falleció hace algunos años, por lo que tuvo que poner el hombro para apoyar a sus nietos. "Casi todos ellos estudian. Por eso también trabajo, para ayudarlos hasta que terminen sus carreras. Mi nuera trabaja, pero a veces no alcanza", cuenta.

"Cuando no están los papás, tienen que estar los abuelitos para que los nietos puedan salir adelante. Mis años han sido más de sufrimiento que de alegría. Ahora mis nietos me dan felicidad", agrega, y afirma que quiere seguir resguardando la exballenera "hasta cuando Dios quiera".

Necesidad económica

No es un secreto que hoy los adultos mayores viven escenarios distintos a los del siglo pasado. La esperanza de vida ha aumentado y se ha hecho necesario que las personas de edad deban sostener sus condiciones de vida durante más de 20 años después de su retiro. Esta realidad se ve reflejada en las cifras, ya que el número de trabajadores activos de la tercera edad aumentó 25,3% entre 2014 y el año que recién terminó.

Según la Encuesta Nacional de Empleo, durante 2018 se mantuvieron en el campo laboral 674.328 personas de más de 65 años. De ellas, 475.670 son hombres y 198.658 mujeres.

Del total, 124.432 tienen más de 75 años y 2.540 más de 90.

"La esperanza de vida ya superó los 80 años y, por lo tanto, hay muchos más adultos mayores que hace dos décadas en el país, lo que implica que muchos quieran prolongar su vida laboral", explica Paola Vidal, seremi del Trabajo y Previsión Social de la Región Metropolitana.

Agrega que "muchos adultos mayores, por diversos motivos, quieren seguir activos".

El principal factor por el que este rango etario continúa trabajando es la necesidad económica, explica Muriel Abad, directora (S) del Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama). La autoridad dice que una serie de estudios relacionados con este ámbito comprueban este punto. Los análisis con que cuenta ese organismo evidencian que la primera razón que impulsa a las personas a prolongar su actividad laboral es generar nuevos ingresos para complementar sus bajas pensiones. En segundo lugar, buscan independencia económica, y en tercero, desean mantenerse activos y vigentes.

"Uno de los principales beneficios del trabajo tiene que ver con sentirse integrados a la sociedad. También se vincula con que se sientan capaces de seguir contribuyendo y aportando al desarrollo de su ámbito de labores. Y en ese sentido, es un espacio que debe ser adecuado, adaptado y considerado para que las personas mayores sigan trabajando de la mejor forma posible", argumenta la directora (S) de Senama.

"Estoy cansada"

Isabel Enríquez (73) lo único que pide es que la dejen trabajar. Hace ocho años que se instala en una calle del sector oriente de Santiago para comercializar sus productos. Tiene que acarrear por varias cuadras un carro con juguetes de madera que guarda cada noche en una bodega. Tras instalarse, pide prestada una silla a los obreros de un edificio en construcción situado en las cercanías, y en ella permanece durante horas junto a su improvisado puesto, formado por cajas de cartón, una mesa plegable y manteles blancos.

"Me duelen los brazos de tanto traer y llevar el carrito con mi mercadería. Estoy cansada", reconoce. No obstante, asegura que no le quedan más opciones. Su esposo y sus dos hijos sufren una enfermedad psiquiátrica que les impide trabajar, por lo que ella se debe hacer cargo de la mayor parte de los gastos del hogar.

"Voy a seguir trabajando hasta que Dios me dé fuerzas para hacerlo", asegura Isabel. Y dice que lo único que pide para ser feliz es un puesto fijo, para no tener que trasladar sus productos todos los días y no seguir exponiéndose a ser expulsada de las veredas por los guardias municipales.

"Tienen corazón de piedra. Hasta me han quitado mis cosas", cuenta.