Los archivos de Hannah Arendt se abren al público

Autor: Pablo Marín

Hannah Arendt (1906 - 1975) fue una de las teóricas más influyentes del siglo XX.

La Biblioteca del Congreso de EEUU digitalizó 25 mil ítemes documentales fechados entre 1898 y 1977. Ensayos, borradores de libros, conferencias y cartas permiten reperfilar a la autora de Los orígenes del totalitarismo.


Una manera de saber si las reflexiones de alguien han calado en las sociedades, se lea poco o mucho a ese alguien, pasa por la recurrencia con la cual volvemos a ellas. Aunque sea como enunciados con cara de lugar común. Tal es el caso de Hannah Arendt (Hannover, 1906 – Nueva York, 1975).

Sea por el uso o el abuso de la expresión con que definió la dimensión rutinaria del sistema nazi de exterminio (“la banalidad del mal”); por la película de Margarethe von Trotta que la muestra como testigo del juicio a Adolf Eichmann en Israel (Hannah Arendt, 2012), o por el alza inopinada en las ventas estadounidenses de Los orígenes del totalitarismo (1951) tras la elección de Donald Trump, suele haber razones para que el presente nos traiga de vuelta a esta intelectual pública y polémica. Y en esta línea, 2018 marca un hito.

Quien quiera, por ejemplo, darle vuelta hoy al manido ítem de la “posverdad”, cuenta desde hace poco con material inédito con el cual apertrecharse, gentileza de una Hannah Arendt que llega casi a asomar como visionaria. Desde fines de febrero hay disponible en la Biblioteca del Congreso de EE.UU. un texto mecanografiado, con correcciones de puño y letra de la autora. Se trata de una conferencia de título decidor: El rol de la mentira en la política.

El documento no tiene fecha, pero queda claro que se ha escrito poco después de que se hicieran públicos los Archivos del Pentágono, en 1971. Igualmente, lleva el título que lleva, pero a lápiz se consignan otros posibles (“¿Cómo pudieron?”, “Qué falló en EE.UU.”). Aclara su autora, al inicio, que escogió su tema mucho antes de que se destaparan los Pentagon Papers y que este es tan viejo como la política. “La mentira no se coló accidentalmente en la política a causa de la maldad humana”, expone Arendt, “y la indignación moral no la hará desaparecer”. Por entonces no se hablaba de posverdad, sino de “brecha de credibilidad”, que ella considera un eufemismo que no da cuenta de lo vulnerables que son los hechos frente al engaño sistemático.

Puesto al frente del ensayo que escribió a este respecto para The New York Review of Books (Lying in Politics: Reflections on The Pentagon Papers, de noviembre de 1971), las similitudes son varias. Pero el texto es distinto y ahora está a disposición del público junto a otros 25 mil ítemes documentales (parte de ellos disponibles en línea), donde hay otras conferencias, además de ensayos, correspondencia personal y profesional, borradores de libros, contratos editoriales, notas de clase y un vastísimo etcétera. Material de sobra para reperfilar al personaje y para repensar una era.

Antes de nacer, después de morir

“Entrar al mundo de Hannah Arendt supone enfrentar las catástrofes políticas y morales del siglo XX”, plantea a modo de presentación Jerome Kohn, director del Hannah Arendt Center de la New School University, entidad neoyorquina en cuyas salas de lectura los investigadores pueden acceder al material recién liberado (los otros son la mencionada Biblioteca del Congreso en Washington, y el Hannah Arendt-Zentrum en la U. de Oldemburgo, Alemania). Y agrega que la digitalización y la puesta a disposición del público es un acto político y filantrópico, que preserva un legado al tiempo que lo hace accesible para un público mucho mayor del que había sido previamente posible.

Entre los archivos, que van de 1898 a 1977, hay anteriores a su nacimiento y posteriores a su muerte, aunque el grueso del material arranca en 1948, tres años antes de que se convirtiera en ciudadana estadounidense (y siete años después de huir de un campo de detención en Francia con rumbo a España, luego a Portugal y finalmente a Nueva York, manejando entonces poco o nada el idioma inglés). La colección documental está dividida en nueve secciones: Archivos familiares, Correspondencia, Archivo Adolf Eichmann (asociado a su libro más polémico, Eichmann en Jerusalén), Archivo de temas, Archivo de discursos y escritos, Recortes y tres secciones de complementos o añadidos.

Lo relativo a la primera parte de su vida incluye unos pocos escritos y libretas de notas, registros oficiales sobre la historia familiar y sobre el divorcio de su primer marido, así como las cartas con su segundo esposo, Heinrich Blücher. Y en lo que sigue, lo más enjundioso, hay de todo un poco: tesistas en busca de orientación, programas académicos, ensayos sobre algunos de sus temas predilectos (totalitarismo, pluralismo, revolución) y correspondencia con poetas como W. H. Auden y Robert Lowell, miembros de la Escuela de Frankfurt como Theodor Adorno y Walter Benjamin, historiadores como Joachim Fest y Carl J. Friedrich, y escritores como Dwight Macdonald y Philip Roth. Las misivas que pueden consultarse en línea de este último, datadas entre 1973 y 1975, son elocuentes respecto de su admiración por Arendt, a quien felicita por una edición de escritos del mencionado Benjamin y envía ejemplares de una colección de autores de Europa Oriental de la que se ha hecho cargo.

Con el paso de los años, Arendt amplió sus campos de interés a ítemes como la “búsqueda de la felicidad”, consagrada en la Declaración de Independencia del país que la acogió por más de 30 años y que figura en uno de sus escritos de 1960, hoy digitalizado: Action and the pursuit of happiness (“¿No es acaso un axioma entre nosotros que el fin último del Gobierno, y la primera ley de toda acción política, sea la promoción de la felicidad de la sociedad?”). Otro tanto, y he acá un tema que la ocupó largamente, es la reconsideración de Karl Marx y del marxismo, cuestiones donde a su juicio campearon la porfía ideológica y una cierta pereza intelectual consistente en no ir a las fuentes originales.

Así, en Karl Marx and the tradition of political thought (1953), inscribe al autor de El Capital en una línea occidental de pensamiento y lo libera del cargo de inventor de la lucha de clases, aunque también lo lee de cara a la instalación de los totalitarismos nazi y comunista: por de pronto, escribe, “el hecho es que hay una conexión más directa entre Marx y la dominación bolchevique -y sus movimientos totalitarios en países no totalitarios- que entre el nazismo y cualquiera de sus así llamados predecesores”.

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