El cine chileno: entre el Oscar y la sala a medio llenar

Chile conquistó hace un mes el Oscar a Mejor Película Extranjera, pero en 2017 tuvo la peor asistencia en lo que va del siglo XXI, con 266 mil espectadores. Directores, productores y autoridades buscan explicar el diálogo de sordos entre nuestro cine y su apática audiencia.


En el año 2010 importaron más el terremoto, el fútbol y los mineros. La tragedia del 27 de febrero, la participación de Chile en el Mundial de Sudáfrica y la ordalía de los hombres de Copiapó superaron todas las ficciones nacionales posibles. No es raro entonces que durante un buen tiempo el año 2010 figurara como el año de más baja asistencia a las películas locales en lo que va del siglo XXI, con sólo 350.075. La más vista, sintomáticamente, fue el documental Ojos rojos, sobre la campaña clasificatoria de la Selección Nacional. Es decir, una variación sobre la realidad.

Aquel dato estadístico fue destrozado el año pasado. De acuerdo al último informe de Oferta y Consumo de Cine en Chile del Consejo Nacional de la Cultura (actual ministerio), las salas locales recibieron más de 27 millones de espectadores, pero solo 266 mil escogieron filmes chilenos. O sea, un 0,96% de toda la población que fue a ver cine a salas en el país. Fue, paradójicamente, el año en que se estrenó Una mujer fantástica, la película que terminó de sellar el prestigio del cine chileno en el extranjero tras ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera hace un mes.

Ni México ni Brasil tienen tal premio en la región, países que, según datos oficiales, ostentaron en 2017 un 5,9% y un 9,6% de público para sus propias películas. Argentina, con dos Oscar extranjeros, tuvo en 2017 cerca del 13% de espectadores para sus cintas.

Pero Chile es a estas alturas un caso de estudio. Una paradoja. Con más de 40 estrenos al año, el cine nacional es proporcionalmente uno de los más activos en la región. No pasa un año en que un largometraje local no esté en algún festival de primer nivel.

Precisamente Una mujer fantástica, con una recaudación de un millón 757 mil dólares en EE.UU. (según datos de Box Office Mojo) llevó el año pasado en el país sólo 54.481 espectadores. Con esa cifra, fue la más exitosa de 2017. Le siguió Se busca novio.. para mi mujer, de Diego Rougier, con 51.794. El resto fue un naufragio bajo los 25 mil espectadores por cada título.

A veces este panorama parece un callejón sin salida o al menos una calle oscura: en 2017 hubo 48 estrenos, con un promedio de cinco mil personas por largometraje nacional. Se trata de la asistencia más baja en lo que va del siglo XXI. Retrospectivamente, en 2016 el público de cine chileno fue de un millón 779 mil espectadores (ese año Sin filtro llevó un millón 284 mil); en 2015 hubo 926 mil; en 2014, fueron 582 mil; en 2013, un millón 684 mil (fue el año de El ciudadano Kramer); en 2012 se marcó el récord de dos millones 500 mil espectadores (con Stefan vs. Kramer, la cinta más taquillera de la historia del cine chileno ), y en 2011 se cortaron 904 mil tickets.

Un arte frágil

Si se miran más de cerca estos datos, se advierte que cuando la taquilla explota es porque una producción en particular llevó la mayoría de público. Son los casos de las cintas con Stefan Kramer en 2012 y 2013, y de Sin filtro, de Nicolás López, en 2016. Comedia pura en ambas situaciones.

Los datos de los números brutos suelen incomodar a los cineastas y productores locales, pero no eluden la pregunta acerca de la desconexión con la audiencia.

Sebastián Lelio (1974), director de Una mujer fantástica, esboza el siguiente análisis: “Nuestro cine es aún frágil. Estamos creciendo y creo que debemos también aprender a escucharnos y a vernos en la pantalla, algo a lo que los chilenos no estamos tan acostumbrados”. Añade: “Me parece injusto no hablar de la taquilla de una película fuera del país. Por ejemplo, Gloria la vieron 150 mil personas en Chile y cerca de un millón en el extranjero. De la misma manera, No, Neruda o Una mujer fantástica han llevado mucho público en el mundo”.

Lelio, que actualmente está en la posproducción del remake de Gloria con Julianne Moore, concede que el espectador chileno no es fácil y que parte de la solución viene de antes: “Todo esto es un proceso largo. Si no hay una formación de audiencias, vamos a seguir con el mismo problema por años. Así como se leen libros chilenos clásicos, también debieran mostrarse las películas chilenas en las aulas”.

En ese terreno parecen moverse las próximas políticas del recientemente creado Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio. La ministra Alejandra Pérez lo explica así: “Hay un programa de creación de público para las películas nacionales que comienza el segundo semestre de este año, con énfasis en los niños y estudiantes. Llevaremos películas a las aulas”.

Consultada por los números de asistencia en 2017, la autoridad dice: “Cultura no es solo venta de boletos. A lo mejor los tickets cortados de Una mujer fantástica no son muchos, pero la película, su actriz y su temática sobre la exclusión y la capacidad de empatía llegaron a la mesa y a las conversaciones de cada familia chilena. Fue un fenómeno social y político. No hubo nadie en Chile que no hablara de la película, movió conciencias y traspasó fronteras”.

En otras palabras, para la autoridad cultural la desconexión con las audiencias no es categórica si filmes como Una mujer fantástica se instalan en la discusión nacional. Pero ¿a cuántos involucra esa discusión? ¿Es el gran público que compra la entrada en el mall?

El actor y director Boris Quercia (1967, Sexo con amor) estrena este año su nueva comedia, ¿Cómo andamos por casa?, y aterriza algo las cosas. “El ir o no ir a ver una película nacional pasa por muchos otros factores, y el más importante es que cuando estás en el hall del cine viendo toda la oferta de las salas, debes tener una razón de peso para ir a ver esa película chilena en desmedro de otra hollywoodense. Esa razón de peso comúnmente es: “‘Un amigo la vio y me dijo que es súper buena’”, señala.

El quinto elemento

Pero para Sebastián Freund, director y productor de Stefan vs. Kramer y productor de El bosque de Karadima, al cine no se llega tanto por recomendaciones de amigos, sino que por campañas de marketing bien hechas. “No hay que tener miedo de decir que el cine es un producto. Y como tal, hay que promocionarlo”, dice.

“El problema es cómo comunicamos y hacemos visible la existencia de esas películas a la gente”, prosigue Freund. “De acuerdo a mi experiencia, lo más importante es plantear una buena estrategia de distribución. Hay que hacer conocida la propuesta antes de que se estrene, de lo contrario, es imposible que le vaya bien. Hay que hacerla existir”, explica el productor, quien apunta que se debe analizar la audiencia de cine local no solo a partir de los datos de 2017, sino que de al menos cinco años antes. Para él, no hay desconexión entre películas y espectadores. “En Chile hay público para el cine. Stefan vs. Kramer y El bosque de Karadima (2015) o las películas de Nicolás López lo prueban”, grafica.

Quien no cree en las fallas de funcionamiento tipo marketing a las que alude Freund, sino que estima que la crisis de público es una cuestión grave y estructural es Bruno Bettati, socio productor de Jirafa (Los perros, El Cristo ciego) y ex asesor en la Secretaría General de Gobierno y en el Consejo de la Cultura.

“Yo no responsabilizaría a los directores, al guión, a la producción, a la calidad técnica ni tampoco al marketing. El problema es el quinto elemento: la audiencia chilena”, sostiene Bettati. “Y no creo que se resuma en un problema de ‘formación de público’. La audiencia chilena desprecia su cine: se nota en que lo encuentra caro, pero cuando se hacen funciones gratis solo va un 50%. Peor aún, en redes sociales se observa un comportamiento altamente crítico de parte de personas que ni siquiera han visto las películas. Ninguna campaña de marketing puede revertir eso. Los chilenos demuestran gastar más tiempo y dinero en otras cosas”.

El realizador Andrés Wood (1965), que con Machuca y Violeta se fue a los cielos llevó 656 mil y 387 mil espectadores, respectivamente, conjuga varios factores al explicar un panorama que para él efectivamente muestra una falta de diálogo con el público. “Hay dificultad de financiamiento de películas con factura más industrial, falta de presupuestos y estrategias de distribución, y hay una mirada (de parte de los cineastas) que busca mostrar nuestra realidad más al mundo que a los chilenos”, resume Wood.

Cuando se le pregunta por la escasa oferta en Chile de un cine con buena factura industrial y nivel artístico (similar a lo que pueden hacer en Argentina Pablo Trapero, director de El clan, o Damián Szifrón, director de Relatos salvajes), Wood también apunta a grietas graves del país: “Acá es muy difícil levantar proyectos así. En Argentina esas películas cuentan con un apoyo decidido del Estado. Cada una de ellas recibe mucho más de lo que entrega el Fondo Audiovisual Chileno a los largometrajes de ficción. Además, allá están dados los puentes para que la televisión sea parte de la producción y promoción”.

Sobre aquella tradición transandina por las películas de llegada más amplia, el crítico de cine Héctor Soto matiza: “Argentina tiene una vocación de cine masivo que es mayor que la de Chile, pero también posee una buena cantidad de películas de autor. Es una cuestión de volumen”, dice sobre una actividad que ostentó 198 estrenos en 2017.

A la larga, es probable que un mercado pequeño con público apático exija demasiada buena fortuna. Salir al exterior es la estrategia que, por ejemplo, viene aplicando hace años la productora Fábula, de Juan de Dios y Pablo Larraín. “Reconozco su talento para pensar las películas no solo para Chile. Hay que tener espaldas económicas para hacerlo, pero ven el cine con una mentalidad global y no provincial o municipal”, argumenta Soto.

Aún así, cabe preguntarse: ¿Qué sucede con los que no tienen las espaldas para salir? Marcelo Ferrari (1962), realizador de Sub Terra (460 mil espectadores en 2003) y director de la carrera de Cine en la Universidad del Desarrollo, plantea primero salir del “chaqueteo y autoflagelamiento hacia el cine nacional” y luego buscar una solución a nivel escolar, como lo sugiere también Sebastián Lelio: “Si en los colegios el cine o la literatura tuvieran el lugar que deberían tener, las cosas serían muy diferentes. Lamentablemente, nuestro país ya no es el mismo en términos culturales que en los años 60”.

Pero ¿hubo realmente más interés en las artes en los años 60 o es solo un espejismo de la nostalgia? Si lo es, no hay mejor remedio que atenerse a los datos de la causa de hoy: el público tocó fondo en 2017, pero pocos meses después Chile conquistó el Oscar a Mejor Película Extranjera. Debe ser la mejor campaña de marketing para que la audiencia no siga gastando más tiempo y dinero en otras cosas.

Seguir leyendo