La desconocida trama del golpe de gracia del Papa a Barros
Una operación comunicacional que se filtró de madrugada, con varios de los protagonistas avisados a última hora y en la víspera exacta de una visita de los enviados papales que ahora cobra otro cariz. Así fueron las horas previas a la salida del emblemático obispo de Osorno, junto con dos de sus pares.

Las alarmas se encendieron pocos minutos después de la medianoche del domingo. Cuando el lunes recién comenzaba, un comunicado en la página web de la arquidiócesis de Puerto Montt dio la primera pista: en él, Cristián Caro, el arzobispo de esa ciudad, anunciaba que el Papa Francisco le había aceptado su renuncia, y procedía a despedirse de su comunidad.
Pero algo no cuadraba. Si bien Caro estaba en la lista de las posibles salidas de obispos, no era ni de lejos el más apuntado ni el que tenía las acusaciones más graves.
En plena noche, el rumor comenzó a sucederse: la renuncia de Caro no iba en solitario, sino que estaba incluida en un grupo que incorporaba también al obispo de Valparaíso, Gonzalo Duarte, y, aún más importante, a Juan Barros, el polémico obispo de Osorno cuyas actuaciones desataron la crisis más grave de la Iglesia en Chile.
Más aún, había una hora clave. Las 6 de la mañana chilena, o, más precisamente, el mediodía en Roma: a esa hora, la Santa Sede publica en su sitio web el boletín diario, donde, entre otros puntos, informa de los movimientos de las autoridades eclesiásticas.
Así, el golpe de gracia de Francisco a Barros partía antes de lo previsto, en un guión donde poco se había dejado al descuido.
El anticipo de Caro
La razón exacta de por qué el obispo de Puerto Montt publicó la carta directamente, anticipando así la maniobra completa, es aún un misterio. Pero si al inicio de la noche las apuestas iban por el lado de un error de tiempo o un problema informático, la explicación que ha ganado crédito en círculos eclesiásticos es que Caro, con o sin autorización, buscó desmarcarse de las salidas de Barros y Duarte que iban a ser anunciadas horas después.
De hecho, y a diferencia de sus pares, el obispo de Puerto Montt salió comunicando personalmente, y antes de que el Vaticano lo informara de forma oficial, su salida y el reemplazo por un administrador apostólico.
El punto es uno de los pocos elementos que pueden haber salido mal en una operación hecha con cuidado milimétrico. De hecho, y de acuerdo a versiones al interior de la Iglesia, sólo anoche los prelados que iban a asumir como reemplazantes temporales en Valparaíso, Osorno y Puerto Montt recibieron la confirmación final.
Además, que asuman en calidad de "administradores apostólicos", y no definitivamente a cargo de las diócesis, es otro punto. El análisis es que el Vaticano se intentó blindar ante posibles rechazos de los reemplazos, y además ganar tiempo para decidir cuáles son las mejores cartas para cada lugar, asumiendo también que el hecho es un símbolo de que el Papa reconoce la profundidad de la crisis chilena.
Por eso, cuando a las 6 de la mañana en punto el histórico portavoz de la Conferencia Episcopal, Jaime Coiro, publicó en Twitter el comunicado de la Iglesia chilena donde se anunciaban las salidas -al mismo tiempo que se publicaban en el Boletín del Vaticano-, se inició una etapa compleja y con varios capítulos más por resolver.
El foco en Scicluna y Bertomeu
La aceptación de la renuncia de Barros confirmó un punto que La Tercera había informado en los últimos días: en el diseño del Vaticano se contemplaba para esta etapa sacar sí o sí al obispo de Osorno.
Entre quienes han estado siguiendo de cerca el caso se comenta que su presencia era insostenible y que incluso podría haber puesto en riesgo a la misión que iniciarán este jueves en esa ciudad el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, y el reverendo Jordi Bertomeu. De hecho, en los últimos días se habían comenzado a organizar protestas en caso de que ambos llegaran con Barros aún en el puesto.
Pero si la salida de Barros descomprime la situación de Osorno, el panorama a nivel de la Conferencia Episcopal chilena está lejos de ser tranquilo. La decisión de Francisco confirma que el envío de la misión a Chile coincidirá con salidas emblemáticas, que no necesariamente ocurrirán al mismo tiempo, pero que este lunes tuvieron su punto de partida.
Un gesto que ha sido leído en esa línea es el hecho de que Barros haya salido junto a otros dos obispos. Algo con lo que Francisco habría querido simbolizar que la crisis chilena es mucho más amplia que la situación del obispo de Osorno, y más profunda que la permanencia de él en un cargo.
Nadie está seguro por estos días. Aunque por ahora son sólo especulaciones, en los pasillos de la Iglesia hay quienes señalan que el Papa podría aceptarle la renuncia hasta a 16 obispos, es decir, prácticamente la mitad de la Conferencia Episcopal chilena.
Pero la mirada inmediata se centra en Santiago. Allí, la presencia de Scicluna y Bertomeu podría asociarse al destino de dos figuras clave de la Iglesia chilena: el nuncio Ivo Scapolo y el arzobispo Ricardo Ezzati.
Hasta ahora, lo único claro es que Francisco se tomará todo el tiempo que necesite. Pero que los cambios que anunció ya se comenzaron a producir.
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