José Ramón Valente: “El principal riesgo que veo es cuánto peso se le traspasará al Estado para que se cumpla la Constitución”

El exministro de Economía prevé que la mayor parte del país está por mantener el derecho de propiedad. Aún así, duda que un cambio en la Constitución impacte en la calidad de vida: “Países que por el mero imperio de escribir en una ley pretenden ser más igualitarios, terminan no siéndolo. Yo no creo en esa magia, creo que los países mejoran como la tortuga, creciendo un 4% al año por varias décadas”.




No es optimista sobre el futuro pero, aclara, que tampoco forma parte de los ultrapesimistas que creen que todo está mal o que el país se fue por el despeñadero. De hecho, dice, no les recomendaría a sus hijos irse de Chile. “No soy partidario de decir este país se va ir a la chuña o lo vamos a destruir en dos años, como dice mucha gente que siembra el terror hablando de ‘Chilezuela’, no creo en eso, para nada. Este país tiene bases sólidas en muchos aspectos, yo sólo veo con gran tristeza una oportunidad perdida de haber llegado al fin de la década como un país desarrollado. Pudimos, pero por apurarnos, y tratar de tener de un día para otro lo que no podemos financiar, vamos a estropear esa oportunidad única”, reflexiona el exministro de Economía y actual socio de Econsult, José Ramón Valente.

Recuerda que cuando estaba en la campaña del hoy Presidente Sebastián Piñera, conversaban sobre cuál iba a ser el paréntesis de Chile: “Si los malos cuatro años de Bachelet, o los buenos 30 años anteriores. Cuando entramos al gobierno pensamos que los chilenos habían hecho la comparación y que Bachelet sería el paréntesis. De verdad creí eso. Pero después de octubre pienso que el paréntesis fueron esos 30 años y que vamos a volver a la mediocridad que Chile siempre tuvo en el siglo XX”.

Nada alentador.

Aún así, Valente no ve con estupor el plebiscito del 25 de octubre, donde votará Rechazo. Su preocupación la extrapola al día después: “Sería malo que cualquiera de las dos opciones saliera demasiado triunfadora, un 80% versus 20%, un 70%-30% para cualquier lado no es bueno”.

¿Por qué?

-Estamos todos de acuerdo en que hay que hacer modificaciones a la Constitución, pero si el Apruebo ganara por una proporción muy alta, puede exacerbar los ánimos de quienes quieren hacer borrón y cuenta nueva, partir de cero, y eso sería un tremendo error. En ese sentido, un resultado más equilibrado como un 60%-40% o un 55%-45% sería mucho mejor para el proceso y el entendimiento: acá hay dos visiones de la sociedad, sentémonos en una mesa y discutámoslas. Otro resultado diría que esta sociedad está bastante decidida en no cambiar nada o cambiarlo todo.

¿Entre convención mixta o constituyente, cuál prefiere?

-Si sale el Apruebo, una comisión constituyente es más consistente. Preferiría que hubiera prohibición de presentarse como candidato al Parlamento después, porque hay conflictos de intereses muy obvios. Una de las cosas que van a definir la Constitución es cuánto poder le vamos a dar al Parlamento, a los políticos. Si uno sienta a personas que después puedan elegirse como parlamentarios estarán definiendo sus propias atribuciones hacia el futuro. Una convención me parece bien, confío en que haya candidatos razonables, y reduce el conflicto de interés. Todos hemos aprendido que la misión objetivo de los políticos es el poder, más que las buenas políticas públicas.

¿Cuál es el riesgo, en términos económicos, que acarrearía un Apruebo con una mayoría desequilibrante?

-Hay un grupo de quienes encarnan el Apruebo como partir de cero, y cuando sucede eso se empieza a negociar todo. Pienso que hay cosas en que la mayor parte estamos de acuerdo, que deben permanecer en la Constitución, como que exista la propiedad privada, que sea una República, que exista un Banco Central autónomo, que haya división de poderes, que existan controles cruzados de gasto, derecho a la vida y educación. Hay montones de temas consagrados y creo que la mayoría de los chilenos están OK con ellos.

¿Y al partir de cero, por qué no quedarán consagrados después, si como señala hay consenso?

-Es que cuando se parte con hoja en blanco esos temas también entran a la mesa de negociación y terminan convirtiéndose en moneda de cambio de otros temas, y la probabilidad de tener que ceder aumenta, y aumenta también la probabilidad de que salgan cosas más exóticas, y el nivel de incertidumbre aumenta. Si los primeros quedaran fuera, se podría tener un discusión más productiva.

¿En qué sustenta el consenso en el derecho de propiedad?

-The Economist mencionaba que era una lástima que este derecho no estuviese consagrado en más países, porque aquellos que no lo tienen no logran desarrollarse ni sacar a la gente de la pobreza. Siempre habrá sectores minoritarios con posiciones extremas, un 10%-20%, pero veo un 70-80% que dice “sí, quiero que mi casa sea mi casa, que esté inscrita, y lo mismo con mi tierra y mi auto, y que no haya alguien que con la sola voluntad me quite lo que me he ganado”. Es un valor bastante universal y ese consenso existe en Chile, independientemente que en discusiones de élite, como las de Twitter, pueda aparecer inflamado. Si le pregunta a la gente: ¿Ud. quiere que el Estado, sin preguntarle, pueda quitarle su casa o expropiarle su campo? La gente va a decir no. Eso es muy consustancial al ser humano.

¿Cómo conversan los derechos sociales en este contexto?

-El principal riesgo que veo es cuánto peso se le traspasará al Estado para que se cumpla la Constitución. Esa parte puede generar un problema mayor por la presión sobre las finanzas públicas para garantizar un bienestar social que será un derecho en la Constitución. Al ponerlo por escrito y que la gente lo exija al Estado cuando no están los recursos para otorgarlos, puede ocasionar problemas graves.

¿Cómo cuáles?

-Un caso muy observado es el de Brasil con su Constitución de 1986-87, la cual estableció que el gobierno federal traspasara recursos a los estados, pero como el gobierno federal debía seguir gastando, se produjo un déficit fiscal gigantesco y Brasil enfrentó crisis financieras grandes. El resultado es que los 25 años anteriores al cambio constitucional el país creció al 7% promedio al año, y los 25 posteriores creció al 2,5%, básicamente por la inestabilidad fiscal.

¿Usted cree que cualquier garantía de derechos pasa por un mayor peso para el Estado?

-Creo que eso tiene en mente la gente de izquierda, que la Constitución va a garantizar una pensión digna, lo cual está muy bien y todos queremos. Entonces voy al Estado y digo: ‘me tiene que pagar tanto’, eso es una presión; a menos que, como ocurre en muchas constituciones, se escriba pero no se ejerza, eso obviamente sería una desilusión tremenda. Por ello, es muy importante hablarle con claridad a la gente y decirle que aunque esté escrito, si ponen exigencias inalcanzables, la verdad no se les podrán dar.

En ese sentido, ¿qué tanto consenso cree que haya en torno a tener un Estado subsidiario?

-Hay bastante menos consenso, y sí, puede ser un tema de discusión superrelevante, y que se diga ‘queremos tener una empresa eléctrica estatal, un supermercado estatal, una farmacia estatal, etc.’. Hay gente que cree eso.

¿Usted qué piensa?

-Que no sería bueno un Estado metiéndose en todos los sectores, puede hacer dumping a la sociedad misma. La solución actual de Chile, de que hay mercados por un lado y cuando hay monopolios naturales se han regulado, me parece mucho mejor. Hay bastante evidencia de que el Estado es mejor definiendo las reglas, porque cuando es proveedor no se sanciona a sí mismo, se pierde una capa de control, y la mayoría de las veces provee mal. Si provee las carreteras, quién le va decir al Estado ‘oiga, hay hoyos’. Perderemos la posibilidad de fiscalizar.

¿Cuándo falló el Estado subsidiario, que hay un sector que lo desea cambiar?

-No creo que haya fallado la solución privada a problemas públicos, con un Estado poniendo las reglas del juego y, eventualmente, transfiriendo recursos. Lo que pasa es que la expectativa de la gente de que le entreguen mejor salud y educación se canalizó señalando que era problema de la estructura diseñada. Yo no creo eso.

¿Cuál es el problema, entonces?

-Íbamos creciendo para ser un país rico, pero veníamos de ser uno bastante pobre y, por lo tanto, no teníamos todo el músculo para entregar recursos. Creo que la gente no tiene memoria, y no tiene cómo comparar el sistema actual con otro, sino que lo compara con un ideal: la salud que se tiene con la que le gustaría, y etc., y eso es una comparación muy injusta, porque es comparar realidad con utopía.

¿O sea la sociedad estaría prefiriendo la utopía?

-Obviamente toda sociedad tiene derecho a determinar sus propias reglas y si democráticamente se determina que Chile no sea un Estado subsidiario, bueno así tendrá que ser. Creo que va a ser un error, pero como sociedad tenemos derecho a cometer errores. Pero me molesta cuando los líderes dicen, ‘si el Estado hubiese construido esas carreteras, sería más barato’. Eso es falso. Porque primero, no habría tenido la plata para construir, y segundo, cuando del Estado dependían, las carreteras eran de una vía, con hoyos, sin berma, esa es la historia. Ahí yo veo un aprovechamiento político muy fuerte, sobre todo de los sectores de izquierda, al confundir con este discurso que no es real.

¿A quién se refiere con los sectores de izquierda?

-El Partido Comunista (PC) y el Frente Amplio (FA) son los que llevan la vocería de estatizar, de eliminar el rol subsidiario, y lamentablemente la socialdemocracia, el PS, PPD y la DC, han actuado como cómplices, como corderos de esos líderes de cambiarlo todo, de que todo ha funcionado mal, y de partir de cero.

¿Qué pasó con este modelo de desarrollo que el discurso del FA y del PC ha calado en un sector de la población?

-Hay muchos ejemplos en la historia de que los países cambian cuando les ha ido un poco bien, son pocos los consistentes en el tiempo. Mucha gente puede estar descontenta del país que tenemos, pero no podemos hacer vista gorda de que es mucho mejor del que teníamos hace 20-30 años, y probablemente si seguíamos por esa senda, íbamos a seguir mejorando. Y ahora nos pusimos en una trayectoria con incertidumbre grande, una hoja en blanco en la cual no sabemos qué tipo de sociedad vamos a tener para delante. Fue un error haberse puesto en esa opción y es un triunfo muy grande de quienes plantean que el modelo de desarrollo estuvo malo.

¿Se puede reducir la desigualdad con una Constitución?

-Teóricamente se puede. Pero cuando uno mira la historia, los países que realmente han reducido la desigualdad son aquellos que han llegado a niveles de crecimiento y bienestar más altos, como los nórdicos, mientras que países que por el mero imperio de escribir en una ley pretenden ser más igualitarios, terminan no siéndolo. Yo no creo en esa magia del PC o del FA, sino que creo que los países mejoran como la tortuga, creciendo un 4% al año por varias décadas. Los países no mejoran con una bolita mágica como pretenden o creen algunos que puede hacerse.

No obstante, una de las causas del estallido de octubre es que la gente siente que el país crece más para algunos que para otros, y usted menciona los nórdicos, que tienen una tasa de impuestos mucho más alta que en Chile.

-El punto es qué es primero. Si matas la posibilidad de crecimiento por las políticas que se establecen, también matas la posibilidad de que sea un país más solidario, más integrado, con más igualdad. Eso es lo que lamentablemente está en juego acá. Si Chile hubiese seguido creciendo al 4% anual desde 2014, al final de esta década habríamos llegado a ser un país de US$ 46.000 per cápita, versus el Chile de verdad, que creció un 1,7% durante el gobierno de Bachelet y el 1% durante el gobierno actual, y el 1,8% en lo que queda de la década, con lo cual será un país de US$ 28.000 per cápita. ¿Cuál de los dos será uno más inclusivo, igualitario, más respetuoso del medioambiente? Sin duda el de US$ 46.000 per cápita, no tengo ninguna duda.

¿Es pesimista respecto del futuro?

-Soy moderadamente pesimista, porque hay gente que piensa que Chile se va a convertir en Venezuela o Argentina de un día para otro, y yo no creo en eso. Pero sí será un país de crecimiento bajo. El próximo será un año de rebote, vamos a crecer entre el 3% y el 5%, y van decir que los economistas estaban equivocados, porque dijeron que por la incertidumbre no habría crecimiento. El tema es qué pasa de 2022 en adelante, y hasta 2030 veo un país que crece cerca del 1,9%-2%, lo cual es totalmente insuficiente para eliminar la desigualdad, para sacar a la gente de la pobreza.

¿Finalmente el paréntesis fueron los 30 años de crecimiento, entonces?

-La próxima generación de chilenos va a tener muchas menos opciones que la generación actual, y ahí vamos a estar comparando. Chile va a ser un país en que se van a contar historias. Los actuales vamos a contar cuando este país crecía, cómo ocurrió, que pasamos del 50% al 8% de pobreza; cómo ocurrió, que pasamos de 100 alumnos en universidades a un millón, y las generaciones van a decir: ‘¡Qué increíble! ¿Por qué no lo podemos repetir?’.

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