En 2005, cuando decidí estudiar un máster en Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, lo hice porque convivían allí dos nombres que venían rondando hace rato en mi cabeza. Dos economistas: Paul Krugman y el reciente ganador del Premio Nobel, Angus Deaton. Yo venía de trabajar en el Ministerio de Hacienda y luego en Presidencia, con Ricardo Lagos, y me había tocado el financiamiento del Plan AUGE y del Chile Solidario. Ya entonces el tema de la desigualdad se veía como algo muy fuerte en el futuro de Chile. Y en ese terreno, el nombre de Deaton se me cruzaba una y otra vez.

Cuando lo conocí, me pareció un tipo sencillo. No era el típico economista rockstar que viaja por el mundo. Se notaba que era de la vieja guardia: andaba con su humita, su camisa blanca, sus papeles llenos de datos, siempre con tiempo para conversar con sus alumnos. Lo interesante de que le hayan dado el premio a él, es que la Academia vuelve a poner en primer plano la importancia de la evidencia empírica, en un momento en que se discuten grandes reformas en todos lados. Las discusiones de desigualdad, bienestar y salud ponen sus estudios en la palestra. Claro que Piketty o Acemoglu tienen más citas en redes sociales que él, pero gran parte de la base de sus trabajos es Deaton.

De su clase aprendí a ser menos ideológico. A basarme en evidencia, quitarme los prejuicios. Decía, por ejemplo, que crecer por crecer no tiene sentido. Que está bien crecer, pero tenemos que crecer todos.

En la universidad hacía un electivo sobre salud, desigualdad y bienestar. Éramos 25 alumnos, y había mucha discusión. Su clase no era con tiza y fórmulas matemáticas: leíamos mucho sobre pobreza y desigualdad, lo que pasaba en África e India, tratando de entender qué se podía hacer. Yo sabía que era un tipo muy minucioso con los datos, que investigaba mucho, y se decía que había unido la macroeconomía con la microeconomía. Él siempre decía: "Ver todo agregado no sirve, tenemos que ir al origen de la persona". Esa idea suya de ir al individuo era muy atractiva. Él cambiaba desde dónde mirar el problema, y era muy empírico: todo tenía que tener evidencia, la opinología no estaba permitida. Una pregunta típica suya sería: "Yo le paso el mosquitero a una persona en África, en un lugar con malaria. ¿Por qué no lo usa?". Ese tipo de análisis de impacto, que racionalmente parece fácil y obvio, pero que si te metes en las verdaderas decisiones de consumo de los individuos, te das cuenta que no lo es.

Creo que en Deaton hay mucho aprendizaje para Chile.

La Comisión Engel va de la mano con su último libro, que tiene la tesis de que el mundo está mucho mejor hoy, pero seguimos con altos niveles de desigualdad y un porcentaje no menor de la población que no está mejor, y para cambiarlo los gobiernos deben crear buena capacidad institucional. Reformas claras: si vamos a hablar de la reforma educacional, saber de qué estamos hablando, no estar tantos meses después sin conocer cuántos recursos se entregarán a las universidades. Chile sigue siendo muy desigual, y Deaton pensaría que nuestras políticas de gobierno son muy centralistas, cuando las realidades en Temuco y en Arica son superdistintas, con individuos y contextos diferentes.

Es difícil en nuestro país encontrar economistas que enfoquen las cosas así. Si miras la discusión de la reforma tributaria, hay mucha ideología detrás de ambos lados. Y eso es lo más interesante de Deaton: a diferencia de Piketty y otros economistas mediáticos, era un tipo muy poco ideológico. Era difícil saber en qué creía. Lo seguro es que no creía en nada hasta que los datos no lo mostraran. Por eso tiene pocos críticos: es pura evidencia. Él cree en hacer la economía desde las bases, desde los datos, y a partir de ellos pensar. Ponía la pelota contra el piso. Nos demostraba que lo que funcionaba en el Congo no tenía por qué funcionar en Mozambique. Y eso es interesante para Chile, porque nuestras políticas de productividad suponen que en todos lados somos iguales, pero un consumidor de Cerro Navia no toma la misma decisión que uno de Las Condes. Por eso importa tanto un buen censo, una buena Casen, porque es la forma de agregar comportamiento desde el individuo y entonces maximizar el impacto de las políticas públicas.

Creo que si Deaton mirara a Chile, se metería en el tema institucional, buscando certezas, levantando datos concretos, sin ideologías. Recuerdo una conversación en clases en donde me preguntaba por qué Chile era tan desigual, si a la gente le importaba o no. Le daba la sensación de un país contenido. Le llamaba la atención que fuera tan bien estructurado institucionalmente, pero que tuviera esa desigualdad. La idea era cuánto se demoraría en explotar.

De su clase aprendí a ser menos ideológico. A basarme en evidencia, quitarme los prejuicios. Decía, por ejemplo, que crecer por crecer no tiene sentido. Que está bien crecer, pero tenemos que crecer todos. Y yo venía de la UC, que era bien Chicago, donde te decían que mientras los países crezcan, no importa la desigualdad. Si todos crecen, y los pobres son menos pobres, y pueden consumir televisores o autos, qué importa que la diferencia salarial entre un gerente y un obrero sea más de 25 veces. También se metía con las elites, cómo han capturado los poderes. El problema de que dos o tres tomen las decisiones en su beneficio, y no de los demás. Extrapolar que todo el consumo se comporte igual a esas dos o tres personas, cuando la realidad no es así.

Si se pudiera sacar un mensaje de este premio para los chilenos, pienso que sería ese: un llamado a desideologizarse. A ver qué país queremos, a tener una visión de Estado. No sentarnos a discutir por qué unos odiamos a las AFP y los otros las amamos. Ir a la evidencia. Imagínate que hoy pudieras demostrar que los vouchers son una buena idea: la izquierda tradicional no lo aguantaría. O si dices que tener más sindicatos sería bueno: la derecha tradicional tampoco te lo aceptaría. Nos cuesta mucho hilar fino. Él trataría de ver si hay lógica detrás de las reformas del gobierno, y de meterse fuerte a analizar de abajo hacia arriba. Ver los datos y ver qué me dicen que tengo que hacer. Luego se sentaría con un buen plato de comida —es un buen cocinero— y junto a su señora, la economista Anne Case, seguirían en una conversación distendida con muchas preguntas y pocas respuestas.