Han pasado seis días desde los atentados de París y Julie Gayet (43) llega a un café del barrio VIII como lo haría cualquier ciudadano. El lugar está a cinco minutos de los Campos Elíseos, no muy lejos de la sede de la Presidencia de la República: es un jueves al mediodía, casi ningún turista se pasea por las calles y las tiendas están vacías. El miedo está en esos detalles, pero para la mayoría de los parisinos la vida continúa. El café se llena de oficinistas del sector y Gayet entra sola. Según los chismes de la prensa de farándula, un resguardo policial la acompaña en todo momento, pero, de ser cierto, su presencia es imperceptible. Lo que la convoca aquí no tiene nada que ver con el bullicio mediático y con los flashes de los paparazzis que la persiguen desde que se reveló su relación con el presidente de Francia, François Hollande, a inicios del año pasado. Julie Gayet está aquí para hablar de su papel como productora de La voz en off, la última película del director chileno Cristián Jiménez.

Sobre el rol del cine tras los atentados en París, dice: "Hay una responsabilidad moral en todo lo que se filma y se monta. Y es necesario, en momentos como el que estamos viviendo, continuar rodando, escribiendo, creando  humor, mezclando géneros".

Durante los últimos meses, su cara ha aparecido en la portada de casi todas las revistas francesas —Le Nouvel Observateur, Paris Match, Grazia, Elle—, pero los medios que han logrado una entrevista con ella pueden contarse con los dedos de las manos. De su vida privada no habla jamás y es lógico: su nombre tiene peso por sí solo en la industria del cine desde hace varios años. Ha actuado en casi 50 películas, entre ellas la mítica Bleu (1993) de Krzysztof Kieslowski —donde tuvo una aparición breve—, Las cien y una noches (1995), de Agnès Varda, en la que actuó junto a Michel Piccoli, Marcelo Mastroianni y Jean-Paul Belmondo; y Quai d'Orsay (2013), de Bertrand Tavernier. No es un rostro muy familiar para el público masivo, pero en el medio profesional es una productora conocida y respetada desde que fundó, hace ocho años, la empresa de producción Rouge International.

Luego de dirigir el documental Cinéast(e)s (2013-2015), sobre la posible existencia de un cine de mujeres y un cine de hombres, la prensa se empecinó en definirla como "independiente" y "feminista", pero Gayet prefiere dejar hablar a los medios mientras ella se dedica a lo suyo. Tras los atentados, sus actividades continuaron como siempre, y en estos días se ha dedicado a apoyar sus películas —en su mayoría extranjeras— en distintos festivales.

Francia es uno de los países que más dinero destinan para coproducciones internacionales: en el caso chileno, películas como Machuca, No, Huacho y Matar a un hombre se han financiado en parte con dinero francés. La lista es larga: desde 1992, Chile y Francia tienen un acuerdo de coproducción que permite a los filmes tener una "doble nacionalidad" para obtener fondos en ambos países. Aunque en Francia se financian unas 50 películas extranjeras al año, coproducir sigue siendo un riesgo que muchos están dispuestos a correr. Gayet es un ejemplo: junto a su socia Nadia Turincev se ha dedicado a apoyar un cine de autor de países como Senegal, Palestina y Chile, que está lejos de una ambición comercial.

La productora llega al café saludando a la gente del local con una sonrisa. La primera impresión es que su imagen no tiene nada que ver con el cliché de la mujer de negocios dura y ejecutiva: es risueña, dulce y amable —en algo recuerda a Audrey Hepburn—, pero detrás de esa apariencia hay una mujer fuerte e influyente en el área político-cultural. Aparte de Rouge, tiene otras empresas de producción, entre ellas Cinémaphore, con la que se propuso atraer inversionistas privados al cine para replantear un modelo francés que depende de los fondos públicos. "Tomar una cámara es un acto político", afirmó en la revista Grazia, lo que hace inevitable la pregunta por la misión del cine en el contexto de horror que vive Francia hoy. Antes de responder, Gayet guarda silencio por largos segundos. "Necesito pensar la respuesta", dice con una sonrisa. El viernes de los atentados estaba en Canadá, participando en un focus que se hizo sobre ella en el festival Cinémania.

—Hay una responsabilidad moral en todo lo que se filma y se monta. Es una de las razones por las que hago este oficio de productora, en el que se eligen temas y directores que tienen una cierta mirada sobre el mundo. Y es necesario, en momentos como el que estamos viviendo, continuar rodando, escribiendo, creando con matices, con humor, mezclando géneros. Es el tipo de películas que produzco. Pero si respondo de forma más general, como ciudadana, creo que la cultura es el mejor lugar de encuentro, el mejor lugar para quitar los miedos y las diferencias. Hay una frase muy bella de Winston Churchill que un amigo me mandó —Gayet saca su teléfono y lee—: "Cuando el Parlamento le anunció a Churchill que quería reducir el presupuesto de cultura para aumentar los esfuerzos de guerra, Churchill respondió: '¿entonces para qué hacemos la guerra?'''.

La actriz sonríe al pronunciar esas palabras.

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Julie Gayet y Cristián Jiménez se conocieron en el Festival Internacional de Tokio 2009, cuando el director chileno presentaba su película Ilusiones ópticas, su debut en el largometraje, y ella exhibía su primera producción, Huit fois debout, del francés Xabi Molia, en la que fue la actriz principal.

—Fue un encuentro, una conversación; un poco como un Perdidos en Tokio en el pasillo del hotel, a las 4 o 5 de la mañana, cuando uno se despierta y dormir es imposible. Luego nos habló (a ella y a Nadia Turincev) de su próximo proyecto, Bonsái. Nos volvimos a ver en París cuando obtuvo la beca de escritura de la Cinéfondation de Cannes y pasó un tiempo aquí. Todo fue lógico. La temática de la película me tocaba personalmente, porque viví con un escritor, argentino, pero un escritor igualmente —cuenta Gayet, que estuvo casada por tres años con el novelista, guionista y director Santiago Amigorena.

Bonsái, seleccionada en la sección Un certain regard de Cannes 2011, es una adaptación de la novela homónima de Alejandro Zambra, en la que Jiménez retrata la vida de Julio (Diego Noguera), un aspirante a escritor enredado en una mentira que lo lleva a reconstruir, años más tarde, su primera historia de amor. La película fue coproducida en Chile por Jirafa y en Francia por Rouge International, que a esa altura tenía en su catálogo apenas dos filmes. La afinidad que sintió con el cineasta fue instantánea:

"Me sentí muy cercana a su cine. Me atrajo la forma en que hace sus elipsis, la manera en que filma, el modo de contar sus historias, donde nada es blanco o negro y siempre hay matices", dice Gayet sobre Cristián Jiménez.

—Cuando miro el cine de Cristián tengo la impresión de que me reconozco en algo universal, y desde que creamos Rouge nuestro lema fue: "Lo universal comienza cuando ampliamos los muros de nuestra cocina". Quisimos apoyar a cineastas jóvenes con los que nos identificamos y que provienen de lugares donde no es fácil encontrar filmes. Hacemos que esas películas existan y, más que eso, las promovemos y hacemos que sean vistas. El sistema francés es maravilloso para producir, pero también para distribuir, ya que aquí es muy importante que haya salas de cine diversas que propongan otra cosa que blockbusters.

La presencia del cine chileno en los cines de Francia es más alta que en cualquier otro país del mundo, pero aun así, apadrinar a un cineasta nacional no es una decisión obvia en términos de negocio, ya que nunca es simple financiar cine de autor, menos aún extranjero. A pesar de eso, no es raro que a las películas chilenas les vaya mejor en Francia que en Chile: No tuvo 279.391 entradas versus las 210.477 de las salas chilenas, y Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán, atrajo a 70 mil espectadores, frente a casi 47 mil en Chile. Machuca (312.713 en Francia, 656.599 en Chile) y Gloria (123.211 en Francia y 144.603 en Chile) son excepciones, pero sus cifras son la prueba de que Francia es la capital de "los cines del mundo".

Gayet no había visto demasiado cine chileno antes de conocer a Cristián Jiménez, pero en vista de la afinidad que los unió, la nacionalidad pasó a ser una anécdota.

—Me sentí muy cercana a su cine. Me atrajo la forma en que hace sus elipsis, la manera en que filma, el modo de contar sus historias, donde nada es blanco o negro y siempre hay matices. Podría hablar de esto por horas: me encanta su escritura, su humor, su poesía —explica respecto de Jiménez, autor de un cine personal, intimista, centrado en una generación joven que se cuestiona—. Cuando creamos la productora dijimos que crearíamos el "sindicato de la duda", porque la gente que no duda es muy sospechosa, ja ja ja. Es muy importante mirar el techo una hora por día. No quiero explicar esto con palabras. Es por eso que produzco: no tomo mucho la palabra, porque si uno ve lo que produzco, puede entender quién soy.

La voz en off, que fue estrenada en el Festival de Toronto, compitió en San Sebastián y llegó a salas chilenas en noviembre, es el tercer largometraje de Jiménez. Está protagonizada por Ingrid Isensee, Paulina García, Shenda Román y Cristián Campos, y narra la historia de Sofía, una madre de 35 años recién divorciada, que lidia con secretos familiares y el regreso de su hermana. El guión está marcado por el humor e ironía típicos de Jiménez, y aunque lo escribió él junto a Daniel Castro, titiritero y guionista de 31 Minutos, Gayet —que nunca ha estado en Chile— también participó a distancia en el proceso de creación.

—Cuando empezamos a trabajar en Bonsái nos mandaba montajes por WeTransfer y hablábamos por Skype mientras él montaba. En La voz en off seguimos la escritura, hicimos comentarios, pero sólo en lo que él necesitó y cuando lo necesitó. No quiero entrar en detalles sobre cómo trabajamos, porque siento que es revelar algo que nos es íntimo. Cristián ha vivido en mi casa en momentos de escritura, de promoción, de posproducción; a veces pasamos días sin hablarnos estando uno al lado del otro y de repente conversamos sobre el guión o la vida. Es muy gracioso.

Gayet cuenta que le propuso al cineasta hacer una película en Francia, una adaptación de El camino de los difuntos, novela del escritor francés François Sureau sobre la guerra de España; una historia sobre refugiados políticos que no tiene relación con Chile, pero cuyo tema no se aleja demasiado de la historia reciente del país. Frente a la pregunta sobre qué imagen tiene de Chile a través de los filmes de Jiménez, la productora responde entre risas: "una mezcla entre Buenos Aires y Montevideo".

—Lo que veo en realidad es una especie de proximidad entre Chile y los países del Este (de Europa) en cuanto a la dificultad que se vive ante la oleada de películas con la que Estados Unidos inundó su mercado. A pesar de esa oleada, Chile está ahí, están sus artistas, en la fineza de sus ideas, en la reflexión. En eso estamos muy cerca —opina Gayet, defensora tenaz de un cine que, por sobre el color de sus banderas, habla un lenguaje universal.