Las sombras del entrenador de gimnasia

Autor: Ignacio Leal

Achondo, la semana pasada, en un entrenamiento. Foto: Sebastián Brogca.

La mala fama de Cristian Achondo, 65 años, histórico formador de gimnastas chilenas. Acusaciones de malos tratos y excesos de cariño con las pupilas a las que dirige ahora salen a la luz. Algunas son de hace un decenio; la última, en manos de la Federación, de noviembre.


Algo le pasa a Paula Carvajal (20 años). Noviembre de 2017, Santa Marta, días previos a los Juegos Bolivarianos, a los que acude representando a Chile por primera vez. Está subida a la viga, pero quieta, con la mirada aterrorizada, no se atreve a saltar. No es la primera vez que el pánico la bloquea durante esas semanas. Cristian Achondo (65 años), su entrenador, histórico formador de gran parte de las mejores gimnastas chilenas en los últimos 30 años, se le acerca y la abraza. Eso es lo que ven todos en el gimnasio. Lo que no se ve es lo que luego cuenta la gimnasta, que unas palabras al oído la destrozan: “Cabra de mierda, estás gorda, por eso no haces los saltos”. Y que para dejar aún más claro su enfado y autoridad, Achondo le pellizca la barriga tan fuerte como puede.

La gimnasta se reservó el derecho al llanto para el primer espacio de intimidad al que pudo acceder. Su último llanto. Al volver a Santiago, denunció a su entrenador ante la Federación. Y dejó su equipo.

El historial de acusaciones similares contra Achondo es amplio. Basándose en la premisa del todo vale con tal de alcanzar el éxito en el alto rendimiento, ha formado y deformado carreras, mentes, egos y dignidades de varias niñas a las que ha entrenado. O eso dicen algunos de los que han trabajado con él o a su lado. Su fuerte personalidad y discurso envolvente, sostienen, lo han mantenido escudado. Aseguran que todos lo saben. Y que muchos lo callan.

Paula no quiere detallar el episodio. Sólo lo reconoce: “La situación que viví la formalicé en una carta a la Federación y para mí es una etapa cerrada. Por eso hice formal mi denuncia, para que las autoridades tomaran las medidas pertinentes y detuvieran este tipo de abusos”.

La Federación admite el suceso, pero se escuda en el silencio. Responde con un correo electrónico: “Para esta Federación este tema es muy importante y a la vez delicado; es por tal motivo que hemos sido muy respetuosos con los involucrados y por supuesto que hemos llevado a cabo los procedimientos definidos para estos casos. Actualmente está en las instancias que corresponden, por lo que se deben respetar sus tiempos y los procesos que se lleven a cabo”.

Franchesca Santi, seleccionada nacional de gimnasia y una de las actuales alumnas de Achondo, 15 años a sus órdenes, es rotunda: “Nunca nos ha tocado, ni golpeado. A lo más hay gritos, pero nunca malas palabras. En los Bolivarianos hubo que retar mucho a Paula porque no estaba conectada. Como que tenía una crisis de pánico ante la competencia, estaba bloqueada y entorpecía al equipo. Por eso es que Cristian la retaba. Pero nunca la pellizcó o trató mal, como dice en su carta. Si Cristian lo hubiera hecho, ella me hubiese dicho algo. Pero nunca me lo comentó. Cuando llegamos a Chile, nos enteramos de esta carta”.

La denuncia pasó al tribunal de arbitraje del Comité Olímpico de Chile, donde permanece en pausa por propia decisión de Paula: le pidieron una nueva carta, pero no quiso continuar con el proceso. Este incidente, ocurrido en noviembre, se suma al que dicen haber soportado otras niñas y jóvenes durante años. Gimnastas que pasaron por las manos de Achondo aseguran haber sido víctimas de vejaciones, golpes, pellizcos y malos tratos reiterados. Pocas se atrevieron a acusar. Pero ahora, ante el clima casi mundial de denuncias de este tipo, esas niñas, hoy adultas, desclasifican episodios que hasta hoy, dicen, las atormentan.

Marcela Álvarez es una de ellas. Se hizo gimnasta a los 11 años, cuando en 2001 llegó al Gimnasio Andino de Viña del Mar, el centro de operaciones de Achondo. Una amiga le prometió que de su mano se transformaría en una de las mejores de Chile. Pero asegura que fueron los años más tristes de su vida: “Cristian les dijo a mis papás que tenía que estar con él, salirme del colegio para entrenar todo el día. Que debía cambiarme a un colegio con exámenes libres. A mis papás les costó, pero acabaron convencidos”, relata Álvarez, que fue parte de la selección chilena durante años. Hoy, a sus 28 años y ya hecha una entrenadora, se esfuerza por desentrañar todo.

“De ahí en adelante todo lo que él decía se hacía al pie de la letra”, continúa. “De a poco iba dando instrucciones y mis papás las acataban, como yo”. En su carrera, Achondo ha destacado por formar a las gimnastas capaces de realizar los ejercicios más complejos, su principal argumento para convencer a apoderados y discípulos. “Ése es su fuerte. Lo que no se sabe es que lo logra con golpes, con amenazas, convenciendo a los papás de una realidad que no corresponde. Ahora, con 28 años, me doy cuenta, pero de niña para mí era normal”, añade la profesora de educación física.

Achondo, a la derecha, con el equipo chileno en los Bolivarianos de noviembre pasado. Paula es la segunda de las gimnastas por la derecha. Foto: Team Chile.

Más pellizcos

“Hubo una ocasión en que yo no podía hacer un ejercicio en la viga y me pellizcó y me pegó. Me gritó tanto, que me hice pipí del miedo. Me fui corriendo al baño y me persiguió hasta obligarme a salir. Tenía 13 años. Otra vez, me daba miedo hacer un ejercicio en la barra y me dejó colgada con unas amarras toda la mañana. Si me subía, él me bajaba de una pata. ‘¡Hazlo, hazlo!’, me gritaba. Eran comunes los palmazos en las piernas, en los pies… pellizcos y cosas así”. Marcela asegura que ese trato fue el normal con ella y todas sus compañeras durante los ocho años que permaneció bajo sus órdenes.

El episodio que más le marcó ocurrió en 2005, con 15 años, en el Mundial de Melbourne. “Ese señor tuvo problemas de plata en su gimnasio, y lo cerraron. Yo estuve un mes sin entrenar y él me llevó igual al Mundial. Allá no hice el primer salto; y el segundo, inventado por mí, lo caí mal. Nunca había sentido tanto miedo como ese día, fue terrible. Fue una pésima experiencia. Salí corriendo del gimnasio después de competir y gracias a Dios estaban los periodistas allí. Si no, no sé qué habría pasado. Son recuerdos que te marcan. Lloré todo el Mundial y nadie sabía por qué. Llegué a pensar que estaba loco: después de esa presentación me abrazó y me dijo al oído que fingiera que todo estaba bien, que nuestra relación estaba bien, para que nadie sospechara. Además, como los dos éramos de la Quinta Región, al regreso, mis papás lo trajeron en el auto y yo no podía decir nada. Venía totalmente mal. Mis padres me preguntaban qué me pasaba y yo ahí, muda. Sentía la frustración, porque lo hice pésimo; pero lo más horrible fue soportar esos golpes, las amenazas, la violencia sicológica. Me decía siempre: ‘mira lo que he hecho por ti y así me pagas”.

Luego, Marcela se encerró durante tres meses en su habitación, sin más contacto que su familia: “No me levantaba de mi cama, no salía de mi pieza… Él llamaba a mis papás y les decía que yo era una mediocre, que debían exigirme entrenar, que no podían echar por la borda el dinero que habían invertido en mí. Ellos me transmitían sus mensajes. Me sentía en un hoyo profundo, acorralada por todos lados. Me sentí muy sola… ¿Quién le va a hacer caso a una niña de 15 años que denuncie estas cosas?”.

Tras años de malos tratos, Marcela finalmente se alejó de Achondo. No fue sencillo. El 16 de marzo de 2012 estuvo a punto de sufrir una nueva agresión tras una presentación en un torneo nacional, ahora bajo las órdenes de su tercer entrenador. Y por primera vez, ya se decidió a denunciarlo a la Federación. “Me siento totalmente menoscabada y desmotivada a seguir con estos tratos, ya que llevo dos meses entrenando después de estar fuera por un año”. La carta fue enviada por correo electrónico a los dirigentes de aquella época y a las autoridades del IND, pero nunca hubo respuestas. “Creo que el maltrato sicológico me hizo más daño que un pellizco, o un palmazo en las piernas o los pies. Tuve que soportar que a mis papás les lavaran el cerebro, sentirme absolutamente sola. Dejé el colegio y no tenía amigos, pues toda mi vida era la gimnasia. Fueron ocho años de tortura y, ahora que soy grande, pienso en cómo aguanté tanto. También sufrí de algunos trastornos alimenticios, como la bulimia, o pesadillas, pero ya todo está superado”, asegura Álvarez, que sin embargo, de adulta, luego trabajó a las órdenes de Achondo: “No sé por qué, pero le sentía un poco de pena a Cristian y lo traté de ayudar en un momento en que estuvo muy mal de salud. Fui entrenadora en su gimnasio”.

El crudo relato de Marcela concuerda con los entregados por otras alumnas. Katherin Soto (27 años) también pasó en su niñez por el Gimnasio Andino de Achondo. Sin reparos, describe su experiencia como la más terrible de su vida. “Pasaron dos ocasiones en que me lesioné. Para él, cualquier caída o lesión daba lo mismo. Nos decía: cobardes, gallinas y mediocres. Recuerdo súper bien la última vez, porque en la mañana fuimos a una presentación en cemento y me comenzó un dolor en la muñeca derecha. En la tarde estaba en la viga, pero mal emocionalmente, porque me sentía estresada y más aún con el dolor… Hice el ejercicio y me caí, me apoyé con esa misma muñeca y me puse a llorar de dolor, pero él jamás me creyó. Fui al hospital y tenía fractura. Al otro día fuimos con las radiografías a verlo y no estaba. Lo llamamos, pero no llegó y jamás me creyó la lesión. Fue ahí cuando decidí no seguir. Además, en el hospital quisieron demandarlo por el abuso psicológico, pero no quise. Estuve un año entero con pesadillas”.

Bárbara Achondo, una de las mejores gimnastas que ha tenido Chile e hija de Cristián, en cambio, lo defiende: “Es demasiado comprometido con sus alumnos. Yo misma le he dicho que no debe ser tan así, crear tantos lazos, porque al final se presta para malos comentarios. Mi papá quizás pudo haber dado alguna palmada o algo así a una alumna, pero para ayudar en los ejercicios, algo normal que todos hacen. Su lenguaje siempre ha sido correcto, jamás ha tratado de mala manera a una alumna. Al menos, no lo he visto. Es que el alto rendimiento es así y no todas están preparadas. Es antisalud, porque destrozas tu cuerpo, tus articulaciones, y debes soportar presiones de todo tipo. Paula no estaba preparada y se tomó el tema como algo personal. Pero no era así. Siempre digo que los buenos entrenadores están un poco locos, porque se entregan en cuerpo y alma a su función y para que resulte, a veces, se confunden. Pero de ahí a que mi papá sea un maltratador, no. Puede ser que su metodología choque, pero es así no más”.

Marcela Álvarez, en el medio, junto a Bárbara Achondo, la primera a la derecha, tras participar en el Sudamericano de Rosario, de 2012. Foto: Federico Cabello.

Masajes

Felipe Hernández (25), uno de los pocos varones entrenados por Achondo, habla de otras situaciones que vio y, dice, que hasta hoy le revuelven el estómago. Además de malos tratos, tienen que ver con los excesos de cariño. “Cuando estuve en el Gimnasio Andino, en 2009, se daba besos con una niña [de iniciales C.L.], en los entrenamientos de la mañana, cuando no había nadie. Él teniendo 55 y la niña 15. Comenzó por darle masajes en las piernas cada mañana. Ella con short de gimnasia. Pero las manos subían demasiado y no era sólo por masaje. Luego ella ya no entrenaba mucho, porque se quedaba sentada en las piernas de Cristian mientras veía el Facebook en su oficina. Yo los veía mientras me entrenaba. Él tiene conocimiento de gimnasia, pero algo muy oscuro en su cabeza. Es un pervertido”.

Hernández, hoy entrenador, dice que también sufrió golpes y maltratos sicológicos, pero lo que realmente marcó su infancia fue ver la relación entre su formador y una de sus alumnas: “Lo vi dándole besos a la niña en la boca. Los vi por las cámaras de seguridad y también en persona. Ahí fue cuando le grité en la cara que era un viejo asqueroso y me echó del gimnasio”. Felipe, tras hablarlo con su madre y su tío, decidieron contarle lo ocurrido a los padres de la niña: “La mamá no nos creyó, porque pensaba que yo quería a Cristian sólo para mí como entrenador”.

Marcela Álvarez dice también haber presenciado masajes inapropiados y relaciones de extrema confianza entre sus compañeras y el entrenador. “Había una niña [de iniciales K. A.], que decía que lo veía como a un padre. Estaban todo el día pegados. Veía como la masajeaba: la hacía acostarse boca abajo y faltaba poco para que le tocara sus partes íntimas. Ella con calzas cortas. Era muy fuerte presenciarlo. Por lo mismo yo evitaba cualquier contacto con él. Siempre me molestaba porque no lo saludaba de beso. Una vez me acerqué y me obligó a despedirme de beso. Lo hice y puso la lengua por debajo de su mejilla. Me hizo sentir muy incómoda y desde ese momento mantuve una distancia. Luego ocurrió lo mismo con otra niña [la misma que menciona Felipe], a quien la acompañaba a todos lados. Era un trato diferente, una relación muy bizarra, un te amo-te odio. Después vino otra y era lo mismo”.

Las acusaciones de ambos tienen antecedentes en la Fiscalía de Viña del Mar. Fue la madre de C. L. quien finalmente denunció el presunto abuso. La causa fue sobreseída por falta de pruebas. Así se describen los hechos: “La madre de la víctima hace denuncia debido a que profesor de gimnasia olímpica de su hija de 15 años, hombre de 55 años, le manda mensajes a su hija a través del teléfono, manifestándole estar enamorado de ella. Entrevistada la menor en esta Fiscalía el día 24 de junio de 2010, ésta señaló que no tenía ningún tipo de relación sentimental con Cristian Achondo, el denunciado, quien se desempeña como su profesor de gimnasia, ni ha tenido algún tipo de contacto sexual con él”.

Consultada por La Tercera, C.L., que ahora tiene 23 años, negó los hechos. Y su madre declinó referirse a lo ocurrido: “Es un capítulo cerrado para nuestras familia”. K. A., ahora 35 años, es categórica: “Es todo mentira”.

Franchesca Santi también desestima cualquier acusación de índole sexual: “Nunca me ha hecho sentir incómoda y de lo que se le acusó en 2010 es un tema que la propia Justicia desestimó”.

Pese a las denuncias y comentarios que circulan sobre Achondo, cuya veracidad niega el denunciado, ninguna administración ha realizado una investigación. “Nunca nos enteramos, desconozco de lo que me habla”, asegura Alfonso Castro, el presidente de la época, y padre de las gimnastas Simona y Martina Castro. Y también marido de Isabel Lazo, precisamente la head coach que envió la Federación a los Juegos Bolivarianos. Y que en cuyo informe, para reprender a dos gimnastas (Camila Vilches y Rayen López) que se negaron a juntarse en el aeropuerto de Bogotá con Achondo tras el incidente con Paula, escribe: “Sólo pido que las gimnastas sean respetuosas, disciplinadas y educadas con los entrenadores y pares, independiente de si les cae bien o mal. A ellas no les corresponde evaluar ni involucrarse en la relación entrenador/gimnasta, ni en el método que éste utilice, menos si ella sólo es una observadora. Cada gimnasta es libre de elegir su entrenador”. Algo así como que quien está con Achondo, el entrenador de la mala fama, es porque quiere.

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